Tu tierra sabe quién eres
Para el pueblo mapuche, enterrar la placenta sella para siempre el vínculo entre una persona y el lugar al que pertenece. En 2017 Chile sancionó una norma para reparar años de negación institucional de esta tradición, pero el parto intercultural todavía tropieza con la burocracia, el prejuicio y el desarraigo.
Ilustraciones generadas a partir de fotografías tomadas por la autora.

En el principio fue la placenta. Cuando el óvulo es fecundado comienza a formarse en el cuerpo gestante un órgano intermediario y efímero que, adherido en el interior del útero, absorbe nutrientes, facilita el intercambio de gases y elimina los residuos. De la placenta nace el cordón umbilical, la conexión entre el feto y la madre. En la cosmovisión de los pueblos originarios la placenta es la primera fuente de vida.
Whenua en maorí significa tierra, así también se llama a la placenta. El pueblo maorí, en Nueva Zelanda, planta la placenta al pie de un árbol para asegurar la unión, sagrada y espiritual, entre la tierra y el nuevo ser. En Rapa Nui se le nombra ´henuapoki´: la tierra del niño.
En México, los yaquis de Sonora la queman o entierran bajo el fogón o en un rincón de la casa, lo hacen junto a una copa de ceniza, dicen que para que la recién parida no sufra de entuertos y de frialdad que podrían dejarla estéril.
Los kiliwas creen que, si los animales se la comen, traería la infelicidad en el futuro del bebé. Para los mazahuas del Estado de México si un perro se come la placenta, podría darle al recién nacido fuertes dolores de estómago, por eso la entierran rápido e igualmente cerca del hogar.
En Zapotitlán de Méndez, Puebla, creen que la mujer puede perder la leche, que se le seca, si se llena de hormigas el sitio donde se ha enterrado la placenta; y que, además, al niño le aparecen granos en el cuerpo, que sanarán una vez que la placenta se cambie a un lugar fuera del alcance de las hormigas.
La escritora mexicana Jazmina Barrera resalta que a la expulsión de la placenta se le llama alumbrar. “En Nigeria y Ghana se piensa que la placenta es un hermano gemelo, una sombra del bebé que muere en el parto. Después del nacimiento hacen un ritual para enterrarla bajo un árbol”.
“En el Museo de Historia Natural de Venecia —escribe Jazmina Barrera— vi la reproducción antigua de una placenta. Parecía una criatura extraterrestre, un ser de inteligencia distinta a la nuestra. Superior”.
En mapudungun, la lengua de los mapuche, la placenta es kuzyñ: la primera madre.
***
Hace veinticinco años, uno más, uno menos, a Soledad Gutiérrez le tocó hacer el internado de obstetricia y puericultura, un requisito para poder egresar como matrona de la Universidad de Concepción, en el hospital de la comuna de Lebu, capital de la provincia de Arauco, en la región del Bío Bío.
A Lebu, una comuna relativamente pequeña, pero con la confluencia de las ciudades que también son puerto, llegaban a parir mujeres de localidades aledañas, muchas de ellas pertenecientes a comunidades mapuche, que venían desde Los Álamos, desde Antihuala…
Eso recuerda ahora Soledad Gutiérrez, ahora que es enero de 2025 y está en una oficina de la Facultad de Medicina de la Universidad de Concepción. Recuerda a esas mujeres:
—Eran mujeres que nosotros veíamos en las postas rurales.
En ese entonces, hace veinticinco años, uno más, uno menos, hay algo que comienza a llamar la atención de Soledad Gutiérrez: las recién paridas no paran de mirar sus placentas. Hay algo en sus rostros que la intriga. Es como un embeleso en el que se mezcla algo de dolor, de angustia. No hay palabras de por medio, pero Soledad Gutiérrez comienza a entender el por qué.
Algo sabe Soledad Gutiérrez de la cultura mapuche, algo ha escuchado y algo entiende. Tiempo después ejercerá como matrona en el hospital regional del Bío Bío y dará clases en la Facultad de Medicina de la Universidad de Concepción, pero ahora todavía no se ha graduado y mira a las mujeres mapuche mirar sus placentas.
—Yo recuerdo que en aquella oportunidad tuvimos a una mujer que ya había parido dos veces. Esos partos previos habían sido en su casa, atendidos por una partera originaria, pero en el embarazo de este tercer bebé se le habían detectado algunos problemas de salud, entonces se le había hospitalizado para que cuando se presentara el parto pudiéramos prevenir cualquier complicación.
Se llamaba María y venía de Antihuala. Su pareja tampoco estaba en ese momento y no tenía quien la atendiera en la casa. Eso también la llevó a la decisión de parir en el hospital Santa Isabel de Lebu. El parto se presentó de noche, Soledad Gutiérrez estaba de turno y le tocó asistirla en su función de estudiante interna, acompañada de la matrona que la supervisaba y un técnico en enfermería, el Tens, como se le conoce en el argot médico.
El trabajo de parto fue rápido y sin contratiempos. María de Antihuala parió a una niña, y en los minutos que siguieron al alumbramiento, Soledad Gutiérrez se percató del objeto de su mirada.
—Recuerdo que ella parió y miraba su placenta, y no dejaba de mirarla y la miraba y la miraba…
En algún momento, después de que todo estuvo en orden, la matrona que supervisaba salió de la habitación y Soledad Gutiérrez se quedó allí con la recién parida y el Tens, que fue el que abrió la conversación:
—Tanto que miras tu placenta— le dijo a María de Antihuala.
