Los niños de Camarones
Removían tierra y arcilla para construir una casa, en un pueblo costero de Chubut, cuando encontraron restos de dos niños que habían sido enterrados once mil años atrás. Un hallazgo que sigue armando el rompecabezas de la humanidad y trae nuevas pistas acerca de los primeros habitantes del sur.
Fotos: gentileza IDEAus.

El color del mar Argentino en las costas patagónicas es azul intenso. Las olas rompen sobre los cantos rodados y el viento suena, infinito. En Camarones, Chubut, todas las casas reciben el olor a sal de mar en los atardeceres, cuando la brisa le gana al viento del oeste y es hora de terminar con los trabajos y retirarse a descansar. Los pobladores son pocos y se conocen todos. O se creían, hasta que aparecieron los niños: los niños de Camarones.
La localidad queda a 270 km de Rawson, la capital, y a 250 km de Comodoro Rivadavia, uno de los polos petroleros más importantes del sur. Lo característico de Camarones, además de la riqueza marina que le da su nombre, es un afloramiento de rocas antiguas, se ven rojizas y están allí desde el Jurásico. Sí, el período geológico famoso de las películas. Después de millones de años, esas rocas se cubrieron por sectores con sedimentos. El viento las barrió, las heladas las rompieron, las lluvias y nevadas las gastaron. Subió y bajó el nivel del mar. Por esas piedras caminaron dinosaurios, y muchos, muchísimos años después también personas, mamíferos, las aves volaron por sus cielos, lobos marinos, pingüinos y cormoranes rondaron sus mares. Su forma de escalones, de terrazas, permanece.
Analía Amado y Mario Arriagada querían construir allí su casa: compraron un terreno, idearon un plan. Ella, nacida en Paso de Indios, y él, chubutense criado en Camarones y de raíces mapuches, soñaban con vivir en ese lugar que transmitía paz.
Dicen que los perros aullaban ese día, mientras se empezaba a remover la tierra del terreno de la familia. Era un hermoso espacio, con vistas al mar, en la terraza más alta de Camarones. El proyecto de Analía y Mario era tener un techo y un jardín, aunque estaban por descubrir algo más, algo que los llevaría a ser parte del rompecabezas de la vida humana en la región más al sur del continente. Entre todo el movimiento de tierra, durante una siesta en plena pandemia de 2020, quienes estaban trabajando en el lugar encontraron un cráneo, lo que disparó un protocolo preestablecido por la ley provincial V/160 que regula el hallazgo de restos humanos arqueológicos.
–Pensamos que podía ser de una persona que había sido asesinada en Comodoro, llamamos a la policía –cuenta Analía.
Los huesos encontrados en ese momento se trasladaron a la comisaría. Luego, visto que no eran recientes, y siguiendo el protocolo, se convocó a funcionarios provinciales, la Subsecretaría de Cultura y la Dirección de Pueblos Originarios, a un veedor por las comunidades originarias de la costa sur y arqueólogos del Instituto de Diversidad y Evolución Austral (IDEAus) dependiente del Centro Nacional Patagónico (CONICET), de la localidad de Puerto Madryn.
En esos tiempos de coronavirus los permisos tardaron en llegar. Analía y Mario cubrieron el lugar y lo preservaron. Sin esa conservación toda la investigación, quizás, no se hubiese podido llevar a cabo.
Hasta que por fin pudieron acercarse las expertas del IDEAus. Julieta Gómez Otero, Ariadna Svoboda, Ana Gabriela Millán y Anahí Banegas estuvieron a cargo de los distintos aspectos de la investigación: excavación, análisis preliminar, recolección de muestras, armado del “rompecabezas” histórico.
Lo que hallaron entre las piedras y la arcilla removida fueron restos de dos niños.
Uno de ellos preadolescente, el otro de unos siete u ocho años. El primero, calcularon, había sido enterrado hacía once mil años, el segundo, cuatrocientos años después, pero en el mismo lugar: un borde de formaciones semejantes a terrazas propias de la geología de la localidad actual de Camarones. El cuerpo del pequeño tenía signos de que había sido preparado para su entierro. Como si de un abrazo eterno se tratase, ambos permanecieron juntos hasta que fueron encontrados y permitieron asomarse, aunque sea un poco, a su historia.

