Qué se llora ante la muerte de un padre abusador

por Cecilia Rayén Guerrero Dewey

Un hombre muere solo en Esquel. Viejo, enfermo y solo. No es cualquier hombre, o no lo es para su hija: abusó sistemáticamente de ella cuando era una niña. Saber que ya no está es asumir que nadie más saldrá lastimado. Pero eso no impide nombrar el dolor.

Febrero 2026

Un día de diciembre de 2025 murió Jorge Ojeda. Murió con el sol brillando en la cordillera chubutense, o con la luna saliendo entre las lengas. Murió solo, en la calle, sucio, quizá postrado en su silla de ruedas, quizá en la cama de un hospital de Esquel sin que nadie lo reclame. Se lo comieron el Párkinson y el horror que lo habitaba desde hacía años. Los datos de rigor estarán en el acta de defunción: la fecha, la hora, el lugar, la causa de su muerte. Nada dirá, en cambio, que en vida fue un abusador de niñas y niños, un hombre que sembró dolor donde debía poner ternura y se fue sin ser alcanzado siquiera un segundo por la justicia.

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—Silvina ¿dónde están tus padres? —quieren saber desde la escuela.

No lo sabe. Tiene 9, 13, 17 años, la escena se repite en loop. Desde que es muy pequeña, su hermano Facundo, apenas unos años mayor que ella y que su otro hermano, es quien firma el cuaderno de comunicaciones, los boletines; el que pregunta qué le falta, cómo se siente, qué necesita, el que trae el pan. Silvina se ocupa de la cocina y de mantener todo limpio. Mamá le enseñó, siempre fue muy prolija, muy cuidadosa.

Silvina los cubre, es una niña. Miente a las maestras, a la directora de la escuela, a los vecinos. No dice que no sabe, que hace unos meses su papá desapareció de pronto y que su mamá salió a buscarlo con un mapa construido con algún dato perdido, obsesión y furia.

Las cosas venían en apariencia más o menos bien hasta los ‘90. Un tipo encantador, morocho pintón, la alegría de la cuadra: el compañero que se ponía la camiseta si había que hacer una movida solidaria, un íntegro. Después Jorge se quedó sin laburo y en paralelo empezó a desvariar en la superficie. Aunque no tenían un mango, un día lo veían hacer ejercicios frenéticamente frente al televisor con un conjunto deportivo nuevo y caro.

—Silvi, vamos —decía su mamá y entonces se iban en taxi hasta la meseta neuquina a recuperar a papá que estaba con alguna pibita. Silvina miraba la escena desde el auto.

—Llevátelo a este hijo de puta —gritaba la madre de alguna de las chicas cuando mamá golpeaba la puerta buscando a Jorge Ojeda, su marido.

Silvina no se olvida: mamá lo agarraba del brazo con violencia y papá subía cabizbajo y permanecía en silencio hasta llegar a casa.

Otro día era domingo y había pastas, una mesa servida y todos sonreían frente a una hendija que dejaba entrar la luz, hasta que el teléfono sonaba y alguna mujer preguntaba por Jorge y gemía desde el otro lado. Entonces empezaban a volar los gritos, las cosas y los golpes.

A veces Jorge era un hombre digno que se ponía a estudiar y se animaba a terminar la escuela primaria y la secundaria; que hablaba de literatura; que destejía la memoria y recordaba los tiempos en el barrio de La Boca, de la infancia pobre en Buenos Aires, de cómo había aprendido a hacer las cosas solo, a enseñarse todo lo que sabía, pese a que su padre los había traído a Cipolletti de muy niño para abandonarlos en un cuartucho con piso de tierra y letrina. Siempre limpio, que no se diga otra cosa.

Pero otros días a Silvina Ojeda su papá la fajaba si se aburría del porno. Y después desaparecía. Una de las veces que Jorge se fue, la mamá de Silvina lo encontró tirado en una calle de Bariloche. ¿Fue esa vez? Se inventaron no sé qué negocio en la ciudad andina y aunque tardaron casi un año en volver a Cipolletti, llegaron a tiempo para organizar el viaje y la fiesta de egresados de la nena. Una noche formidable, todos hermosos, emocionados. Una noche. A los días ya no estaban más.

Hasta que Jorge no estuvo más de verdad y su madre se quedó sola con sus 3 hijos batallando un cáncer.

—Silvina ¿dónde están tus padres?

A Silvina se le estruja el corazón, pero a papá y mamá no se los expone. Están visitando a un familiar enfermo, tuvieron que viajar de urgencia, debían atender algo impostergable.

No sabe dónde están.

Tampoco sabe -lo sabrá mucho después- que durante años, en sus escasas presencias, en ese espiral espeso de horror y milagros cotidianos, Jorge no era su padre, sino su abusador.