—Sí, es que ahora no voy a poder tenerle el arbolito como le tengo a mis otros dos hijos.
Ahí Soledad Gutiérrez se interesó y preguntó qué pasaba. María de Antihuala le explicó que en los partos anteriores ella había enterrado la placenta como devolución a la tierra, la había plantado, y que ese árbol servía de guía para la criatura que llegaba al mundo. Ese acto, además, los asentaba al territorio.
Soledad Gutiérrez se quedó pensando y dijo:
—Bueno ¿y qué podemos hacer por esto?
Esa noche apenas se ubica en la naciente década de los 2000 y todavía en Chile no se ha aprobado la norma que regula la entrega de las placentas y el cordón umbilical a las mujeres que así lo requieran, para su tratamiento ceremonial. Pero desde siempre, los mapuche, cuando las mujeres parían en sus casas, hacían la devolución a la tierra, la madre de todos, de esa otra madre que había acogido al niño o a la niña que ahora llegaba para convivir en ella.
***
Una red de placentas que se conectan bajo la tierra. El cielo invertido. Constelaciones que sostienen y guían a las personas en su trayectoria vital. La placenta como ancla, la conexión con la raíz y con el territorio desde donde se parte y al que se vuelve. El territorio. Partir. Volver.
***
En mapudungun Cheuquelao significa “ave grande de la costa”. En el comedor de su casa en el valle de Elicura, en la comuna de Contulmo, provincia de Arauco, Javiera Cheuquelao habla de los apellidos en mapudungun y de cómo antes, para los mapuche, existía un solo nombre que luego pasó a ser apellido. Sobre la mesa, con el mantel de cuadros blancos y rojos hay pan amasado, recién salido del horno, y mate con lawen —yerbas medicinales— preparado por su madre: cedrón, poleo, manzanilla, oreganillo y un poco de menta.
―Antes —dice Javiera— algún señor debió llamarse Cheuquelao.
Santiago de Chile está, de la costa, a unos 120 kilómetros por carretera, pero allí nació Javiera el 17 de enero de 2001. Era la segunda hija de un matrimonio que había migrado del Valle de Elicura a Santiago, a principios de la década de los 90. La madre y el padre se reencontraron en Pudahuel. El papá arrendaba junto a otros jóvenes de Elicura que también se habían ido en busca de trabajo y la mamá se quedaba en la casa de una tía materna. El 11 de febrero del año 2000 nació el hermano mayor de Javiera, ella llegaría unos once meses después.
Ya con dos hijos, en julio de 2001, sus padres decidieron regresar a su territorio. Para esa época todavía no existía el protocolo de entrega de la placenta y cordón umbilical, por lo que ni la de su hermano mayor ni la de Javiera fueron entregadas a sus padres. Y, de todas formas, en las ciudades, se hace más difícil llevar a cabo la ceremonia de enterramiento.
El viaje lo hicieron en bus, en esos momentos no tenían muchas pertenencias como muebles y demás, y así llegaron a la casa de la abuela materna de Javiera. Más tarde se trasladarían al terreno que era propiedad de su papá, a una casa de tejas donde antes vivía el abuelo paterno, mientras se construía una vivienda nueva con el beneficio de un subsidio estatal. La casa nueva se incendió en menos de un año y regresaron a la casa de las tejas, donde permanecieron quizás hasta 2004.
De vuelta al valle de Elicura, el territorio ancestral de su familia, los padres de Javiera, sin las placentas, hicieron otro ritual: la ceremonia de presentación de sus hijos a la tierra. Una forma de conectar con el tuwün: el origen territorial de la persona. Javiera entonces tenía seis meses, no le contaron mucho de esa ceremonia, fue en junio, en pleno invierno. Tiene conocimiento del proceso de modo general.
―Se hace una rogativa en mapudungun, se pide por esa nueva persona. Es una ceremonia íntima con la familia y algunos miembros de la comunidad. Más que nada es para establecer el vínculo con tu tierra, con el territorio al que deberás regresar.
El lugar sagrado de la placenta es visitado luego por la persona a la que pertenece y va a ese sitio en busca de newen —energía, poder espiritual—. Allí, en el terreno donde presentaron a Javiera y a su hermano mayor, están enterradas las placentas de su abuelo, tatarabuelo... Es el sitio que marca el anclaje al territorio de la familia Cheuquelao.
Tiempo después, cuando Javiera tuvo que entrar a la universidad se decidió por la carrera de obstetricia y puericultura. Hasta ese momento no había sabido bien qué estudiar. Cuando supo de esta carrera la encontró entre científica y humanista.
—Porque ahí una atiende partos. Tiene que ver con lo que es la salud de la mujer, con el ciclo familiar. Entonces como que ahí me anduvo buscando.
Pasaría un tiempo más hasta que Javiera, todavía como estudiante, entrara a trabajar en un proyecto investigativo relacionado con la placenta.
***
La Norma General Técnica número 189 para la entrega de la placenta y cordón umbilical quedó instituida por el Ministerio de Salud chileno en junio de 2017. Un año antes, había sido aprobado el Decreto Supremo número 43 de 2016 del Ministerio de Salud que modificaba el Decreto número 6 del año 2009 del Ministerio de Salud, que aprobó el Reglamento sobre Manejo de Residuos de Establecimientos de Atención de Salud (REAS). Ese decreto impedía la entrega de placentas por considerarlas de riesgo biológico.
La Norma 189 fue la segunda etapa en respuesta a una demanda de años, protagonizada por comunidades y organizaciones mapuche que exigían la institucionalización de la entrega de la placenta, un órgano que para el pueblo mapuche se relaciona con el bienestar físico y espiritual de la madre y el recién nacido, y también de la familia y de la comunidad.
