Vivir a leña en el siglo XXI
por Darío Rossell
Llegó el invierno. La postal del sur nevado se ve hermosa. Pero a veces no es más que una ficción: en Bariloche hay más de 20 mil casas sin conexión a la red de gas natural. Mantener la casa tibia se vuelve un desvelo y un trabajo cotidiano.
Trabajo final en la Diplomatura de Narrativas Creativas de No Ficción de la Fundación de Periodismo Patagónico y la Universidad Nacional de Río Negro. Cohorte 2025

El hacha entra torcida y rebota contra el nudo del tronco. Me sacude el hombro y casi me arranca la muñeca. La rodaja de coihue sigue entera, apenas una cicatriz blanca en el centro. Respiro, acomodo las manos y pruebo de nuevo. Esta vez la hoja cae firme. El tronco se abre y los pedazos ruedan hasta hundirse en el barro. Uno me salpica el pantalón, el frío siempre encuentra por dónde entrar.
La pila de leña crece al costado de la casa, arranca prolija y termina despareja. A medida que avanzo, los troncos pesan más o yo me vuelvo más flojo. El humo que sale del tiraje de la salamandra gira en espiral y baja justo al ténder donde está la ropa colgada. Camisas, pantalones, toallas, todo huele a leña.
***
A veinte kilómetros del centro de Bariloche, la capital de los lagos del sur, la Península San Pedro parece otro mundo. Es una lengua de tierra que se mete en el lago Nahuel Huapi con unos ocho kilómetros de extensión. Silenciosa, agreste, y poblada.
A un lado, el lago refleja las postales que atraen turistas de todo el planeta; al otro, las casas donde el invierno se enfrenta con hacha, guantes y medias húmedas arriba de una silla.
Es invierno. No cayó mucha nieve. El cielo limpio engaña: el frío igual muerde. Las casas nuevas con ventanales enormes conviven con casillas sin gas y calles de tierra. Hay cabañas de alquiler con jacuzzi y otras donde la gente duerme con una oreja atenta a que el fuego siga vivo por la noche.
***
En la curva de una calle de tierra, perpendicular a la Avenida Campanario —arteria principal que atraviesa la Península San Pedro de punta a punta—, justo donde hay un alambrado vencido hace meses, un vecino dejó troncos recién cortados. Parecían una muralla, le faltaba un aviso: «no tocar». Dos días después quedaba solo la tierra marcada.
Hay casas donde el fuego nunca se apaga y otras que fuman intermitentes, como si adentro alguien estuviera peleándose con fósforos mojados. Desde afuera cuesta saber si hay gente viviendo o solo brasas esperando.
En el barrio, todos hablan de lo mismo: quién se llevó la leña de la curva, quién anda rondando de noche. Los rumores prenden más rápido que astilla seca. Nadie acusa de frente, prefieren guardar la sospecha. En lugares donde el frío dura muchos meses, los vecinos aprenden rápido que pelearse con alguien puede salir más caro que las garrafas.
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El grupo de whatsapp del barrio Península San Pedro hierve todos los días. «Se cortó la luz» pone uno. «Acá también. Acá también. Acá también». La montaña entera está a oscuras y cuarenta personas confirman lo obvio desde su celular. Hay gente que no habla con su familia hace meses, pero informa el estado del transformador como corresponsal de guerra.
Cuando vuelve la electricidad pasa lo mismo. «Acá volvió. Acá también. Acá también». Uno de los vecinos lo bautizó «grupo paranoia». Nadie se ofende porque es verdad.
A veces alguien pregunta por herramientas que desaparecen o por un rollo de lana de vidrio faltante en su obra. Ese tipo de mensajes duran poco. En seguida la conversación vuelve a los cortes de luz o a los animales perdidos.
***
Mario Pacheco llega de la obra con los nudillos raspados y polvo blanco pegado en las pestañas. Tiene cincuenta y nueve años y hace más de veinte que vive en Península San Pedro. Entra a su casa, deja la mochila y agarra el hacha como si no hubiera estado más de diez horas trabajando.