En medio de la noche Silvina se despierta llorando. El dolor se aloja en el pecho y no la deja respirar bien. Todo empezó cuando comenzó a ver, a registrar en su historial erótico y vital, lo que negó a fuerza de supervivencia. Ya era una profesional experimentada, tenía 31 años, era madre y se había separado del papá de su hijo después de una relación tantas veces asimétrica, cuando en la punta del ovillo, aparece un dibujo que hizo en el jardín de infantes: un sol llorando y otro en que mamá y papá estaban tachados a rayones.

Después, la habitación de la casa familiar cerrada sin testigos, el hombre entrando a hurtadillas a robar su infancia, una inmunda memoria de baba, los golpes que recibió cuando comenzó a menstruar, los profundos silencios en los que se encerró de niña y adolescente, el dolor que la anestesiaba y que no lograba explicar.

El trabajo del tiempo y de la luz le permitieron de a poco mirar el monstruo a los ojos. Separó el amor de la violencia, el goce del placer, al padre del abusador.

Tardó años en nombrar el abuso y comprender, sobre todo, que no era un destino elegido ni provocado. Desde entonces dejó de buscar a Jorge. Vivió a la defensiva, se construyó una muralla de guerrera todo terreno con su cámara fotográfica en mano, militando justicia en Cipolletti, poniéndose al servicio de las familias del dolor con sus registros y ayudando a visibilizar verdades desde su mirada.

Justicia negada para Silvina Ojeda, luego de que el 17 de febrero de 2017 se presentara en la Unidad Fiscal Temática N°1 de Cipolletti para denunciar a su progenitor por abuso sexual infantil. Para entonces, después de sus insistentes desapariciones, Jorge había logrado convertirse en un NN para cualquier registro formal del Estado. El proceso judicial, en cambio, se centró en ella: si decía la verdad, si los datos aportados eran correctos, debió repasar una y otra vez los escenarios que tanto dolor le generaba recordar. Sin penetración la pena sería mínima, dijeron, si con suerte daban con él y la causa no se consideraba prescripta, dijeron también.

¿Cuándo prescribe el dolor? ¿Quién dice cuándo es tarde para denunciar a un padre abusador? El Código Penal argentino establece que en los casos de abuso sexual infantil, el tiempo de prescripción de la causa varía entre los 6 y 15 años del delito según un criterio de gravedad que está muy lejos de ser el de una niña destrozada.

En 2011 la Ley Piazza (Ley 26.705), en 2015 la Ley de Respeto al Tiempo de las Víctimas (Ley 27.206) fueron un avance. Sin embargo, predomina una interpretación restrictiva que limita su aplicación retroactiva. Aunque existen fallos ejemplares, siguen siendo excepcionales frente al enjambre de violencias sostenidas. El acceso a la justicia continúa siendo, para la mayoría, un recorrido tortuoso, casi imposible.

Silvina no pudo con eso. En cambio, aprendió a vivir en el abismo de la norma, aprendió a vivir con miedo. A veces Jorge, ya separado de su madre, ya NN hace años, volvía desde la sombra: dejaba un mensaje en la cuenta de Facebook, mandaba a alguien a decir que la estaba buscando. Otras veces eran sólo los coletazos: Silvina se enteraba de que había abusado de alguien más. ¿De cuántos? Y vomitaba.

Recuerda bien el día que estaba trabajando en una radio neuquina. “Te está buscando tu padre”, dijeron. Con las piernas flojas, miró por la ventana y lo vio parado sobre el boulevard. Se hizo pis encima.

Hace algunos años recibió el mensaje de una enfermera de Esquel. Se comunicaba para informarle que su padre estaba viviendo en la calle. Tenía un Párkinson avanzado que lo había postrado en una silla de ruedas. Silvina sintió asco y después calma: así no va a poder abusar de nadie más, se dijo y respiró. “En los pocos momentos de lucidez, te nombra a vos”, también le dijo la enfermera. Y entonces un escalofrío la recorrió de punta a punta.

Lo había matado tantas veces en su mente, hasta llegó a buscarlo en las morgues. Pero ahora la culpa la carcomía. Jorge estaba en la calle, el perpetuo abandono ahora caía sobre él mismo.

Pensó en juntar pañales, pensó en mandar cajas de comida. Silvina Ojeda no es alguien a quien el dolor de otros le pase por el costado, la calle la doblega. Pregunta a la enfermera cómo puede ayudar, qué necesita. Pero los días pasan y no puede perdonarlo.

Habla con un cura amigo, está desesperada. “No puedo, no puedo”, dice llorando. “No corresponde”, dice él. No hay amor supremo que exija lo imperdonable.

