Si un día tu hija no vuelve a casa

por Ángeles Alemandi

A once años de la primera marcha de Ni Una Menos y en días de dolor e impotencia porque los femicidios siguen siendo noticia cotidiana, volver a decir que la violencia machista mata es una obligación.


Junio 2026

Imaginá que un día tu hija no vuelve a casa. Imaginá ese primer instante en el que te decís: ya debería estar acá. Y entonces dejás lo que estás haciendo y ponés el agua a calentar para recibirla con unos mates, o bajás el fuego para que no se te pase la comida, o levantás la persiana y mirás para afuera porque seguro está cruzando la calle. Ya es hora. Imaginate después, abriendo la puerta, saliendo a la vereda, estirando el cuello como si pudieras acercar tus ojos hasta ella. ¿Te ves caminando hasta la esquina, con el teléfono en la mano? Hace un rato largo que no está conectada, que no lee los mensajes ni te contesta las llamadas.

¿Sentís el terror tirándote de los pelos? ¿Reconocés ese miedo atávico e intransferible que masticamos desde muy pequeñas todas las mujeres? ¿Cuántas veces pensaste qué harías si alguien te toca, te viola, te secuestra?

Vas a descubrir que puede existir un horror mayor: vos tuviste suerte de no caer en las manos del hombre equivocado, ¿y si tu hija no?

Te agitás, se te corta la voz cuando hablás con tus otros hijos, tu marido o a tu ex, tu mamá, las amigas de tu hija, los vecinos, los profesores o los compañeros de trabajo y les preguntás como quien ruega: “¿Está con vos?”.

No serías capaz de imaginar cómo te sale la voz: fuerte, ronca, casi gritás. Es que empezás a caer por un agujero demasiado negro y demasiado oscuro, lo que llega a los otros es el eco de la que eras. Porque esto tampoco lo podés prever: si algo le pasó a ella, vos nunca jamás serás la misma.

Te subís a la bicicleta o al auto, encendés la moto, corrés. No importa la edad de tu hija, si tiene 14, 22 o 31. Imaginate yendo a los lugares en los que sabe estar: el club, la escuela, la plaza, el boliche, la oficina. Escuchá cómo te bombea el corazón: podrías quedarte sorda. No querés pensar lo peor, tiene que haber una explicación.

Va a volver, te dirás una y mil veces.

Respirás hondo. Seguro pronto le darás otro beso en la frente, de un momento a otro escucharás el portazo de la puerta y sabrás que llegó a casa, que apenas te descuides sus pasos retumbarán en todas las habitaciones, que te gritará “ma” estirando mucho la a y te encontrará ahí. Ahí. A su lado. Como estuviste siempre. Como pudiste, lo mejor que pudiste. Y en voz alta le vas a decir, como si la tuvieses delante tuyo, que vas comprarle la campera que le gusta, aunque ayer le dijiste que no, que era muy cara, o que se anime a renunciar a ese trabajo donde la maltratan, que vos la vas a ayudar, o que lo deje al novio, que no la ve bien con él.

Imaginate en ese lugar, hablando sola.

Sola.

No te demorás en ir a la comisaría, ¿te preguntarán si estás segura, si no será que tu hija se fue con un noviecito? ¿te tomarán la denuncia con la urgencia que amerita o te harán esperar horas, como si lo que perdiste no fuese lo más importante de tu vida?

Pasará ese día y esa noche, y otro día y otra noche. Perderás la cuenta. Preguntate si en aquellas horas, y en todas las que vendrán, tendrías la voluntad de levantar un tenedor y llevarte comida a la boca. Si podrías cerrar los ojos y conciliar el sueño. Si las piernas aguantarían para sostenerte.

Imaginate la cara de tu hija en un cartel. Su nombre tan hermoso escrito con fibrones. Y todos los que la quieren en las calles, pidiendo por ella. Velas encendidas para que vuelva. Tapate los oídos también, no dejes que nadie confunda las cosas.

Recibirás la peor noticia. No tendrás ni idea, ni la menor idea de cómo se puede cargar con tanto dolor y tanta bronca, pero te aferrarás a un necesario y ridículo pedido de justicia, porque nadie te la va a devolver. Así como nadie te va a sacar de la cabeza la convicción de que podría haberse evitado.

Vas a querer saber exactamente qué le hicieron, y vas a comprobar que, como en la mayoría de los casos, el feminicida no era un desconocido.

Imaginate frente a la tumba de tu hija. Y si no es tu hija podría ser tu sobrina, tu hermana, tu nieta, tu vecina, tu alumna.

O no.

Por favor, no.

No te lo imagines. Pero dejá que duela. Seas varón, mujer, disidencia. Sentí. Sentí conmigo. Dame la mano que a mí alguien ya me está abrazando y sólo así la cadena se hace fuerte. No hace falta vivir el horror para reaccionar ante él. Exijamos un Estado presente, políticas públicas a la altura, funcionarios y fuerzas de seguridad que actúen sin misoginia, condenas ejemplares con perspectiva de género. Reconozcamos que la violencia machista mata. Y hagamos de una maldita vez algo al respecto.