¿Ngelay che feula? /¿Es que ya no somos gente?
El "che" que tanto usamos los argentinos es, en mapuzungun, la palabra para decir "persona". Una deriva sobre el lenguaje como territorio de memoria, violencias y encuentros.
Fotografía: Eugenia Neme

Hace tiempo, años diría, que pienso en esto: "che" es, por lejos, la palabra con que más se reconoce a las y los argentinos en el mundo. Más que una interjección o un vocativo, es su verdadero gentilicio de nacionalidad.
Pocos reparan sin embargo en que también es, por excelencia, la palabra mapuche para decir “persona”, “gente”. El "che" del mapuzungun designa la forma mapuche de entender la idea de persona. Una categoría política, espiritual y filosófica que, desde el Az Mapu (el estilo de estar y vivir mapuche), encierra todo lo que entendemos con esa idea, integrada a la Mapu (la Madre Tierra), y a sus vínculos con el Itro Fill Mongen: "la totalidad sin exclusión de todo lo viviente", como dice Elicura Chihuailaf.
“Che”, es la cualidad de persona que por su estilo de ser y estar en el mundo exige ese vínculo de respeto y de profundas redes de intercambio y compensaciones con la Mapu y los demás Pu Newen (fuerzas) que la habitan.
(El "dasein" mapuche es un eterno gerundio, un constante y recíproco estar-siendo-con-el-mundo. No pretende ser una categoría universal, sino la forma particular con que un pueblo -con su cultura y su idioma- decidió designar su propio modo de estar siendo con todo lo que existe.)
En mis lecturas y escuchas de muchos ülkantun (cantos) de finales del siglo XIX y principios del XX (donde rastreo testimonios de la Violencia de Estado sobre el pueblo mapuche), leí y escuché con tristeza voces de sobrevivientes del genocidio llamado “Conquista del Desierto”, preguntarse: ¿Ngelay che feula? ¿Es que acaso ya no somos personas? ¿Es que ya no somos gente?:
De esa manera nos traían esa vez. Las pobres mujeres, los niños pequeños, pues gritaban porque sentían sed, los niños pequeños. Nosotros sentíamos sed pero no dijimos ninguna cosa. El castigo que nos dan estos malditos winka, decíamos nosotros […] No solo yo ando así sino todas las personas, incluso las pobres mujeres andan como si fueran perros, sólo eso yo decía en mi pensamiento aquella vez, en ese tiempo. (Testimonio de Katrülaf- Sobreviviente del genocidio mapuche-, en Canio y Llanquinao 2013: 412)
¿Te imaginaste alguna vez perdiendo tu condición de “persona” frente al estado argentino y su ejército? ¿Tener que preguntarte si aún seguís siendo “persona” para merecer el destierro y tanta violencia sobre tus hermanos? Esta es la memoria de un dolor inscripto en el cuerpo y en lenguaje de generaciones y generaciones de personas mapu-“che”. El vivo testimonio de una violencia no sólo física sino también ontológica que intentó arrojar fuera de la condición de “persona” a miles y miles de familias desde la idea supremacista de “raza”. Igual que ayer en Auschwitz, igual que hoy en Gaza.
Hoy la palabra "che" es usada cada día por millones de hablantes para convocar al otro, a tomar unos mates, a ser escuchado, a reconocerse frente a los demás. “Che”, es un código de apertura, un portal hacia el otro.
Mientras tanto ese otro y mismo signo "che", del mapuzungun, lleva cientos y quizás miles de años en esta tierra. Imagino que estuvo presente en los intercambios entre los diversos pueblos americanos y luego en el contacto desigual entre españoles y mapuche durante la colonia; y luego con los criollos en las fronteras de la Tierra Adentro, y así.
Imagino que en algún momento fue como el “tú”, la palabra fronteriza por excelencia, aunque toda palabra es frontera. El lenguaje, mejor que ningún otro artefacto cultural, es un espejo de nuestras relaciones humanas e históricas. Un testimonio de que toda cultura es un entramado de fronteras, de diálogos y también de violencias. Ningún "nosotros" se ha construido sin ese "otro" que vive y asoma, aún en los intersticios negados de la propia lengua.