La norma establece así los pasos a seguir para solicitar la entrega de la placenta y las causales que puedan ser motivo de exclusión: aquellas mujeres que tengan diagnóstico de enfermedades o infecciones transmisibles: el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH) y los virus de las hepatitis B y/o C. Tampoco si luego del parto se diagnostica en la placenta o en sus anexos ovulares corioamnionitis o microinfartos.
Aun cuando nació de una demanda del pueblo mapuche, cualquier persona embarazada puede solicitar su placenta, siempre y cuando exista el compromiso de destinarla a prácticas culturales y nunca a su comercialización.

Uno de los requisitos que establece la Norma es que la solicitud de la entrega de la placenta debe ser voluntaria y realizada a requerimiento de la embarazada. Esta petición debe quedar registrada en la solicitud de entrega de placenta la que será incorporada a la ficha clínica. Además, se registrará también en el carnet de control prenatal, en el caso de que sea solicitada durante el embarazo, o en la ficha clínica si se hace durante el ingreso a la atención integral del parto.
Establece, asimismo, que la solicitud de la entrega de la placenta deberá realizarse con la anticipación tal que permita llevar a cabo la evaluación respectiva, o bien durante el control prenatal o bien en el ingreso a la atención integral del parto. Lo anterior, para poder tener en cuenta las causales de exclusión, establecidas en la propia Norma.
Voluntaria. Con anticipación. A requerimiento de la mujer embarazada. El lenguaje y sus llaves de acceso para poder entender la realidad.
***
Una red de placentas que se conectan bajo la tierra. El cielo invertido. Constelaciones que sostienen y guían a las personas en su trayectoria vital. La placenta como ancla, la conexión con la raíz y con el territorio desde donde se parte y al que se vuelve. El territorio. Partir. Volver.
***
El 12 de julio de 2024 es un clásico día de invierno en Concepción: de impecable gris, frío, y a las cuatro de la tarde, en el auditorio Ivar Hermansen, en el primer piso de la Facultad de Medicina de la Universidad de Concepción, tiene lugar el conversatorio Kuzyñ: Placenta y Pueblo Mapuche, invitación que hace el profesor Marcelo González Ortiz y en el que participan Neftalí Painequeo, encargado de educación en el Museo Mapuche de Cañete, y Javiera Cheuquelao, estudiante de Obstetricia y Puericultura en la Universidad de Concepción. Adentro el ambiente es cálido.
Marcelo González Ortiz se encarga de la introducción, de explicar la función biológica de la placenta y también del significado que tiene este órgano en la cultura mapuche.
Neftalí Painequeo profundiza en estos significados, en algún momento dice que en su nacimiento no fue posible enterrar su placenta y que a eso le achaca el sentirse a veces como perdido.
Luego, Javiera Cheuquelao cuenta las experiencias a las que se acercó en un trabajo de campo en el que entrevistó a parteras y a mujeres que tuvieron a sus hijos tanto en el hospital como a mujeres que tuvieron sus partos en la casa.
Si Javiera Cheuquelao es integrante de un equipo de investigación en torno a la placenta, se debe en parte a que fue testigo de algunas situaciones que le hicieron pensar que, aun con la aprobación de la Norma General Técnica número 189, todavía faltaba mucho para que en los sistemas de salud se asumiera el parto intercultural —en una zona marcada por la convergencia de varias culturas— como algo natural.
Ese día, 12 de julio de 2024, Javiera Cheuquelao cuenta a los asistentes al conversatorio que, en su período de internado de obstetricia y puericultura, un requisito para poder egresar como matrona de la Universidad de Concepción, se había percatado de que algunas mujeres mapuche que llegaban a los hospitales a parir eran ignoradas o incluso miradas mal en su deseo de tener un parto intercultural, de respeto hacia sus tradiciones. Un caso, particularmente, le había quedado como ejemplo de lo que no hacer.
***
La mujer pudo apellidarse Manquemilla, cuyo significado más usual en mapudungun es “cóndor dorado” o “cóndor de oro”, pero apenas llegó al hospital Las Higueras, de Talcahuano, comenzaron a llamarla PESPI.
PESPI es el acrónimo del Programa de Salud y Pueblos Indígenas, una iniciativa de gobierno que busca “incorporar la participación activa de los pueblos originarios en la formulación y evaluación de los Planes de Salud Intercultural en la Red Sanitaria del Servicio, a través de Mesas de Salud Intercultural Local”, según refiere la página del Servicio de Salud Metropolitano del Sur.
Aquellas mujeres que en su plan de parto indican que desean para ellas un proceso de parto intercultural entran a los hospitales a través del programa PESPI, mediación que se ejerce con la participación de una facilitadora intercultural.
El plan de parto deja reflejado anticipadamente lo que se espera para el momento del alumbramiento: que se contemple la posibilidad de parir en posición vertical, que se consulte sobre procedimientos a aplicar durante el parto, por ejemplo el uso o no uso de anestesia, que se permita la entrada de lawen —preparado de hierbas medicinales— que ayuda sobre todo en la fase de expulsión, que se respete el corte tardío del cordón umbilical, que se permita el amarrado de la lana roja una vez hecho el corte. De esta manera, el equipo médico puede estar informado con anterioridad.
—Recuerdo que una matrona estaba leyendo el plan de parto de la paciente, y el médico puso mala cara, los ojos hacia arriba, y dijo: “¿y a quién le va a tocar quedarse con la PESPI?” —cuenta Javiera Cheuquelao.
