Panic Show
por Lila Luchessi
Gritos, insultos, una teatralidad de kermesse en el Congreso, y atrás un país que se desangra. “Los locos no están locos y fingen demencia para marcar la agenda”, plantea este texto de aproximación a una apertura de sesiones más ordinaria que nunca.

El palacio del Congreso de la Nación se inauguró en 1906. La obra fue diseñada por el arquitecto italiano Vittorio Meano, quien ganó un concurso internacional con su diseño. En 1904, Meano fue asesinado y la obra fue finalizada por el arquitecto belga, Jules Domal. Pero esa es otra cuestión.
La obra, que cuenta con una cúpula de 20 metros de diámetro, corona el recorrido de la Av. De Mayo. La traza que comienza en la Plaza del mismo nombre enmarca el escenario de las manifestaciones más significativas para todos los argentinos.
Desde la asunción de Javier Milei a la presidencia, el paisaje se compone de vallas, camiones hidrantes, fuerzas de seguridad y reporteros pertrechados para una invasión marciana. La imagen se repite semanalmente, cuando un puñado de jubilados insiste en explicar lo obvio: con 300 lucas no se puede comer.
La dramaturgia no es nueva. Existe en la memoria colectiva la imagen de Norma Plá, la Carpa Blanca y la Marea verde. En algunos casos, con decorados compuestos de vallas y efectivos preparados para la tunda. Y, en otros, con cánticos y reclamos que son leídos como expresiones del pueblo.
Claro que las líneas de tiempo no se construyen de forma lineal. El futuro, en más de una ocasión, hunde sus raíces en lo más rancio del pasado. Pero la intervención de maquilladores, las formas disruptivas y las lógicas tribales pueden hacer que aparezca como innovador.
La estrategia –independientemente de quien la gestione- tiene un denominador común: es con la unción de los padres fundadores sobre la que se construirá un porvenir más amable. Si Néstor Kirchner apalancó sus diseños en la concepción morenista de la historia, Milei construye un Gigante Amapolas con sonidos de Panic Show.
Pequeñas anécdotas sobre las instituciones
La apertura de sesiones del parlamento es un acto formal, institucional. Y al mismo tiempo es el espacio en que el Poder Ejecutivo pone sobre la mesa el balance del año que se fue y los proyectos para el que empieza.
Las diferencias, que se expresan en las composiciones de bloques respaldados por el voto popular, quedan manifiestas en el ejercicio más simple de la vida democrática: la negociación.
En medio de modas que incorporan los ecosistemas y las narrativas como jergas cotidianas de los profesionales de la política, puede pensarse que los supuestos ecologistas de Marshall MacLuhan dan cuenta de las operaciones binarias que se andamian en la lógica algorítmica.
Pero el binarismo no surge de este nuevo oleaje que sostiene la conversación pública. Antes del uso de las metáforas ecológicas, lo in fue hablar de antagonismos. Esos que sostienen las relaciones políticas tensadas al extremo para construir la propia identidad.
Así las cosas, la arena política se esparce en conjuntos opuestos, con identidades irreconciliables que obturan cualquier forma de negociación. Dicho brutalmente, ganar - ganar no es que todos pierdan un poco para que todos ganen algo. En un ecosistema binario y beligerante, el que efectivamente triunfa lo hace las veces suficientes hasta que el otro muerda el polvo.
Como decía la nonna, descalificar a los otros no te mejora a vos
La apertura de sesiones ordinarias tiene un guion definido por las oficinas de protocolo. El presidente, sus ministros, los gobernadores, funcionarios judiciales y los representantes del pueblo se reúnen en la asamblea en la que se informa lo hecho para proponer lo que sigue.
Más allá de las formalidades, siempre existen chicanas que permiten sazonar el encuentro. Demandas desatendidas, acusaciones de impericia o cartelería con estética de meme pueden vestir de color la esperada corrección.
En las últimas aperturas lideradas por el presidente Milei, más que sazón el gusto sabe cáustico y la ordinariez deja de denominar el trabajo legislativo para erguirse en una marca de época que vomita a los gritos lo que no puede argumentar. Insultos y descalificaciones atraviesan la sala a diestra y siniestra. Apodos soeces, pero infantiles, hacen estallar las barras. Inmersos en una estética kitsch de trajes desordenados, brillos improcedentes y gestualidad futbolera, los representantes del pueblo parecen jugar a una escuela de tablones que no enseña canciones sino violencias de todo tipo.
En las bancas, algunos legisladores de la oposición juegan el juego de las chicanas y las provocaciones y ayudan al oficialismo a construir la idea de que, con un congreso tan berreta, qué sentido tiene que exista. Para muestra bastaba el botón de las asunciones, más digno de una romería de borrachos que de la toma de posesión de los representantes del pueblo.
La apertura de las sesiones replicó esa teatralidad de kermesse, en las que los pelotazos no apuntaban a la pila de latas sino al corazón del sistema democrático.
Que no estamos locos, Lucas
En la sociedad está instalado un sentido común que se lee de manera opuesta. La locura como sustento narrativo de la politicidad y la pelea como reemplazo de los debates deprecia cualquier forma de institucionalidad razonable.
Sin embargo, en las huestes oficialistas se festeja la chabacanería, la brutalidad sin sonrojos y la procacidad como forma expresiva de lo que se entiende como convivencia política. En las opositoras, son los mismos legisladores quienes corporizan la estética de las barras bravas y bravuconean superficies que no tienen reales sustentos. Así las cosas, los locos no están locos y fingen demencia para marcar la agenda, tapar lo importante y subir la apuesta con estrategias animalistas, mascoteras y literalmente gatunas.
En el fragor de la espectacularización, los opositores imitan las violencias, los lenguajes vulgares y los razonamientos de bajo vuelo con la desventaja que supone no dominarlas. En otros casos, repiten nostalgias hasta el hartazgo sin entender que, justamente, es eso lo que no votaron.
Así las cosas, la estrategia del desquicio resulta eficaz para imponer políticas, agendas y sentidos comunes que parecían desterrados de la conversación. La naturalización de la locura y la violencia escala en lo cotidiano generando una sociedad incapaz de dialogar, acordar y negociar. Punto para el oficialismo. Se hacen los locos para imponer una racionalidad estudiada, planificada y si pasa, pasa.
A como dé lugar, el Panic Show funciona de manera articulada y binaria. Por un lado, los oficialistas suben la apuesta y piden que el León riegue sangre. Del otro, el Knock out técnico genera intervenciones balbuceantes, desconectadas y sin identidad. En el fondo, las estrategias son parecidas. La lista de supuestos traidores, convertidos en antagonistas internos, no permite organizar una propuesta alternativa al mileismo. Del lado del oficialismo, el shock bizarro agrega un elemento a lo que nos resulta familiar. Un ahogo cotidiano, cruel, inescrupuloso, que sepulta condiciones de vida de los ciudadanos que deciden, por el momento, darle tiempo y esperar.