Pero volvamos. Algunos dicen que el "che" rioplatense proviene de una interjección valenciana muy usada por los conquistadores en tiempos de la colonia. Es una afirmación muy creíble, sobre todo si aceptamos con facilidad que todo lo que somos proviene de Europa, como lo creían Alberdi, Sarmiento, Echeverría, entre otros “padres fundadores” del liberalismo en estos lares. Yo prefiero observar a esta lengua castellana (que efectivamente vino de los barcos) en esos intersticios donde asoma lo americano; la veo como un río históricamente atravesado por la presencia de los pueblos que aquí lo habitan. Una lengua interceptada por el guaraní, el quechua, el mapuzungun y otras voces de esta tierra, incluidas las palabras del universo afroamericano que aquí se quedaron. Un kilombo de voces libres.
Hay también, afortunadamente, quienes afirman que el “che” del castellano rioplatense proviene del posesivo en primera persona “mi” de la hermana lengua guaraní y también de ciertos usos de “che” como primera persona: “yo”.
Los préstamos y castellanizaciones de las lenguas americanas son incontables. La tan amada palabra "pampa", sin ir más lejos, es un préstamo del quechua y del aymara: “suelo, llanura extensa”. Así como los queridos "gurises", palabra más guaraní que el mismísimo "caracú".
Toda lengua castellana hablada en Nuestra América se revela como un espejo que devuelve ecos, gritos, murmullos de amor, un mundo pleno de voces que se infiltran y transforman esta lengua colonial en que vivimos.
Entre tantas posibilidades, yo pienso que la palabra "che" puede ser una huella, una deriva de la ternura inmensa del mapuzungun que se ha quedado a vivir en este río del castellano que nos lleva.
Hablo de este castellano que hace cientos de años nos atraviesa y formatea los bordes de todas las cosas que conocemos y habitamos, incluidas nuestras propias subjetividades, nuestros modos de amar, de odiar, de soñar, de mirar el cielo.
Ese mismo río castellano que, sin embargo, cada vez se siente más ajeno, más spanglish, más IA, más Chat GPT. Un idioma des-corporalizado que gira desanclado de lo tangible, como un río arrebatado de su suelo por la irrealidad maquínica de las grandes corporaciones de los algoritmos que nos rigen. Hablo de las “think tanks” de Silicon Valley, de los Elon Musk, los Mark Zuckerberg de la vida, que riegan toda lengua cada día con su mambo inagotable.
El lenguaje, insisto, mejor que ningún otro artefacto cultural es un espejo de nuestras relaciones históricas, de nuestras opresiones, diálogos y violencias.
Y entonces vuelvo. Ahora hay reflejos, sedimentos de voces que trae el río: "Pi we", es “lugar de la palabra, para convocar el decir”, un lugar de ceremonias y parlamentos, en mapuzungun. Hablo de Pigüe, ese pueblo a pocas horas de la ciudad de Buenos Aires, que alguna vez fue un sitio sagrado para convocar las fuerzas del lenguaje. Pi we, me digo y también pienso que no todo es tan ligeramente traducible, que en cada lengua hay una dimensión de la palabra cuyo fondo, muchas veces, se nos escapa en su intangible ajenidad.
Y entonces, en silencio, repito para mis adentros: Tapalqué, Chascomús, Curamalal, Tandil, Chos Malal, Choele Choel, Furilofche, Fiske Menuco, Epulef - Epulef; como en un lellipün me quedo repitiendo esas palabras, para convocar las fuerzas de la tierra. Üi Mapu.
Busco las huellas que deja el mapuzungun en su territorio habitado, incluso aquellas que la castellanización colonial intentó borrar, como en la palabra “Azul”, ese pueblo bonaerense que debe su nombre al "Kalfü leufu", el arroyo azul, que lo atraviesa con su caudal de memoria. El lenguaje es un agua que riega el Wall Mapu; de mar a mar veo un mundo sembrado de voces.
Ese azul no es mero adjetivo, me digo, es la teñidura del cielo que impregna la filosofía de un pueblo que se mira en las aguas del tiempo. Hasta el espejo de ese río llega la memoria y la sed de nuestros mayores. En la noche silenciosa, el Wenu Leufu nos devuelve la unidad del “che” con el río de todo lo que existe.
“Toda la tierra es una sola alma”, küme zugun, longko Abel Kurruwinka.