Entre el equipo médico suelen dividirse a los pacientes para su atención. A Javiera, en su rol de estudiante interna le tocaba hablar con las embarazadas, acompañarlas en todo momento. Les practicaba técnicas de relajación, debía ofrecerles aromaterapia, si querían escuchar alguna música en particular, y sobre todo estar pendiente cuando comenzaran los pujos de la labor de parto.
La mujer que pudo apellidarse Manquemilla había conformado el plan de parto junto a su facilitadora intercultural: quería entrar el lawen, quería que el padre de su hijo estuviera con la lanita roja para amarrarla al cordón umbilical, cosas que para la cultura mapuche son básicas.
Mientras el equipo de salud lo leía, iban apareciendo las expresiones: “¡mírala!”, “¿qué es esto?”. Javiera Cheuquelao los escuchaba casi jactarse sin que se percataran de que ella misma, Javiera, también era mapuche.
Ahora es diciembre de 2023. Las salas donde permanecen las embarazadas en el hospital Las Higueras, de Talcahuano, son individuales, con aislamiento del ruido y luz tenue. En el techo tienen figuras como estrellas y mariposas. Las camas están dispuestas en el centro, así las embarazadas pueden moverse y usar el balón kinésico para ayudar con los dolores. Las matronas visten su uniforme clínico, de completo rojo y cuando llegue el momento del parto se vestirán con el traje estéril: pechera plástica, cubre zapatos, guantes estériles.
Javiera Cheuquelao no recuerda exactamente a qué hora entró en labor la mujer que pudo apellidarse Manquemilla, sabe que ya de noche se la llevan a pabellón y ella, Javiera Cheuquelao, terminaba su turno por ese día. Al día siguiente, cuando volvió al hospital, supo que el parto de la mujer había sido intervenido para realizar cesárea y que en definitiva no pudo ser como ella deseaba.
Javiera Cheuquelao entendió que, a pesar de que existiese la legislación, había algo que estaba impidiendo que se cumpliese o respetase a cabalidad. Esta inquietud fue la que la llevó a integrarse al proyecto de la Universidad de Concepción Protocolo de entrega de placenta para el pueblo mapuche: hacia una visión intercultural de la atención del parto, cuyo responsable es el profesor Marcelo González Ortiz.
Siete meses después, una tarde invernal de julio, Javiera Cheuquelao contará esta experiencia de diciembre de 2023, en el conversatorio que tendrá lugar en la Facultad de Medicina, y que organiza este mismo proyecto. Desde el público, otra matrona recordará un incidente que vivió cuando ella hacía su internado de obstetricia y puericultura, alrededor de 25 años atrás. Se llama Soledad Gutiérrez.
***
Una red de placentas que se conectan bajo la tierra. El cielo invertido. Constelaciones que sostienen y guían a las personas en su trayectoria vital. La placenta como ancla, la conexión con la raíz y con el territorio desde donde se parte y al que se vuelve. El territorio. Partir. Volver.
***
Por los cristales de la ventana del salón de parto la luz de la luna entra como un torrente, espléndida, dándole al ambiente una cualidad casi mística. Soledad Gutiérrez no recuerda cómo se dice en mapudungun, pero sí que María de Antihuala nombró a su hija como “luz de luna” o “claro de luna” porque la parió, precisamente, bajo esa corriente luminosa. En mapudungun el término para “claro de luna” es Ale, aunque también se puede usar la expresión Küyen Ale que literalmente se traduce como luz de luna. Algo así debió llamarse la hija de María de Antihuala.

La noche en que llegó al mundo es una de octubre, el año puede ser 1999 o 2000. Quienes la reciben en la sala están satisfechos por cómo ha salido el parto, pero todavía está pendiente el tema de la placenta.
En este punto la matrona que supervisa a Soledad Gutiérrez ya ha salido de la sala y Soledad se ha quedado sola con el Tens. Ambos saben que las placentas son tratadas como residuos hospitalarios y que son desechadas junto a otros fluidos. El encargado de su traslado es el Tens de turno. Entonces se miran y sin mediar palabras queda establecida la complicidad.
La placenta quedó en un contenedor con hielo. Soledad Gutiérrez salió de descanso a la mañana siguiente. María de Antihuala pasaría dos días de recuperación en el hospital. Cuando Soledad Gutiérrez volvió a su turno diurno, el largo como se le llama, le tocó darla de alta. Entonces le entregaron, en una bolsa plástica, todavía con hielos, la placenta de la niña que nació bajo la luz de la luna.
Ahora, en una oficina de la Facultad de Medicina de la Universidad de Concepción, Soledad Gutiérrez recuerda. En ese momento no lo pensó, dice, se dejó llevar por la conmoción, por el sentimiento de respetar a fondo la cultura de esa otra.
—Yo creo que igual fui bien arriesgada porque imagínate, yo era interna, imagínate, me encuentran bajo esa situación y podrían haberme suspendido. En ese momento solo me conmoví.
Después Soledad Gutiérrez bloqueó en su mente ese recuerdo. Y no fue hasta que salió la Norma Técnica, y comenzaron a entregarse de manera regulada las primeras placentas, que ella volvió a pensar en aquella noche.
—Y dije qué bueno que ahora se puede lograr. Y ahí me puse a pensar en todas esas mujeres que tenían quizás la cosmovisión y cuántas de ellas antes parían con parteras y después iban al hospital y no podían seguir el ritual, que era de apego a su tierra.
