Bolaño no inventó el horror
¿Cuánto de verdad hay en la literatura? A 30 años de la publicación de la novela Estrella distante, y ante un nuevo aniversario del derrocamiento de Allende en Chile, esta crónica revela por primera vez el personaje real que inspiró “una aproximación, muy modesta, al mal absoluto”: el subcomisario Mayo Leonel Baltra Horta.

El 11 de septiembre de 1973, a primera hora de la mañana, un grueso contingente de efectivos de fuerzas especiales de Carabineros armados con fusiles SIG irrumpió en el cuartel de la Prefectura de la Policía de Investigaciones de Concepción, Chile, en la esquina de calle Los Carrera con Angol, dentro del radio céntrico de la ciudad. Medio centenar de detectives fueron apuntados, esposados y obligados a permanecer con la vista frente al muro.
A diferencia del resto de sus colegas, el subcomisario Mayo Leonel Baltra Horta no fue obligado a rendirse ni lo golpearon ni lo acusaron de ser izquierdista. Por el contrario: se paseaba con total tranquilidad por el cuartel, fumaba sin prisa y conversaba con los oficiales de Carabineros a cargo del operativo. A veces se volvía furibundo hacia sus compañeros y los insultaba y acusaba de comunistas.
Hubo un detalle que era imposible que pasara inadvertido: Baltra no llegó vistiendo el tradicional terno (chaqueta y corbata), sino el uniforme de oficial de la reserva de la Fuerza Aérea de Chile. En el pecho lucía la piocha roja que lo identificaba como piloto de guerra, grado que la FACH le otorgó en 1971.
Los detectives fueron trasladados a la Base Naval de Talcahuano. Más tarde los enviaron a la isla Quiriquina, el recinto de la Armada que se convertiría en uno de los mayores campos de prisioneros del país. Fueron los primeros presos políticos.

Foto extraída de la página de Facebook de policías en retiro llamada "Quiriquina, paradigma de la traición y la injusticia".
Cincuenta años después, esos ex detectives contaron esta historia. Y revelaron que, ese hombre vestido de aviador que traicionó a sus camaradas, se convertiría en un personaje clave de la literatura universal: Carlos Wieder.
Wieder es el infame piloto poeta de la Fuerza Aérea chilena que siembra el terror y la traición en Estrella distante, la novela que Roberto Bolaño Ávalos catalogó como la más chilena de todas. Publicada en octubre de 1996, el propio autor explicó que en ella intentaba "una aproximación, muy modesta, al mal absoluto".
A tres décadas de la publicación de aquel libro, el personaje ha tomado vida propia: en marzo de 2026, el actor John Malkovich estuvo en Santiago para protagonizar su adaptación teatral, como parte de una gira mundial que lo ha llevado a escenarios en Argentina y Brasil, además de Estados Unidos y Europa.
Lo que muy pocos saben es que ese personaje monstruoso no surgió enteramente de la imaginación de Bolaño. Tiene un reverso histórico, un rostro de carne y hueso que caminó por las costuras más oscuras de la dictadura: Mayo Leonel Baltra Horta.
Y hay algo más. La historia de ese detective-piloto que entregó a sus camaradas la escuchó Bolaño de la manera menos esperada: encarcelado en una celda del cuartel de Investigaciones de Concepción, de boca de su propio celador, que resultó ser su compañero de curso del Liceo de Hombres de Los Ángeles a mediados de los 60.
Bolaño no tuvo que inventar el horror. Lo escuchó.
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En 1973, Baltra no era cualquier detective. Su hoja de servicio era impecable: más de veinte años en la institución y más de 15 en la Brigada de Homicidios, solo sumaba evaluaciones elogiosas y felicitaciones diversas por el esclarecimiento de casos complejos. Al arribo de la Unidad Popular (UP) al poder en 1970, con Salvador Allende a la cabeza, tejió relaciones de confianza con las nuevas autoridades.
Se cree que forjó una relación de particular cercanía con Eduardo "Coco" Paredes, hombre de confianza de Allende, que –por el mismo motivo- fue designado director de Investigaciones durante los primeros dos años de la UP y que después se haría cargo de ChileFilms.
Por eso, Baltra fue parte del equipo de seguridad durante la ceremonia de cambio de mando presidencial y estuvo a cargo del resguardo en la visita que Salvador Allende realizó a Concepción junto a Fidel Castro en noviembre de 1971. Sus superiores anotaron esas actuaciones con felicitaciones en su hoja de vida.

