Hamburguesas para pobres

por Isidro Balido

Un publicista. Una campaña nacional de 2001 para combatir la pobreza y el hambre. Un grupo de empresarios con una idea desopilante. Y más de veinte años después: un Foro en Bariloche que despierta viejos fantasmas.

* Esta nota se escribió en el marco del taller Crónica para principiantes, que ofrece YERTA, el espacio de capacitación permanente de la FPP.


Abril 2023

Faltaba poco para que se terminara el milenio. Estaba sentado en mi escritorio concentrado en alguna planilla de Excel y vestido de traje y corbata de seda como era de rigor en aquellos tiempos, cuando Ricardo, mi jefe, el director comercial de la empresa entró a mi oficina a despedirse:

-Cuelgo los guantes, bah la corbata. En realidad la voy a seguir usando, pero cambio de rubro.

Fue un baldazo de agua fría. Después del primer impacto nos quedamos charlando, me dijo que haría lo que siempre soñó: tratar de cambiar el mundo a través de la política. No me animé a contarle que yo soñaba con cantar: ¡basta para mí!, dejar la publicidad y el marketing de lado y mudarme a la Patagonia.

En octubre de 1999 La Alianza, una coalición formada por el FREPASO (Frente País Solidario) y la UCR (Unión Cívica Radical), concentraba las expectativas de casi la mitad del electorado que la percibía como la opción progresista y sensata frente al descalabro neoliberal de los años anteriores. Ganó las elecciones presidenciales con el 48% de los votos y más de 10 puntos de diferencia del segundo.

Apenas un año después, Carlos “Chacho” Alvarez, renunciaba a la vicepresidencia luego de descubrir que se distribuían coimas entre los senadores para lograr la aprobación de la ley de reforma laboral. La Alianza comenzaba a desgranarse.

A mediados de 2001 Juan Pablo Cafiero, al frente del ministerio de Desarrollo Social, era uno de los últimos bastiones del FREPASO dentro del gobierno. Los laberintos de la política habían llevado a Ricardo desde la secretaría administrativa del senado hasta allí, y me convocó para coordinar una campaña de comunicación.

Era la primera vez en mi vida que hacía algo para el Estado. Un Estado fundido, con índices de desocupación y pobreza alarmantes. Un Estado que no sabía cómo salir del “1 a 1”, el único empate en el cual perdíamos todos (casi todos, algunos ganan siempre). Un Estado gobernado por un presidente sin glamour que era caricaturizado, por cometer los imperdonables pecados de tropezar frente a las cámaras o confundir el nombre de la esposa del conductor más famoso del país. Un presidente que parecía estar en las antípodas de su predecesor, y que todavía contaba con el beneficio de la duda de si tanto palo por parte de los medios no era inmerecido. Tendríamos que esperar un par de meses para despejar esa incógnita.

Y por el estado del Estado en el ministerio sostenían que de esa se salía entre todos o no se salía.

El índice de indigencia era del 7% (el 27% de los hogares indigentes estaban encabezados por mujeres). El de pobreza era del 40%. No podíamos imaginar que aquellos números angustiantes treparían al 66% en cuestión de meses. El 41% de los pobres eran niños menores de 15 años que no llegaban a comer lo necesario para vivir, el 15% eran bebés. La síntesis era una triste coincidencia de las estadísticas, un juego de palabras: casi la mitad de los niños eran pobres, y casi la mitad de los pobres eran niños.

Pablo Vinocur, el sociólogo que estaba a cargo de Políticas Sociales y venía de trabajar para UNICEF y Naciones Unidas, armó un plan para que la población más pobre y vulnerable: los chicos, estuviesen sanos y en la escuela en lugar de trabajando y en la calle. Ese plan se llamó Seguro de Inclusión Infantil (SI): un subsidio para madres indigentes con hijos menores de 17 años. Un plan que iría mutando a través del tiempo, que se convertiría en el programa Jefas y Jefes de hogar desocupados hasta llegar a ser la Asignación Universal por Hijo. Pero eso aún nadie lo sabía porque estábamos en el año que dividiría la historia reciente en un antes y después del quilombo.

Y como no había un mango viejo Gomez, la propuesta fue convocar a un Pacto por la niñez por el cual el Estado más los empresarios más las organizaciones de la sociedad civil aunarían esfuerzos y recursos para poder llevar adelante el “SI”.

La campaña de comunicación venía lenta. Me sobraba algo de tiempo y tenía suficiente gimnasia en hacer presentaciones. Me puse a ayudar. El sociólogo escribía y yo transformaba textos en slides de powerpoint. A medida que avanzaba me iba sintiendo parte del proyecto, no aportaba en el contenido sólo en la forma. Todas las tardes, de regreso a casa, pasaba lo trabajado a la PC. Lo hacía en diskettes porque el pen drive todavía no se había inventado, o si existía aún no había llegado por estos pagos. Desde mi computadora haría luego las copias en CD que íbamos a distribuir en las distintas reuniones destinadas a persuadir a cada uno de los actores a sumarse al Pacto por la Niñez.