Ahora la entrega de placentas es un poco más frecuente. Pero en los primeros años de la Norma, Soledad Gutiérrez cree que faltó formación para los profesionales que estaban acompañando los partos. Porque a veces se entregaba en tono de burla. Porque no se comprendía la necesidad de esa otra.
Quizás todavía falte.
Quién sabe si en algunos casos no se comprenda del todo.
***
En los tableros del Departamento de Estadística e Información de Salud (DEIS) se pueden encontrar, entre otros, datos relacionados con la cantidad de partos que han tenido lugar en las distintas regiones de Chile, cuántos de ellos pertenecen a pueblos originarios, y en cuántos de ellos se ha llevado a cabo la entrega de placentas.
Así, por ejemplo, se puede conocer que, en la región del Bío Bío, en el año 2019 —que tiene los registros más antiguos en esta sección— tuvieron lugar 21.334 partos, de ellos 830 de pueblos originarios, con la entrega de 14 placentas.
En el año 2020 se realizaron 18256 partos, de ellos 814 de pueblos originarios, con la entrega de 20 placentas. En el 2021 del total de 15172 partos, 752 fueron de pueblos originarios y se entregaron 4 placentas.
Para el año 2022 fueron 17.640 alumbramientos, 1002 de pueblos originarios y 38 recibieron sus placentas. En el 2023 se contaron 17,264 partos, de pueblos originarios 1.144 y con la entrega de 74 placentas. En el 2024, de un total de 15.350 nacimientos, 1.082 pertenecieron a pueblos originarios y solo en 92 de ellos se completó la entrega de la placenta. La estadística más reciente, la del 2025, arroja que se realizaron 12.640 partos, 1.020 de pueblos originarios y con la entrega de 94 placentas.
Si se busca un poco más dentro de la página web del DEIS, aparece el Resumen Estadístico Mensual (REM), con datos que van desde el año 2017 al 2020. Estos conteos no separan, del total de partos, los que pertenecen a pueblos originarios, sin embargo, la estadística de la entrega de la placenta sí se refiere específicamente a las solicitudes hechas por mujeres de estos pueblos.
Según el REM del 2017 en la región del Bío Bío hubo 14.815 partos, con la entrega de 30 placentas. Para el año 2018 recoge 14.751 alumbramientos y la entrega de 74 placentas. En el año 2019 registra 10.667 nacimientos, completando la entrega de 46 placentas. En el 2020 los partos, según el REM, fueron 9.128 y se entregaron otras 46 placentas.
A simple vista las cifras no están unificadas. ¿Cuál es la información correcta? ¿A qué se debe este desacuerdo? ¿No debería existir un cotejo de las estadísticas por cuestiones de transparencia y respeto con la población? Y lo otro cierto es que, ya sean 14 o 46, ya sean 20 o 46, la cantidad de placentas que se entregan sigue siendo significativamente menor que los partos que se realizan. Si se entregan —supongamos— todas las que son solicitadas, ¿por qué, aparentemente, no se solicita en todos los casos?
***
Una red de placentas que se conectan bajo la tierra. El cielo invertido. Constelaciones que sostienen y guían a las personas en su trayectoria vital. La placenta como ancla, la conexión con la raíz y con el territorio desde donde se parte y al que se vuelve. El territorio. Partir. Volver.
***
Es enero de 2025 y el profesor Marcelo González Ortiz se encuentra en su oficina del Departamento de Obstetricia y Ginecología, en el tercer piso de la Facultad de Medicina de la Universidad de Concepción. Después de subir las escaleras, se llega a una puerta vidriada que se abre desde adentro. Una facultad como un hospital: el pasillo que se extiende largo, y de un lado y de otro las salas que ahora son oficinas.
Hace aproximadamente un año que Marcelo González Ortiz investiga en torno a la connotación cultural de la placenta para el pueblo mapuche, pero desde mucho antes, la ha estudiado desde el punto de vista biológico y fisiológico.
Marcelo González Ortiz habla del proyecto Protocolo de entrega de placenta para el pueblo mapuche: hacia una visión intercultural de la atención del parto como algo todavía en desarrollo. Aún falta, dice, recopilar más información, concretar algunas publicaciones, llegar quizás con mayor impacto a los lugares donde se toman las decisiones.
Existió entonces ese momento, el momento en que Marcelo González Ortiz junto a otros colaboradores, se percataron de que a pesar de la presencia de la Norma Técnica 189, la mayoría del personal médico que debe ponerla en práctica no recibió, en sus años de estudiantes, ningún ramo relacionado con la salud intercultural. La distancia entre lo legislado y lo que se ejerce tenía raíces un poco más profundas. Para comenzar a cambiar esa realidad, desde la universidad misma, Marcelo González Ortiz se enroló en esta investigación.
—Con la llegada de la Norma Técnica, los integrantes del personal de salud están conscientes del derecho a reclamar y por tanto a recibir la placenta que tienen las familias, pero no saben el origen del por qué de esa Norma. No saben cuál es la razón por la que se le da un tratamiento especial para quien sea de pueblos originarios, salvo la percepción que cada quien, particularmente, pueda tener.
Con el conocimiento de la Norma Técnica se atiende a algunos de los elementos que conforman la visión mapuche en torno al parto: la entrega y posterior enterramiento de la placenta, el tratamiento y corte del cordón umbilical. Dos hitos que se posicionan al final del viaje que para los mapuche inicia desde el instante de la fecundación. Por eso, Marcelo González Ortiz lo sabe, se necesita respetar la visión del otro durante todo el proceso: desde el trato que se brinda en el período gestacional, hasta lo que viene cuando la mujer entra en labor y que incluye, por ejemplo, el tener el proceso de parto en un ambiente particular, con luz tenue, alguna música, el uso de instrumentos musicales propios de la cultura —el kultrún, la pifilka, las kaskawillas—, y el acompañamiento de las personas que hayan sido elegidas para estar ahí.