En la imagen -capturada de un trabajo audiovisual de El PUClítico en el marco delos 50 años del golpe en Chile- se ve a Salvador Allende, detrás aparece el subcomisario Mayo Leonel Baltra Horta.
Además, sus colegas aseguran que el oficial instruyó en técnicas de interrogatorio y defensa personal a miembros del Grupo de Amigos Personal del mandatario, el GAP.
Esa confianza le abrió puertas más allá del ámbito policial. Una de ellas fue la del cineasta Raúl Ruiz, a quien Baltra aportó detalles para una película sobre un crimen que conmocionó a Concepción en marzo de 1973: el asesinato de Jorge Tomás Henríquez, un pintor de brocha gorda que había sido atado y ejecutado por un comando de Patria y Libertad encabezado por Michael Townley (nadie sabría en ese entonces que aquel ciudadano norteamericano, casado con la escritora chilena Mariana Callejas, iniciaría en la capital penquista su larga lista de crímenes en Chile y el extranjero al servicio de la DINA, la policía secreta de Augusto Pinochet, incluido el bombazo en las calles de Washington DC que costó la vida del ex canciller Orlando Letelier y su secretaria Ronnie Moffit).
La cercanía del detective Baltra con el gobierno lo puso en el centro de una de las investigaciones más delicadas del período en Concepción: el crimen del cabo de Carabineros Exequiel Aroca Cuevas, muerto de un disparo en el pecho en pleno centro de Concepción, en 1972, atribuido a militantes del Partido Socialista. Las pericias de la Brigada de Homicidios fueron objeto de duras críticas por su lentitud, exacerbada por el ambiente de crispación política. Baltra estaba en el ojo del huracán.
Lo que tampoco nadie supo entonces es que el subcomisario ya tenía un pie en el otro bando.
De los casi 50 detectives detenidos y enviados como prisioneros de guerra a la Escuela de Grumetes de la isla Quiriquina, algunos volvieron a los pocos días, otros lo hicieron a fines de septiembre y un puñado de ellos nunca retornó.
Los que aún pueden contar esta historia creen que los golpistas siempre consideraron que la Policía de Investigaciones había sido más permeable a las ideas de izquierda, que fueron "infiltrados". De hecho, el cargo de director nacional de la Policía de Investigaciones responde a la confianza del presidente de la República. Aunque en todas las ramas de las fuerzas armadas hubo purgas, siempre se creyó que los detectives eran más aliados a Allende y lo iban a defender. Otra razón, más local, es que Baltra necesitaba purgar la unidad policial y que aseguró que todos o casi todos sus colegas eran de izquierda. Varios de los ex detectives coinciden en que así intentó zafar de acusaciones en su contra por actos corruptos.
Ruperto Arriagada, de 20 años, fue uno de los primeros en ser liberado. Cuatro días después de su detención estaba en el cuartel de Investigaciones como si nada hubiese pasado, aunque ya nada volvería a ser lo mismo. Nunca supo por qué lo detuvieron ni por qué lo soltaron. Esa incertidumbre, en ese momento, era parte del método.
Arriagada llevaba apenas un par de años en la Policía de Investigaciones. Después de formarse en Santiago, lo enviaron al cuartel policial de Concepción para que se fogueara. Lo asignaron a la Brigada de Homicidios para que aprendiera de Mayo Baltra, el jefe de la recién creada unidad especializada.
Arriagada y Roberto Bolaño se reencontraron siendo otros. En septiembre de 1973, uno era detective y el otro era un joven escritor recién llegado de México para sumarse al proceso político iniciado por Allende, pero que había sido detenido en un control policial cuando viajaba en bus hacia Los Ángeles para visitar a sus parientes. Se cruzaron en el pasillo del cuartel de Investigaciones de Concepción de la manera más improbable: uno esposado, el otro con pistola.
Fue Arriagada quien lo reconoció al verlo bajar del furgón de Carabineros. “Hueón, no te acordái de mí, fuimos compañeros de curso”, le dijo cuando lo llevaba esposado rumbo a una estrechísima celda en el primer piso de la unidad.
En los días que siguieron, en conversaciones furtivas tras las rejas o en el patio de la unidad, el detective le fue contando a Bolaño lo que había ocurrido el 11 de septiembre. Le habló de los buses del Ejército, de la isla Quiriquina, de sus colegas esposados contra el muro. También de Baltra.
Le contó cómo supo que había sido él: los nombres de los detectives estaban en una lista mecanografiada, separados por llaves trazadas a mano que indicaban la supuesta militancia política de cada uno. El tono de la tinta, una mezcla de rojo y negro, era una particularidad en la atildada escritura del subcomisario.
—Ese fue el conchesumadre que nos traicionó —se dijo Arriagada para sí mismo cuando se percató del detalle.
Como él, los detectives de esa generación jamás olvidaron la traición de uno de sus jefes, un hombre con más de veinte años de servicio en la institución. Décadas después, un Fanpage de policías en retiro llamado "Quiriquina, paradigma de la traición y la injusticia" sigue activo en las redes sociales, dedicado a preservar la memoria de ese episodio que la historia oficial nunca registró.