—¿Y qué querés que haga? Si no corto yo, ¿quién? Acá si no hacés el fuego te cagás de frío, así nomás.
El fuego prende con un chisporroteo débil, la leña está húmeda. Acá hay gente que mira el pronóstico para saber si llueve y otra para saber si se le pudre la leña.
Cada dos días, Pacheco sale con un changuito de supermercado hacia al bosque. Solo lo puede hacer andar donde hay senderos lo suficientemente anchos para el changuito. No va a pasear. Va a recolectar lo que otros dejaron, troncos caídos, ramas que no terminaron de cortar. Lo llama «la salida al choping».
—Me dicen el ciruja del bosque. Pero bien, eh, con orgullo. Más limpio que la casa del intendente queda el monte cuando paso yo.
La estufa a leña que usa tiene más de veinte años. La heredó de su suegro.
—Consume como un fitito borracho, pero calienta —dice y se ríe. Tiene una risa contagiosa, muestra sin vergüenza donde le faltan algunos dientes.
Se escucha una tos, una puerta de madera que se abre. La señora Pacheco aparece con un mate.
—A veces se apaga a las tres de la mañana —dice—. Me levanto y la nena está con las manitos heladas. La vuelvo a tapar y rezo para que no se enferme. Rezar sale gratis por ahora.
Pacheco acomoda unos troncos con el atizador.
—Acá el gas está prometido desde el gobierno de… bueno, desde siempre —dice Pacheco.
—Vinieron a medir y no sé qué cosa más. Yo no sé si un gobierno trajo los caños y después vino otro y se los llevó —agrega ella.
Afuera el viento mueve los árboles, las ramas altas se chocan entre ellas. Se escucha una motosierra a lo lejos.
La leña no solo calienta. También divide. Están los que compran leña seca, los que tienen camioneta para ir a buscar y los que usan la que encuentran cerca. Pacheco está en el tercer grupo.
—Yo la corto, la junto, la seco, la acomodo. Y todavía tengo que agradecer. Porque hay gente que ni eso puede—. Sorbe un mate y mira a su hija que se acerca.
El fuego afloja y amenaza apagarse.
Tal vez la leña también sea una forma de historia, una que se parte, se carga, se prende y termina en silencio.
—Cuando venga el gas, capaz me siento un rato —dice Pacheco mientras sopla las brasas para avivar el fuego—. Capaz. Porque también tengo que terminar el techo, el baño, la vida.
***
El fin de semana pasó algo distinto en el grupo de whatsapp. El vecino de abajo —en la montaña, donde los terrenos son en pendiente, los vecinos están arriba y abajo— subió fotos de alguien llevándose leña de su terreno. Le rompió una cámara que apuntaba a la leñera y durante días vació todo. Tres metros cúbicos de leña seca, cortada y apilada. Las fotos las sacó otra cámara que el dueño hizo poner más arriba, escondida entre las ramas. En una se ve al hombre cargando troncos como si estuviera haciendo una mudanza.
Todos lo reconocieron. Durante horas nadie escribió, ni un emoji, ni un insulto, nada. «Si no, después se la agarra con nosotros». Por lo menos, quedó expuesto en las fotos: la única denuncia posible. Después apareció una consulta sobre una rama caída sobre los cables. Más abajo, alguien preguntó el horario del colectivo 22. Las fotos quedaron arriba de todo, solas.
—No era para tanto, entró a su terreno a agarrar un par de troncos caídos—comentó uno de los chicos del barrio en la calle.
—No —le contestó otro —, no fue así, le rompió la cámara y le vació toda la leñera.
—¿Toda?
—Toda. Eran como tres de esos contenedores de basura grandes.
—¡Ah, nooooo! ¡Se recontra sarpó entonces!
***
Fernando Trentini llega a su casa después de trabajar todo el día soldando y cortando hierro. Estaciona la Toyota azul frente a la leñera. Antes de entrar, se queda mirando los troncos apilados al lado de la casa.
—Lo de recolectar la leña lo fui aprendiendo con el tiempo —dice.