Otra cosa que sabe Marcelo González Ortiz es que hay también distintas clases de problemas. Problemas con centros hospitalarios que pudieran estar mejor adaptados a las exigencias que conlleva el desear y tener un proceso de parto pluricultural. Problemas de infraestructura en esos centros hospitalarios que impiden que se puedan prestar atenciones de partos en mejores condiciones, incluso si los equipos médicos tienen la disponibilidad. Incluso si tienen la disposición y están abiertos a la realización del parto intercultural.
Sobre estos problemas, más allá de reconocerlos y señalarlos, Marcelo González Ortiz no puede incidir, al menos no directamente. En cambio, hace lo que sí puede: contribuir con la formación de los que en un tiempo breve se encontrarán en esos centros hospitalarios, y estarán preparados para impulsar la transformación.
En este año que lleva investigando alrededor de la Norma Técnica 189, Marcelo González Ortiz se ha tropezado con otra peculiaridad: el personal de salud no puede o no debería orientar a la persona sobre la posibilidad de entrega de la placenta. La mujer que llegue a parir debe solicitarla previamente. Debe tener el conocimiento previamente. Previamente es un adverbio que no deja tiempo para la sorpresa, que acota a la mínima expresión las posibilidades de maniobra.
***
La parcela se llama Río Baker y está ubicada cerca de la ciudad de Los Ángeles, capital de la provincia del Bío Bío en la región homónima. Casi todo el año el pasto está verde y entre los árboles nativos hay una araucaria, un pewén, que nunca había dado piñones. El 2 de enero de 2019, poco antes del mediodía, unas 15 personas se reunieron bajo ese pewén para enterrar la placenta de Emilia Ayimpan Huenteman Dinamarca, que había nacido por cesárea, en el hospital de Los Ángeles, a las 10 de esa mañana de verano austral.
Emilia Ayimpan es hija de Javiera Dinamarca, 35 años, y Gabriel Kurrumán, de 34. Gabriel Kurrumán es oriundo de la comunidad Trapa Trapa, en Alto Bío Bío y creció apegado a las tradiciones mapuche, por eso conoce las ceremonias y la manera de realizarlas.
Javiera Dinamarca, también mapuche, pertenece a esa fracción de este pueblo que se crió en la ciudad y que ha atravesado distintos procesos de desarraigo. Desarraigo es una palabra que designa una ausencia. Un tirón, un desgarro. El hueco que queda después de la acción.
Sus abuelos, por ejemplo, se cambiaron el apellido, un fenómeno que en muchos casos se dio como mecanismo de defensa ante la discriminación. Un escudo, una venda en la herida. De ahí esa manera de nombrarse: Dinamarca.
En su caso, el ritual de enterramiento de la placenta también fue una forma de acercarse a su identidad.
—Cuando Javiera supo que estaba embarazada y lo conversamos, ahí mismo decidimos que, llegado el momento, haríamos el ritual de enterrar la placenta. Yo vengo de una familia donde están preservadas las prácticas mapuche: el tema de la lengua, las tradiciones, entonces la cuestión de la placenta siempre estuvo presente —explica ahora Gabriel Kurrumán.
Gabriel Kurrumán estaba con Javiera Dinamarca en el momento de su parto. Dice que entró en labor el 31 de diciembre de 2018. Inicialmente estuvo pensado como parto natural, pero cuando se presentaron problemas con la dilatación, se decidió proceder con la cesárea. De todas maneras, estar ahí, en el instante del nacimiento de su hija, es de las experiencias más conmovedoras que ha tenido Gabriel Kurrumán.
Alrededor de las 10 de la mañana del 2 de enero de 2019, y luego de 48 horas de trabajo de parto, Emilia Ayimpan ya estaba con ellos. Javiera Dinamarca quedó en recuperación postparto y Gabriel Kurrumán hizo lo que estaba pactado.

El hospital quedaba a 40 minutos de la casa de sus suegros. A Trapa Trapa, distante a unas 4 horas de Los Ángeles, era imposible llegar antes del mediodía. En el auto de su suegro, un Citroën gris, grande, con cabida para hartas personas, partió entonces hacia la parcela Río Baker. Lo acompañaron algunos amigos y familiares.
Ya en el terreno de su suegro, Gabriel Kurrumán dirigió la ceremonia: primero cavaron el hoyo, luego dieron vueltas a su alrededor hacia el lado derecho, por último, depositaron la placenta. La placenta volvía a su útero, el útero de la tierra.
En mapudungun hicieron la rogativa: para que Emilia Ayimpan tuviese buena energía —newen—, para que Emilia Ayimpan tuviese salud, para que Emilia Ayimpan creciera rodeada del apoyo de las personas de su comunidad, para que Emilia Ayimpan fuese una che —gente— con valores, para que la tierra siempre acompañase a Emilia Ayimpan.
Alcanzaron a terminar antes del mediodía, y aunque la hora de los partos es muy relativa, Gabriel Kurrumán se esforzó por realizar la ceremonia en esa franja horaria. En la cosmovisión mapuche el día se divide en dos: desde las 12 de la noche y hasta las 12 del mediodía se entiende que hay un proceso de tránsito de energías positivas, y luego, de las 12 del mediodía a las 12 de la noche, la tierra empieza un proceso de cambios, y ahí la carga de energía es más negativa. Por eso, la mayoría de las ceremonias se hacen en la mañana. Y también cualquier actividad que tenga que ver con la tierra: sembrar, buscar plantas medicinales. Por eso, cuando la Machi va en busca de remedios, lo hace por la mañana.