Foto extraída de "Quiriquina, paradigma de la traición y la injusticia", la página de Facebook de policías en retiro.
Bolaño escuchó el relato desde una celda estrecha y maloliente, con el sonido de los gritos ajenos llegando desde algún lugar del edificio en las noches. No tomó notas. No era necesario hacerlo. Ese tipo de historias nunca se olvida.
Paradojalmente, los destinos de Bolaño y Baltra se cruzaron una última vez sin saberlo.
A fines de noviembre de 1973, el escritor fue liberado por falta de méritos. Después de ocho días de cautiverio, salió del cuartel al amanecer y volvió a la casa de su amigo Fernando Fernández en Concepción. Semanas después tomaría un avión hacia México. No volvería a Chile.
En esos mismos días, según se lee en su hoja de servicio, el subcomisario Mayo Leonel Baltra Horta era calificado en lista 4 y dado de baja de la Policía de Investigaciones después de más de veinte años de servicio. Las razones exactas nunca quedaron claras. Se tejieron varias teorías, desde que se le descubrió recibiendo coimas hasta que le pasaron la cuenta por la investigación del asesinato del rondín, que incluyó el duro interrogatorio a un alto ejecutivo de canal 5.
Sus excolegas recuerdan que tomó su automóvil marca Volvo y huyó hacia Argentina y después a Perú. Desde ahí se le perdió la pista durante más de una década.
Volvió a aparecer a mediados de los años 80 en el Palacio de Tribunales de Concepción. Ya no era ese jefe policial que exudaba confianza y aplomo. Era un hombre temeroso que rehuyó del saludo cuando fue abordado por uno de los detectives que había enviado a la isla Quiriquina aquella mañana de septiembre.
El hombre que había llegado vestido de aviador para entregar a sus camaradas volvería a huir en un Volvo hacia la oscuridad.
Mientras tanto, Bolaño escribía.
En Estrella distante, publicada en 1996, Carlos Wieder es un piloto de la Fuerza Aérea que delata a los integrantes de un taller literario, sus propios compañeros, y después desaparece en la impunidad. Es poeta y asesino. Usa el arte como extensión de su capacidad de hacer daño."

Primera edición de Estrella distante.
Mayo Baltra murió en 2016. Según sus ex compañeros detectives, en sus últimos años de vida fue víctima del Alzheimer. Varios de ellos dicen que fue su karma. Sin embargo, se desconocen los detalles de lo que sucedió con él.
Y mientras John Malkovich encarna en los teatros del mundo al piloto que escribe versos en el cielo con sangre, en la ciudad de Concepción (Chile) la historia real tuvo nombres, rangos, documentos y testimonios que prueban que el monstruo literario tuvo su reflejo más exacto en un oficial que entregó a los suyos la mañana en que el país comenzaba a derrumbarse.