Empieza en noviembre o diciembre. Junta durante todo el verano para que la madera tenga tiempo de secarse. Cuando llega el invierno ya está lista para usarla.
—Al principio no lo hacía así. Más allá de que vivimos en un lugar con mucha leña, es un trabajo más.
Conseguir buena leña no es tan simple, aunque se viva rodeado de bosque. Cuando Fernando sale a buscar, presta atención a los árboles secos que siguen de pie y que están cerca de los caminos.
—Si están tirados en el piso, están húmedos.
Busca también que no estén demasiado lejos de la calle, después hay que llevarlos hasta la casa.
—Junto por lo menos unos cinco metros cúbicos.
Los troncos los lleva enteros. Más tarde los corta en distintos tamaños. Algunos quedan apartados para arrancar el fuego, otros para hacerlo durar. Cuida que todo quede bien apilado, que nada se caiga.
Apoyada contra una pared está el hacha. Fernando la levanta, revisa el cabo y el filo.
—También hay que chequear que esté bien y que esté lo más afilada posible.
Los troncos terminan convertidos en pilas ordenadas. Las acomoda una al lado de la otra. Entre los espacios circula el aire. Ahí termina de secarse. Fernando mira la leñera.
—Cuando llega el invierno siempre tengo la misma duda. ¿Estaré bien con todo esto que junté? Porque una vez que empieza el frío, la leña que queda en el bosque está mojada y ya no tiene la misma calidad. Uno se va poniendo perfeccionista, ¿viste?
Dentro de la casa la salamandra espera apagada. Fernando se agacha y acomoda algunos troncos finos.
—Arrancás con leña más chica para prender y después ponés leña más dura para que aguante toda la noche. Es una cuestión de estrategia.
El fuego empieza a crecer detrás del vidrio.
—Es un calor diferente. Esta sensación a mí me gusta mucho.
Las llamas avanzan despacio entre los primeros troncos.
—Hace que participes en calentar tu casa.
Lorena, su esposa, pasa por atrás.
—Igual la que más prende la salamandra es ella.
Fernando sonríe. Las llamas ya ocupan buena parte de la salamandra.
—Dependés mucho de estar en tu casa. Si salís durante varias horas, el fuego se apaga. Tener que salir uno lo piensa dos veces, porque cuando volvés, sabés que la casa va a estar fría.
Dice que eso también lo aprendió con el tiempo.
Las primeras brasas empiezan a ponerse rojas detrás del vidrio.
***
El camión del Plan Calor frena en la Avenida Campanario y Churrín Andino, justo en la placita. Antes de que el chofer baje ya hay una fila de autos con carros armados con sogas y una que otra camioneta.
Un chico levanta una rama caída del camión y se la muestra a la madre.
—Para el sahumerio —dice la señora.
Todos se ríen, menos ella.
A pocos metros la bolsa rota que lleva un vecino sigue dejando astillas sobre la calle de tierra.
—¿Sabés cuántos barrios dependen de esta leña? —pregunta un vecino en la fila.
Todos los años, el gobierno de Río Negro presenta el tradicional Plan Calor, impulsado por el Ministerio de Desarrollo Humano, Deporte y Cultura. Este año hubo alrededor de 3500 beneficiarios —familias que no cuentan con acceso a gas natural— que recibieron alrededor de dos metros cúbicos de leña. En inviernos crudos eso alcanza para calentar alrededor de dos semanas.
Hay un chiste viejo que dice que en Bariloche solo hay dos estaciones, una es el invierno y la otra es la del tren. El fuego se prende unos diez meses al año. Acá no es decoración de cabaña turística.
***
La salamandra escupe chispas por la puerta floja. El piso está marcado de quemaduras viejas, cada una como una luna pequeña. Encima de las sillas hay buzos colgados que gotean, impregnados de humo como esponjas. La casa de Lidia Espósito, otra vecina de la Península, huele a lo mismo de todos los que viven a leña: a madera mojada y humo impregnado en la ropa.
El hijo más chico, de unos cinco años, se acerca y se sienta frente a la puerta, las manos abiertas como si el fuego lo fuera a escuchar. Mira fijo las llamas que bailan en naranja y azul.