Cuando Gabriel Kurrumán y Javiera Dinamarca nacieron, a principios de la década del 90, las madres mapuche que parían en los hospitales no podían ni soñar con retirar su placenta. Por eso, a la ceremonia de enterramiento de la placenta de su hija la vieron como un acto reivindicativo, de interpelación al modelo médico. Una especie de resarcimiento por la violencia simbólica y política vivida, por la negación.
Tenían conocidos que habían ejercido ese derecho, institucionalizado apenas unos años antes, aun así, al momento de reclamar la placenta de Emilia Ayimpan, Gabriel Kurrumán tenía temores porque, aunque existe la Norma, la decisión a veces pasa, dice, por el personal que atiende en la institución de salud, por el grado de sensibilización y conocimiento que tenga el matrón o la matrona.
―En el hospital manifesté nuestra intención de retirar la placenta—cuenta Gabriel Kurrumán— y me dijeron que debía firmar la solicitud de entrega y llevar un culer, que es un contenedor hermético aislante del calor, lo que se usa para transportar alimentos cuando uno va de vacaciones, por ejemplo. Y nada más.
Se les entregó sin contratiempos, pero de haber sido diferente, dice Gabriel Kurrumán, igualmente hubiesen dado la pelea, porque ya son otra generación que no está dispuesta a admitir situaciones de discriminación, porque trasciende la cuestión personal. Porque es parte de la recuperación del mapuche kimün: el conocimiento mapuche.
Ahora, con 7 años, Emilia Ayimpan conoce el lugar donde está enterrada su primera madre, donde primero estuvo, el que marca su conexión con la tierra. En la parcela Río Baker viven sus abuelos maternos y allí regresa con sus padres habitualmente, a ese sitio sagrado que también la contiene.
En el año 2023, el pewén que recibió la placenta comenzó a dar piñones. Gabriel Kurrumán no conoce cuál es la explicación científica de eso, qué pudo haber influido, pero tiene claro que una placenta es vida y que esa vida se materializó en el pewén.
***
Una red de placentas que se conectan bajo la tierra. El cielo invertido. Constelaciones que sostienen y guían a las personas en su trayectoria vital. La placenta como ancla, la conexión con la raíz y con el territorio desde donde se parte y al que se vuelve. El territorio. Partir. Volver.
***
Alguna tarde de mediados de 2023 Bernardo Colipán Filgueiras —poeta, maestro, historiador, ñampulkafe— leyó en la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad de Concepción un texto sobre la placenta que está en su libro inédito Códice Nütram. Poco más de dos años después, y luego de un intercambio de mensajes y una llamada telefónica, envía un fragmento vía correo electrónico.
No le basta, porque luego manda también un archivo con su voz leyendo el texto completo. Como en un Nütram —ese compartir de experiencias, ese arte de la conversación—, la oralidad nutre y engrosa lo escrito. El fragmento, de todas maneras, es este:
Kediñ/ placentas territorios.
“Visto desde el espacio el planeta Wallmapu brilla como una sola esfera de luz.
Son todas las placentas/kediñ sembradas, desde los kuifi/tiempos que cubren a la ñuke mapu, como una sola membrana de energía.
Cuando a la papai Elba Puen se le pregunta por su lugar de origen, responde:
Yo vivo en Sara de Lebu, pero mi lugar de origen es Pitra kuy-kuy, porque ahí sembraron mi placenta al nacer.
Uno pertenece al lugar en donde sembraron nuestra bolsa de nutrientes. El resto son no-lugares.
Para formar una sola membrana de protección a la tierra, las placentas/kediñ se unen con otras en delgados filamentos que se atraen. Son bolsas que cargaron por un tiempo a distintas personas, pero todas fueron tejidas con una fibra/madre.
Se han librado muchas guerras en defensa de la ñuke mapu, la madre tierra que se nutre de todas nuestras ñuke/placentas.
Muchos wentru y zomo/weichafe han dado su vida por la kediñ que les dio de comer, mientras flotaban en el vientre de su madre.
Todo el mollfün/sangre derramada por los konas, no se pierde y vuelve a dar vida a nuestras placentas/kediñ enterradas”.
***
Existen también esas hipótesis. Las hipótesis que proyectan una posible repercusión de lo que ocurre en la etapa gestacional en el futuro de una persona. Y ahí, claro, tiene un papel fundamental la placenta.
El profesor Marcelo González Ortiz está al tanto de estos estudios, sabe que se están tratando de encontrar evidencias desde la bioquímica, la biotecnología, para demostrar básicamente que hay una conexión de nuestra vida fetal con lo que nos pasa después como individuos, incluso transgeneracionalmente.
Sabe que en la cultura mapuche y también en la cultura de otros pueblos originarios esa idea la han tenido siempre bastante clara.
Lo principal de la placenta sería esto: permitir el aporte de oxígeno y nutrientes para que el embrión primero, y luego el feto, se desarrollen adecuadamente, pero en ciertos escenarios pueden ocurrir algunas alteraciones.
