“Un silencio extraño”
por Migue Roth
Testimonio de Alfredo Gonnet, director actual del Instituto José Ingenieros de Jacinto Aráuz. En 1976,la dictadura desplegó en este colegio secundario uno de los mayores operativos registrados en La Pampa.

Soy del ‘78.
Cuando se llevaron a los profesores del colegio, ni siquiera había nacido.
Crecí acá, en Jacinto Arauz. Fui alumno de este mismo colegio en los años noventa. Caminé por los mismos pasillos. Me senté en las mismas aulas donde habían enseñado aquellos profesores secuestrados. Y, sin embargo, durante toda mi secundaria de eso no se hablaba.
Era un silencio extraño.
Un silencio pesado, pero naturalizado.
Con los años entendí que el silencio también había sido una forma de sobrevivir.
Recién en 2014, cuando asumí como director del Instituto José Ingenieros. Ese año comenzaban a moverse con fuerza los juicios de la Subzona 14. Y de pronto aparecieron nombres, relatos que estaban ahí, muy cerca.
Fue entonces cuando empecé a entender qué había pasado realmente en este colegio.
En julio de 1976 el pueblo amaneció lleno de militares y policías. Rodearon el Instituto José Ingenieros y detuvieron a varios docentes y a vecinos vinculados a la institución. Los acusaban de difundir ideas marxistas, de tener una pedagogía “subversiva”.
Entre los detenidos estaban profesores del colegio y personas cercanas al proyecto educativo. Los trasladaron al puesto caminero del pueblo, donde fueron interrogados y torturados. Después algunos fueron llevados a la cárcel de Santa Rosa. Otros permanecieron detenidos durante años.
Uno de los profesores, Guillermo Quartucci, logró escapar en una secuencia digna de película. Durante décadas su nombre quedó ligado a aquella persecución.
Las detenciones ocurrieron en este mismo edificio.
Recuerdo un momento muy claro: la secretaria del colegio, Mabel, había trabajado aquí más de dos décadas. Cuando asumí le pregunté si algún día estaría dispuesta a contar lo que había vivido. Me dijo que no. Que todavía no. Al año siguiente se jubiló. Un día vino a verme y me dijo:
—Ahora sí, Alfredo. Si querés, ahora puedo contar.
La sentamos frente a los chicos.
Recuerdo el silencio del aula mientras hablaba. No era un silencio incómodo. Era un silencio de escucha. Ella relató lo que había vivido desde su lugar, con mucho cuidado y con mucha claridad. Era una persona muy culta y muy respetada en la institución. Aquel fue uno de los primeros momentos en que sentimos que la historia empezaba a salir desde adentro del colegio. Después vino algo todavía más fuerte.
En 2017 estábamos siguiendo el juicio por la Subzona 14. Habíamos organizado con los alumnos de sexto año asistir a una audiencia en Bahía Blanca. La idea era ir a escuchar. Simplemente eso: escuchar. Pero una semana antes nos avisaron que el Tribunal haría una visita ocular al colegio.
Así que un día llegaron: el Tribunal completo. Y con ellos entraron al edificio Guillermo Quartucci, uno de los profesores perseguidos en 1976 —el mismo que había logrado escapar y volvía del exilio—, y Graciela Bertón, hija de Samuel Bertón, un vecino del pueblo que integraba la cooperadora del colegio y que también había sido detenido durante aquel operativo.
Yo los conocí ese día.
Entraron al colegio donde habían ocurrido los hechos cuarenta años antes. Los chicos estaban presentes. Les habíamos pedido que fueran muy respetuosos, que entendieran la importancia de ese momento. El juez les explicó brevemente qué estaba pasando. Recuerdo que hacía frío. Habíamos pensado que los alumnos esperaran afuera, en el patio. Pero el juez dijo que no, que se quedaran. Que escucharan. Y lo hicieron. Fueron testigos.
Después de la visita pudimos oír a Quartucci hablar. Contar. Los chicos prestaban una atención que yo pocas veces vi en un aula. Fue una experiencia fuerte para la comunidad educativa. Muy fuerte para las familias también. Porque estas historias no están fuera, lejos: están dentro del pueblo.
Hay familias que sufrieron la persecución.
Y hay familias que —según se dice—, denunciaron.
Y los hijos de esas familias comparten hoy las mismas aulas.
Por eso siempre tuvimos claro algo: los estudiantes no son responsables de lo que hicieron los adultos. Hay que cuidarlos.
Cuando trabajamos estos temas en el colegio no enseñamos una verdad cerrada. Lo que hacemos es presentar los hechos, lo que ocurrió, lo que dicen los testimonios. Después cada estudiante hace su propia reflexión. Porque este sigue siendo un tema muy delicado en Arauz. Todavía hoy hay gente que tiene miedo de hablar. Mi propia madre, cuando yo empecé a investigar todo esto en 2014, me dijo algo que no voy a olvidar:
—Tené cuidado.
Habían pasado casi cuarenta años.
Eso muestra el impacto que dejó todo aquello. El miedo fue profundo. Yo creo que ese era uno de los objetivos: que el miedo quedara instalado en la comunidad. Como diciendo: nosotros podemos entrar a cualquier lugar. Ni siquiera el colegio estaba a salvo.
Y, sin embargo, el colegio había nacido de una idea completamente distinta.
El Instituto José Ingenieros fue creado por un grupo de personas muy adelantadas para su tiempo: pastores, docentes, médicos, productores del pueblo. Gente que creía en una educación abierta, igualitaria, inspirada en pedagogías como la de Paulo Freire. Era una educación que buscaba formar personas libres, capaces de pensar. Y eso, en aquellos años, empezó a ser visto como peligroso.
A veces pienso que la pregunta no es solamente qué pasó en 1976. La pregunta también es qué proyecto educativo estaba naciendo acá. Porque lo que ocurrió después fue un quiebre. Se llevaron profesores. La comunidad quedó marcada por el miedo. Y durante décadas se eligió el silencio.
Yo no juzgo ese silencio.
Los contextos eran otros. Las personas estaban heridas. Cada comunidad encuentra la forma que puede para seguir viviendo. Hoy, cincuenta años después, lo que intentamos hacer es algo distinto: mantener la memoria viva. Hablar con respeto. Escuchar todas las voces. Porque la historia de este colegio no se puede entender sin ese momento. Y porque los chicos que estudian hoy acá tienen derecho a saber qué pasó en el lugar donde aprenden todos los días.