Arriba de izquierda a derecha: Magdalena Salin Moyano, Analía Amado (propietaria del terreno), Evelyn Urrutia y Leandro Loupias (autoridades de la gestión anterior de la Subsecretaría de Cultura de Chubut) y Rubén Romero Sayhueque (Director de Asuntos Indígenas, gestión anterior). Gentileza: IDEAus
–Las chicas –como las llama Analía– vinieron varias veces, después armaron un laboratorio ahí, en la casa, y se quedaron más tiempo trabajando.
El matrimonio aprendió muchísimo de arqueología e historia natural. Ella se ríe cuando cuenta que en una publicación reciente sobre este caso se ve un niño con arco y flecha y un caballo ensillado en el fondo para ilustrar el artículo.
–Todas decoraciones agregadas por la inteligencia artificial de algún periodista apurado a veces con buenas intenciones, pero mucho desconocimiento –dice.
Analía sonríe, mientras toma un café, al recordar otros errores históricos: el “¿vivos?”, de Susana Giménez en una conversación sobre dinosaurios o el pobre “indio” de Punta Cuevas en Madryn, muriéndose de frío en su pedestal, como dice la gente del monumento Tehuelche.
Ahora, la arqueóloga Julieta Gómez Otero vuelve a mirar las fotos de los hallazgos en su computadora. Es científica y madre. Crió a sus cuatro hijos “seguiditos” mientras investigaba, trabajaba en su casa mientras ellos dormían, iban a la escuela, o por las madrugadas. Ellos crecieron entre “las piedras de mamá” y el sonido de la máquina de escribir como canción de cuna. Ahora jubilada, pero no menos arqueóloga, se emociona cuando cuenta de esas otras madres: de esas que caminaron la Patagonia hace miles de años y también de madres como Analía.
Analía y Mario, antes de saber del secreto, habían decidido construir la casa del otro lado del terreno, sobre el margen norte, invirtiendo el orden del proyecto original. Con ese gesto ínfimo e inconsciente salvaron el lugar de la destrucción. Julieta se emociona de la empatía ante el encuentro.

Mario Arriagada, Analía Amado y sus hijos junto a los arqueólogos Guillermo Gutiérrez y Julieta Gómez Otero. Campaña noviembre 2020. Gentileza: IDEAus.
La arqueóloga explica que en el enterramiento del más pequeño de los niños se manifestó también el amor de una comunidad y de una madre que despedía a sus muertos. El cuerpo se encontraba cubierto con pintura ocre y adornado con un collar de cuentas hechas con huesos de aves. Hernán Marani, biólogo y coautor del trabajo, estudió cada una de ellas. Están aserradas a la perfección, todas del mismo largo. Está visible el trabajo meticuloso de las manos de la persona que seleccionó, cortó y unió en un collar valioso las cuentas, una por una. Y es ese objeto que acompaña, en la muerte, a un niño que partió antes de tiempo.
En un primer momento, el Consejo de Representantes de la Subsecretaría de Cultura del gobierno, de los pueblos originarios y de especialistas, acordaron preservar el sitio enterratorio en el lugar en que se encontró. Más adelante, se permitió el traslado de los restos a los laboratorios del IDEAus ubicados en Puerto Madryn, para profundizar la investigación. Allí se pudo, con mayor infraestructura, dar forma al enigma.
Cuándo y de dónde llegaron las personas que habitaban América del Sur es una de las intrigas de la ciencia moderna. Florentino Ameghino (1853-1911) dedicó su vida a encontrar “el hombre primitivo americano”, ese que habría dado inicio a todas las civilizaciones. Actualmente se sabe, a través del desarrollo de la ciencia arqueológica, que Ameghino estuvo equivocado, pero su trabajo de investigación desenterró cientos de pruebas de la existencia de la fauna americana antigua. Si no eran de por acá, ¿vinieron en balsas, caminando?, ¿desde algún lugar de Asia, o de Europa?, ¿sorteando montañas y ríos, generaciones y generaciones de caminantes, se acomodaron en la cordillera, donde después desarrollaron civilizaciones agrícolas y sedentarias?, ¿o se quedaron en lo que hoy es Brasil?, ¿o en la Cuenca del Plata? Los niños de Camarones muestran que esas primeras personas que pisaron estas tierras americanas, también estuvieron por la costa atlántica de la Patagonia.
Julieta Gómez Otero invita a imaginar el período en el que los niños vivieron. Había finalizado la Era de los Glaciares: el clima era más frío, grandes masas de hielo cubrían la superficie de la tierra, y los mares se encontraban más bajos. Por eso la terraza de Camarones quedaba más alejada de la línea de marea en el tiempo de los enterratorios que lo que se encuentra hoy. Luego hubo un ascenso de la temperatura, los glaciares se derritieron, el agua subió, y esa parte de la costa quedó sumergida. En los tiempos de los enterramientos, la cercanía al mar era de unos nueve kilómetros de la línea de mareas, y hoy está a unos pocos metros.
–¡Cuántos restos habrá escondidos en el fondo marino!– dice Julieta.
Analía repite la misma frase. Y se atreve a ir más lejos, pensando en los dos niños enterrados:
–¿Los niños de Camarones, habrán sido ancestros uno de otro?– arriesga.
Sin saber nada de ciencia, el pequeño hijo de Analía en el año 2020 tenía dos años de edad y siempre elegía el montículo de los niños para ir a jugar. Y ella como mamá siempre se sintió contenta y en paz en ese terreno.
–Somos bendecidos –dice Analía, haciendo a un lado su taza de café que ya se enfrió para abrir sus manos en gesto de recibir–, esos niños nos eligieron a nosotros para salir a la luz. Para que se vuelva a hablar de ellos.
Se acomoda el pelo azabache y sus ojos están inundados de lágrimas.