Lo imperdonable nos abunda. En Argentina, el 85% de las denuncias por abuso sexual infantil tienen su génesis en entornos familiares y cercanos, con alta prevalencia de la figura paterna. Entre 2017 y 2022 la ESI fue fundamental para que 14.424 niños, niñas y adolescentes víctimas de violencia sexual pudieran denunciar lo que era un nudo. En 2024, el Ministerio Público Fiscal, UNICEF y otros observatorios judiciales registran 100.000 denuncias anuales vinculadas al abuso sexual infantil, en su mayoría asociadas a grooming, explotación sexual digital y producción y distribución de material de abuso. Y ante el horror, la respuesta del Estado es aún más sofocante, con el desmantelamiento de la ESI y un presidente que relativiza el abuso en sus chicanas políticas, dejando la palabra vulnerada y estrechando el acceso a la justicia.

***

En medio de la noche, Silvina se despierta llorando otra vez. Es enero de 2026 y la noche la sofoca. En la otra habitación duerme su hijo adolescente. Piensa, mientras intenta abrirse el pecho con las manos para poder respirar, en Otoño Uriarte, Emilia Vera, Agustina Fernández, Facundo Astudillo. Piensa en las familias del dolor, en la profunda tristeza que habita a quienes les arrebataron a sus hijas, a sus hijos, de las que tantas veces fue testigo, y puede reconocer, aún en lo insondable, lo que ella nunca tuvo: hay personas que fueron amadas por su padre y su madre; hay familias de verdad; hay familias. Y se retuerce en su nada hasta volver a dormirse.

Aquellos días Silvina empieza a ver a su padre por todos lados como un fantasma. Lo ve en la mesa de un café, lo ve, mientras cocina para su hijo, lo recuerda jugando con ella y sus hermanos, lo ve subido a un techo poniendo una antena, lo ve llegando con su bicicleta.

Algo la impulsa a escribirle a la enfermera: Soy Silvina Ojeda, hija de Jorge. Quiero saber si mi padre está vivo.

La noticia tiene semanas, pero para ella es nueva. Cuánto lo siento, dice la enfermera. Nadie le dijo a Silvina que su padre había muerto, ni siquiera su hermano, que sí sabía.

—Los abusadores nos roban hasta la posibilidad del dolor. ¿Qué queda después de la muerte de tu abusador? Qué somos, si siempre fuimos invisibles, terminamos siendo más invisibles que nunca. Piensan, bueno, ya está, un violador menos. Acá no hay triunfo, no hay nada que festejar. Todo momento, desde que supe, viví buscando justicia. Y ahora no saben que lo que toca es reconstruir una vida que será sin miedo, será sin el monstruo vivo y asumiendo que la justicia nunca llegó.

Ahora Silvina se despierta más liviana. La pesadez que sintió durante años en su pecho parece haber desaparecido, aunque en verdad es una muerte la que la desnuda frente al espejo. ¿Dónde queda lo que no se desanuda jamás? Se mira, llora y grita un alarido sin voz.

Dice: estoy triste. Y hay quienes se animan a cuestionar su dolor. En la soledad que se expande frente al café se pregunta: ¿Estoy llorando por un monstruo? La que llora es una niña sobre las cenizas de un vínculo que no fue; la que llora es la necesidad de amor nunca escuchada; la que llora es una mujer rota que intentó juntar sus pedazos para batallar contra el miedo y ahora debe bajar las armas sin desarmarse.

Llora a un padre que abusó sistemáticamente de ella entre los 5 y los 12 años y quien nunca, jamás, le pidió perdón. Un padre que le heredó cierta capacidad para inventarse, la pulsión de los autodidactas, un cuerpo, la sangre y el destino de aprender a integrar el dolor.

¿Dónde se redimen las niñas y los niños abusados? ¿Cómo se nombra el dolor que se cuela silencioso como si fuese un miembro amputado? ¿Cómo se sana la infancia mutilada?

Mientras Silvina Ojeda habla, su casa en Cipolletti se llena del aroma almidonado de las papas al horno que su hijo está cocinando. La noche se empieza a colar por las ventanas abiertas y se siente suave. Por momentos, cuando nombra el miedo que ya no está, se recuesta sobre la silla como alguien que acaba de bajar de un ring de boxeo.

Dice que quiere entrenar para fortalecer los músculos del pecho. Aún son muchas las noches que despierta llorando y se abraza sola para poder dormirse, las mañanas que se mira al espejo para intentar reconocerse. Aún puede sentir el peso de lo que no pudo ser, pero ya no la aplasta.

Un día de diciembre de 2025, murió Jorge Ojeda. Murió solo, en la calle, sucio, quizá postrado en su silla de ruedas, quizá en la cama de un hospital sin que nadie lo reclame. Los datos de rigor estarán en el acta de defunción.