Diego Sixto está muerto
por Mariana Criado
Hombres de campo se reúnen cada tanto en lo de Sandoval, en Pilpilcura, Río Negro, para salir a campear caballos ariscos. Entre galopes y rebencazos, demuestran sus destrezas. Algunas veces toman, se desconocen y la cosa termina mal. Pero nunca tan mal como un año atrás.
Fotos: Gabriel Saavedra
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Trabajo final en la Diplomatura de Narrativas Creativas de No Ficción de la Fundación de Periodismo Patagónico y la Universidad Nacional de Río Negro. Cohorte 2025.

Cosas que pasan
José Larralde
Diego Sixto está tirado a 20 metros de la tranquera de entrada al establecimiento La Cumbre, en el paraje Pilpilcura. Está muerto. La autopsia dirá luego que tiene 65 perdigones en su cabeza, cuello y pulmones. Quedó solo, con su facón enfundado, tirado al lado del caballo cuando su asesino se fue a entregar acompañado por el único testigo del ataque.
Llegaron al destacamento policial de Villa Llanquín, 14 kilómetros abajo, recién comenzado el lunes 5 de mayo de 2025. A la una y cinco de la madrugada, detalla el expediente, Gregorio Antinao le dijo al empleado policial que los salió a recibir:
-Vengo a entregar a un asesino -enseguida puso los ojos sobre Carlos Sandoval quien sólo dijo:
-Me mandé una macana.
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Casi al mismo tiempo, Alejandra Paz sueña con él. Aún está oscuro. Su hija Diana se acaba de despertar, pregunta por su padre. No está, aún no regresó de la Juntada en el campo de Sandoval. Alejandra duerme un poco más y sueña que su marido llega, quizá porque escucha el ruido de un vehículo estacionar frente a su casa en el alto de Villa Llanquín, donde vive la gente del pueblo. Es un móvil policial. Alejandra se levanta cuando golpean la puerta, piensa ¿qué se habrá mandado este?, pero cuando el policía entra, la saluda y le pide que se siente, ella ya sabe que su marido está muerto.

Villa Llanquín es un pueblo frío que recibe con escarcha las madrugadas en mayo. Tiene 300 habitantes, gente de campo que cría animales y que de a poco se vuelca al turismo rural. Como una bella ironía, las mañanas frías son las más lindas: entra un sol dorado pero débil por el ventanal de la casa de los Sixto cuando Alejandra envuelta en dolor y llanto, petrificada, camina unas cuadras hasta la balsa que conecta el paraje rural con la ruta a Bariloche, distante a 96 kilómetros. Los álamos pelados se reflejan en el Limay convertido en un espejo surrealista. Alejandra alcanza a ver cómo el cuerpo de su marido cruza por última vez la balsa, subido, esta vez, a una ambulancia sin urgencia, camino a la morgue. Llora.
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La Juntada de Sandoval era desde hace años un evento en el que participaban varios hombres del pueblo o de parajes linderos. Se reunían para juntar yeguarizos, caballos ariscos, para después ver qué hacer con ellos: algunos se venden potros, otros se amansan, otros se faenan como las vacas o los corderos y se comen. Van hombres de campo que disfrutan la tertulia, entre galopes y rebencazos, y demuestran sus destrezas. Algunas veces toman, se desconocen y la cosa termina en tragedia.
Carlos Sandoval había convidado con asado y vino a sus invitados, un grupo reducido de seis o siete. Esta vuelta se había complicado, los caballos se desparramaron y fue imposible campearlos. Todos se fueron temprano menos Sixto y Antinao. Los tres gauchos conversaron, tomaron, se retaron entre ellos. Quién sabe qué cosas se habrán dicho esa tarde oscura en la que el sol se puso temprano y el día le quedó corto a cualquiera.