—Correte, ¿querés? —le dice la madre—. Nos tapás el calor a todos.
El chico protesta, pero se levanta y va a buscar unos autitos. La señora Lidia arrima una olla y la apoya sobre el hierro. El vapor se mezcla con el humo y empaña la ventana.
—Si no pongo una olla con agua sobre la salamandra todo se reseca demasiado —dice—. A veces le pongo unas hojas de algo para que perfume, como el eucalipto, pero ahora no consigo.
Afuera cae aguanieve, pero nadie se asoma. El mundo se reduce al círculo de fuego.
***
Los García duraron veinte días en la Península San Pedro.
Llegaron una noche de mayo muy lluviosa, con un Peugeot 206 cargado hasta el techo, dos gatos y una beba de pocos meses envuelta en frazadas. Venían de un departamento en Buenos Aires con calefactor a gas y control remoto. La casa que compraron en verano, con sol y vista al lago, ahora era una cabaña húmeda rodeada de árboles empapados.
La primera vez que intentaron encender la chimenea metieron papel, cartón y una bolsa de supermercado. El humo llenó el comedor y tuvieron que salir de la casa como si practicaran un simulacro de incendio.
Al otro día, García fue a La Anónima del km 13. Compró tres bolsas de leña envuelta en nylon, esa que venden al lado del carbón para el asado.
—Si vas a comprar troncos en el super, estás liquidado —le dijo un vecino.
—¿Qué querés que haga? Afuera todo está mojado —contestó.
La señora García se peleaba con el fuego desde la mañana.
—En Buenos Aires jamás pasé frío adentro de mi casa.
En Bariloche hay más de 20 mil casas sin conexión a la red de gas natural, según el Centro de Orientación, Defensa y Educación del Consumidor (CODEC). Muchas se calefaccionan a leña o con garrafas que no alcanzan para el mes. Los García cayeron en ese grupo sin tenerlo en cuenta, sin un plan. La leña acá no es adorno, es la línea entre dormir tranquilo o tiritar durante la noche.
Algunos vecinos se reían y los llamaban «los improvisados». Pero otros también los ayudaron y les llevaron unos troncos secos.
A los veinte días el Peugeot se fue tan cargado como había llegado, con los gatos, la beba y unos pañales perfumados con humo.
Dicen que si uno pasa dos inviernos en Bariloche se queda a vivir para siempre. Habría que preguntarse si son dos inviernos con gas o sin gas.
Ahora la casa tiene nuevo dueño. De la chimenea sale un humo parejo que sube entre los árboles.
***
Todos los inviernos, una o dos veces por semana, aparece una camioneta Saveiro blanca, de las viejas, con dos hombres y sus motosierras. Entran despacio, saludan con la cabeza y se pierden entre los coihues. Hay muchos terrenos vacíos, algunos con dueños que nunca construyeron, otros que nadie sabe de quién son. El ruido del motor se apaga y queda solo el zumbido de las motosierras que arrancan y se detienen, arrancan y se detienen.
Vuelven a pasar varias horas después, la caja hasta el tope de troncos parejos, atados con sogas gruesas. Nadie dice nada, todos miran. Algunos vecinos piensan que es muy obvio que esa leña no es para ellos, sino para vender.
—La leña que está en el bosque es de los que vivimos acá —comenta una vecina enojada.
La Saveiro se aleja dejando una nube de tierra que tarda en caer.
***
Dos horas después, el hacha vuelve a bajar. El tronco se abre en dos con un sonido seco, un chasquido que queda suspendido en el aire. Sonrío por la exactitud del golpe. Me apoyo un momento sobre el mango del hacha y me limpio la frente con la manga.
Me saco el buzo. Hay un dicho popular —algunos lo atribuyen a Henry Ford— que dice que la leña calienta tres veces: cuando se corta, cuando se transporta y cuando se quema. Voy por la primera calentada entonces.
Estiro la cintura. Los pedazos ruedan y se apilan en silencio, igual que ayer, igual que mañana.
El humo se enrosca en el aire. Y mientras haya humo, la casa está caliente.