Desde hace años que el profesor Marcelo González Ortiz viene estudiando alrededor de estos temas que tienen en el centro a la placenta. La estudia como lo que es, un órgano importante para entender cómo se dan los procesos mediante los cuales una persona nace en condiciones fisiológicas normales, por nombrarlas de alguna manera. La estudia también para entender cómo la placenta puede generar, en algunos casos, alteraciones que, o bien conllevan enfermedades durante el embarazo, o bien pueden traer consecuencias para el recién nacido, en la etapa inicial o a lo largo de su vida.
Por poner algunos, estos dos ejemplos: las alteraciones podrían surgir en condiciones de diabetes o en condiciones de hipertensión que son, quizás, las dos enfermedades que más se dan entre las personas embarazadas; la obesidad, apunta Marcelo, también está apareciendo harto entre los cuerpos gestantes.
En esas condiciones, ya se dan algunos factores que alterarían el funcionamiento de la placenta y que podrían repercutir en el recién nacido de varias formas. Nacer prematuro, que es lo más significativo, o está el riesgo de que desarrolle alguna enfermedad más adelante, como la propia diabetes. Es algo, tal vez, de lo más conocido: la diabetes gestacional puede manifestarse luego en la nueva criatura.
De todas formas, el profesor Marcelo González Ortiz prefiere hablar de factores de riesgo para no pecar de determinista. Porque sí, hay componentes placentarios que presagiarían que ciertas personas tendrían más posibilidades en el futuro de desarrollar algún tipo de patología, pero deberá apuntarse siempre a que, con prevención, se puede intentar disminuirlos.
A raíz de todo esto y a través de sus estudios es que el profesor Marcelo González Ortiz se conecta con el significado que tiene la placenta para los pueblos originarios en general, y particularmente para el pueblo mapuche. Aun viniendo desde una cultura distinta. Aun sin esa base científica y biomédica que conoce la medicina occidental. De cualquier modo, reconociendo, incluso antes que esa medicina occidental, la relevancia de un órgano que contiene la vida.
Y la relevancia no solo para un individuo, sino para la comunidad toda.
También por eso, el profesor Marcelo González Ortiz insiste en su proyecto de investigación. Por eso le preocupa que, a pesar de que existe la Norma Técnica 189 para el reclamo de la placenta y cordón umbilical, las cifras de entrega sigan siendo bajas.
Porque sabe que existe esa circunstancia, la circunstancia en la que una persona mapuche por temor o por desconocimiento no dice que lo es cuando llega al hospital y se supone que el personal de salud no debe coaccionar la entrega. Se supone que la solicitud deba ser voluntaria.
Marcelo cree que la clave estaría en la socialización de la información, en el trabajo previo que debe hacerse desde la atención primaria, porque a ciencia cierta no se sabe si todas las personas mapuche conocen la existencia del protocolo ni si hacen la solicitud del mismo con conocimientos.
Porque, además, para reclamar la placenta debe contarse con ciertos preparativos, ciertos preparativos que deben estar contemplados en el momento en que se presenta el parto. Entonces, tampoco se sabe si todas las personas que la quisieran acaben por solicitarla.
Luego, otra de las problemáticas que se presenta tiene que ver con el territorio y cómo se conecta con el despojo territorial del pueblo mapuche. Marcelo se pregunta qué pasa con aquellas personas a las que se ha desplazado de su territorio ancestral. Qué pasa con las que viven en comunidades urbanas, en edificios, las que arriendan y no disponen de sitio donde enterrar la placenta.
Hay alternativas, entiende Marcelo, algunos se van a lugares donde vive la familia y en los que entonces sí hay terrenos. Hay asociaciones mapuche urbanas que han conseguido lugares para uso de la comunidad, cercanos a la ciudad, donde pueden hacer sus ceremonias, entre ellas el enterramiento de placentas. La misma ritualidad se adapta a la disponibilidad del territorio.
Y ahí surge otro cuestionamiento, porque la placenta marca una conexión con el territorio ancestral y familiar. Con esta certeza, ¿qué pasa cuando no hay territorio? ¿Es lo mismo si se entierra en otro lugar? Otro lugar que ya no sería ancestral.
La única membrana de energía, podría pensarse, encontrará el modo de seguir conectada en esa constelación formada bajo la tierra.
***
Dicen que el mapudungun tiene esa palabra: “Weluñma”, para nombrar a las personas que andan por la vida sin una dirección fija o evidente. A las que andan como perdidas, sin propósito.
¿Existe lo que no se nombra?
Dicen que la usaban para referirse al winka, al extranjero, “el winka está weluñma”, mientras que el mapuche tiene una guía, ese hilo invisible que lo une a su comunidad, la memoria del territorio impresa en su cuerpo, el cordón umbilical que sigue insuflando vida.
“Yo soy yo y mi galaxia. Yo soy yo y mi sitio sobre la tierra. Yo soy yo y mi sitio junto con otros sobre la tierra, en este lugar del sistema solar, dentro de un universo plagado de estrellas”, escribe la escritora mexicana Cristina Rivera Garza.
Una red de placentas que se conectan bajo la tierra.
El ser mapuche siendo uno con su universo.
Siendo uno con su Azmapu. Su sistema de creencias.
Conectado a esa sola membrana de energía.
Dicen que existe también entre los mapuche ese refrán que afirma: “ese no sabe dónde tiene enterrada su placenta”. Para apuntar, igualmente, a los que transitan su existencia como en un limbo.
Entonces, el lugar sagrado de la placenta representa, también, el reencuentro con el ser mismo. La constatación de la existencia. Se existe porque ahí está enterrada la placenta. La certeza de que aún, en permanente tránsito, se regresa siempre.
Al territorio.
Al tuwün.
A la raíz.