-Cosas del destino -dice Alejandra ahora, un año después.
Su hija es una joven de 22 años, mira la tele en el sillón de al lado y corrige a su mamá, aclara o pone en contexto los recuerdos de su madre. La casa está llena de fotos de la familia montada en sus pingos: participando de la fiesta del pueblo, arreando ganado, en un desfile o simplemente paseando por el campo.
Diego Sixto tenía 44 años cuando lo asesinaron. La mitad de su vida la pasó junto a Alejandra en Llanquín. Era un tipo grandote que llamaba la atención con sus ropas gauchas y su andar elegante. Serio, pero cercano, siempre andaba montado: tenía un amor incondicional por sus caballos.
Llanquín es uno de esos lugares en los que se puede ver caballos atados a un palenque al lado de camionetas modernas y gente apalancada a una barra, compartiendo una bota de vino o alguna lata de cerveza. Por ahí andaba Diego siempre, cerca de la balsa, a orillas del Limay. Criado por sus abuelos, pasó su infancia en El Chacay, un sector de campo inmenso, en la estepa rionegrina a pocos kilómetros de la Villa. Hasta el día que murió trabajó en el campo, amansando caballos, o en tareas rurales.
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En el pueblo hay tres cementerios, dos de las familias más antiguas del lugar y uno donde termina el resto de los mortales. Cavar fosas en el invierno es complicado: la tierra llega a estar tan dura y congelada que a veces se necesita que el sol haga lo suyo para poder sepultar a los muertos. Diego Sixto está enterrado en el cementerio de su familia, arriba de Llanquín, en El Chacay donde se crió.
-Adoración tenía Diego por sus abuelos -dice Alejandra-. Cuando iba a verlos les organizaba todo, el forraje para los animales, los corrales, las mangueras de agua, la leña.
De todo se ocupaba este hombre.
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Diego Sixto era un hombre feliz la mañana del 4 de mayo. Preparó su caballo con los cabestros más lindos. Se levantó muy temprano y tomó como todos los días una pava entera de mate. Prendió la cocina a leña para calentar el ambiente y el agua. Seguramente el humo de los primeros palos quemados se escapó de esa cocina entre las hornallas y el horno generando un manto en suspenso de niebla que gravita lenta por la diferencia térmica. Mayo es bravo en Llanquín. Quizá el humo recorrió el resto de la casa.

Saludó a su mujer que estaba en la pieza y a su hija, no se verían nunca más. Montó cerca de dos horas hacia Pilpilcura, hacia lo de Sandoval.
A las 12 le mandó un mensaje a su mujer desde el último lugar que agarra señal de internet campo adentro. El mensaje que ella le mandó cerca de las 19, nunca lo recibió.
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Diego Sixto está muerto. Ahora Alejandra cuida sus cosas con dedicación, las sogas de cuero de potro que decoraron la frente de sus malacaras, las monturas, los chambergos, las botas de montar, las riendas de tiento curtido.
-A los caballos se los llevaron al Chacay -dice mirando la tapera donde dormían los animales hasta hace algunos meses.
Como nunca, meses antes del invierno el muerto ya había dejado todo listo: los fardos guardados para que sus caballos no pasen hambre y su mujer tenga tiempo para llorar su pena. Era como si él hubiese sabido. Una extraña premonición le da vueltas por la cabeza a esta mujer de 42 años, con el rostro calmo, una sonrisa genuina como la que tienen las personas sabias que aceptan las cosas, pero no las olvidan.
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La tarde anterior a que muriera Sixto, Alejandra había dejado de atender la despensa que tiene en la entrada de su casa, y le pidió que se quedara, que pasaran ese domingo en familia, pero Diego ya había rechazado varias veces la invitación de quien después sería su asesino. Quería ir. Ironías del destino. Discutieron, tuvieron un cruce de palabras de esos en los que los hombres le dicen a las mujeres lo que van a hacer y ellas siguen con sus cosas, pero más tristes.

Quizá Diego quería ir para mostrarle sus habilidades con los caballos a Sandoval, quien hoy, un año después, espera detenido su condena por homicidio. Sandoval le voló la cabeza de un escopetazo a menos de un metro a la salida de la tranquera, cuando se estaba yendo. ¿Quién habrá sido el mejor amansador de caballos? Ya nadie lo sabrá, Diego Sixto está muerto.