“La historia aparece en fragmentos”

por Migue Roth

Testimonio de Mercedes Andreotti, sobrina de Juan Carlos Andreotti, nacido en Santa Rosa, detenido en Buenos Aires en octubre del ´76, desaparecido.

Marzo 2026

Mi tío Juan Carlos era el menor de tres hermanos.

Mi papá se llamaba Alberto y su hermana mayor, María Rosa. Los tres nacieron en Santa Rosa, en La Pampa. Mi abuelo trabajaba en la Dirección de Rentas de la provincia. Era de Junín, pero vino a La Pampa en 1951, cuando el territorio se convirtió en provincia. Ahí conoció a mi abuela, que había llegado desde Villegas, en Buenos Aires. Se casaron, formaron su familia y nacieron sus tres hijos. Cuando mi abuelo murió, muy joven, de un infarto, mi abuela se fue con sus tres hijos a vivir a Buenos Aires. Juan Carlos tendría unos diez años. Se instalaron en Caballito, frente a la estación Primera Junta del subte A. Ahí terminó la primaria. Después entró al Colegio Carlos Pellegrini. Y más tarde empezó a estudiar Sociología en la Universidad de Buenos Aires.

En la universidad empezó también su militancia política. Militaba en una organización que se llamaba Organización Comunista Poder Obrero. Era muy joven, pero todos dicen lo mismo de él: que era carismático, seductor, muy simpático, con mucha facilidad para hablar con la gente. Dentro de la organización tenía un rol muy ligado al trabajo con estudiantes.

También se había enamorado. Se casó con una compañera de la universidad y tuvieron una hija, Mariela. Cuando a mi tío lo desaparecen, la nena tenía apenas un año y medio.

Yo nací ese mismo año. Nací en mayo de 1976.
A él lo secuestraron en octubre.

Durante toda mi vida el relato sobre su desaparición fue el mismo que escuché en mi familia: lo que contaban mi papá, mi mamá y mi tía María Rosa. Mi abuela, en cambio, no podía hablar de eso. Ni una palabra. Nunca pudo contarme nada sobre Juan Carlos ni sobre su desaparición. Pero sí me llevó muchas veces, cuando yo era chica, a Plaza de Mayo. Tendría ocho o nueve años. Íbamos los jueves a la marcha y los martes a la casa de las Madres. Ahí se reunían a almorzar, a trabajar en las consignas y a acompañarse.

Recuerdo el mural.

En la casa de las Madres había una pared llena de fotos de desaparecidos. La foto de Juan Carlos estaba ahí, pequeña. La misma foto que mi abuela llevaba ampliada, colgada del cuello, cuando marchaba en la Plaza. Mi abuela militó con las Madres de Plaza de Mayo durante años, en el grupo de Hebe de Bonafini, hasta que murió en 1998.

Lo que sabemos sobre Juan Carlos lo fuimos reconstruyendo mucho tiempo después. El 25 de octubre de 1976 tuvo una cita con un compañero al que le decían “el Pelado”. Eran las llamadas citas de control: encuentros breves para comprobar que seguían vivos. Muchos de sus compañeros ya estaban desapareciendo. Se iban a encontrar en un bar de Almagro. Había una tercera persona que debía asistir, pero esa persona ya había sido secuestrada y, bajo tortura, había dado datos de la cita. Cuando mi tío y su compañero llegaron al bar, los estaba esperando una patota de la policía de la provincia de Buenos Aires. Los secuestraron ahí mismo.

Durante años supimos muy poco más. Hasta que, en democracia, un sobreviviente de un centro clandestino declaró haberlos visto detenidos a fines de 1976 en el circuito represivo de la Brigada Güemes, Cuatrerismo y Puente 12, en la zona de Monte Grande, que dependía de la policía bonaerense. Dijo que estaban muy flacos. Muy golpeados. Después a él lo trasladaron y nunca volvió a verlos. El cuerpo de mi tío nunca apareció. Pero incluso muchos años después seguimos descubriendo cosas. Casi treinta años más tarde mi hermana Lucía participó en un proyecto de búsqueda de información sobre desaparecidos. En un blog publicó la foto de Juan Carlos junto con los datos de la denuncia que había hecho mi abuela en la CONADEP. Abajo decía: “Si tenés información sobre Juan Carlos Andreotti, comunicate con nosotros”.

A los pocos días escribió una persona. Decía que lo había conocido en la militancia.

Así fue como conocimos a Clara y Silvia Meschman. Y así pudimos confirmar quién era “el Pelado”: Miguel Jacobo Brzostowski, el compañero que desapareció con mi tío ese 25 de octubre. Ellas pudieron contarnos un poco más de esos años de militancia.

Es extraño cómo funciona la memoria en estos casos. La historia aparece en fragmentos. En datos mínimos.

En 2022 recibí una copia del legajo de Juan Carlos en la CONADEP. Me la entregaron en Santa Rosa. Cuando llegué a casa leí la denuncia que había hecho mi abuela en 1984, los hábeas corpus que presentó, las averiguaciones que hizo por todos lados. Y ahí encontré un detalle: quien llamó a mi abuela para avisarle que Juan Carlos había sido secuestrado fue Silvia Meschman, la compañera del “Pelado”. La llamó por teléfono apenas unas horas después.

A veces pienso que la desaparición también es eso: ir armando un rompecabezas con piezas muy pequeñas. Datos que parecen insignificantes, pero que para una familia lo son todo. Porque cuando alguien desaparece, casi nunca se sabe qué pasó.
Ni cuándo.
Ni dónde.
Ni cómo.

Entonces cada dato mínimo se vuelve un tesoro. Por eso también acepté que una obra de teatro sobre memoria se hiciera en mi casa. Se trata de Alina, expiación, un proyecto teatral itinerante producido en La Pampa, que se realiza en casas de personas cuyas familias fueron atravesadas por la dictadura: por desapariciones, exilios o detenciones. La obra forma parte de las actividades por los 50 años del golpe y propone algo muy particular: llevar el teatro al espacio íntimo, a las casas, a los lugares donde esas ausencias siguen estando. Es una obra que se mete en la conciencia de una mujer que carga con la historia de sus padres desaparecidos. Una mujer que reconstruye fragmentos de su pasado y se pregunta por la justicia, por la memoria, por la posibilidad —o no— de la venganza. La primera función fue en mi casa. Después de la obra me tocó a mí contar la historia de Juan Carlos.

Yo creo que hoy esos gestos —aunque sean pequeños— siguen siendo necesarios. Porque la memoria no es algo que ya está asegurado. La memoria hay que volver a decirla.

Una y otra vez.