Arrancaríamos por el presidente. Trabajé hasta la madrugada anterior y casi sin dormir me fui en subte hasta plaza de Mayo y la crucé en diagonal en dirección a la casa de gobierno, llevando mi notebook y una pantalla. Cuando llegué al salón me sorprendió su calidez, los ventanales altos que daban a la plaza, la mesa larga de madera tan lustrada que parecía un espejo, las sillas prolijamente acomodadas, podía adivinar la calidad de la alfombra porque a cada paso mis zapatos se sumergían en un mar de lana mullida. Me pregunté si esa reunión de gabinete, a la que estaba a punto de asistir como si fuese lo más natural del mundo, se parecería en algo a las reuniones que hacíamos los viernes en la empresa con los gerentes de cada área. Después de armar la pantalla y conectar todo me puse a esperar mirando hacia la plaza a través de una de las ventanas.

El murmullo de los periodistas y los flashes me volvieron al presente y caí en la cuenta de que estaban entrando el presidente de la nación y sus ministros. Llegó el sociólogo, me pidió que saliera. Me llamaría cuando me necesitara. Mi tarea era dar en la tecla, algo tan simple y complejo a la vez.

Cuando me hicieron pasar nuevamente estaba el ministro haciendo la introducción, todos escuchaban atentos. Hablaba Vinocur y yo avanzaba y retrocedía pantallas según correspondiera, me conocía la presentación de cabo a rabo. Traté de unir cara con nombre de todos los que estaban reunidos, no lo logré, me quedé con la duda de quién era el ministro que se dormía. La única interrupción fue una observación de Patricia Bullrich, la ministra de trabajo que había bajado el sueldo a los jubilados y que más de una década después se convertiría en la ministra de seguridad que criminalizaría a los pueblos originarios, empoderaría a las fuerzas de seguridad, y se volvería abanderada del gatillo fácil:

- Pero con ese plan las mujeres no van a querer trabajar en blanco o van a seguir desocupadas para poder cobrar el subsidio.

Sin saberlo se estaba adelantando a su tiempo. Esgrimía un argumento que sería caballito de batalla de sus futuros seguidores.

Finalizada la exposición el presidente De La Rúa estaba exultante. Agradeció, felicitó y se dirigió al resto pidiendo que tomasen el ejemplo del ministro Cafiero y aprendieran. Hizo una breve pausa y continuó:

-...a hacer sus presentaciones en powerpoint.

Si se tratara de una película, durante la pausa de décimas de segundo la cámara hubiera hecho un paneo ralentizado por las caras ilusionadas del ministro y su equipo, luego la imagen volvería a su velocidad normal para que el presidente terminase su frase después de lo cual la mandíbula del ministro caería hasta el piso. Pero no era una película, se trataba de la vida real. Entonces el ministro preguntó qué opinaba del contenido, y el presidente, restándole importancia, respondió que eso lo verían en el transcurso de la semana.

De la reunión salimos con un sabor amargo y con la certeza de que cualquier caricatura se quedaba corta.

Mientras el primer mandatario se tomaba su tiempo para pensar llegó el turno de los empresarios, y fuimos a por ellos.

Barrio Parque, también llamado Palermo Chico, es uno de las zonas más exclusivas de la ciudad de Buenos Aires, calles curvas, diagonales, árboles añosos, casas señoriales de arquitectura imponente. Esas mansiones que pertenecieron a la aristocracia porteña son las preferidas por las embajadas, nuevos ricos, y lo más selecto de la farándula vernácula. Allí, en un petit hotel perteneciente a la fundación de una entidad bancaria, fue la cita. Al abrir la puerta me trasladé inmediatamente al pasado, o quizás confirmé que ciertas costumbres se mantienen inalterables a través del tiempo: mayordomos uniformados recibían los abrigos para colgarlos, mucamas con cofias y delantal servían la comida, mientras flamencos y otras aves exóticas se paseaban orondas alrededor de la fuente del jardín. Notebook en mano, debí esperar a que terminasen de almorzar. En la sala contigua estaba el sociólogo, el jefe de asesores del ministro y la crema del empresariado argentino. Había banqueros, funcionarios extranjeros de empresas estatales privatizadas, carniceros devenidos en supermercadistas, algún prócer de la industria láctea, y otros peces gordos de la industria nacional.

Antes de comenzar con la presentación se explicó que el objetivo era compartir el plan del ministerio y lograr el compromiso y aporte de los empresarios para llevarlo a cabo ya que ellos sabían de sobra que un país pobre no es un mercado atractivo para nadie.

Nuestros anfitriones no podían ocultar su malestar, se sentían destratados por la ausencia del ministro, y deberían contarle su excelente idea para combatir la pobreza a esos cuatro de copas que les había mandado. Interrumpieron en mitad de la exposición y tomó la palabra el lechero. Dijo que ellos se habían reunido muchas veces preocupados por la situación del país y que luego de darle vueltas al asunto, y sabiendo que todas sus empresas generaban una enorme cantidad de desperdicios habían decidido, en un esfuerzo mancomunado, juntar todos esos desechos para fabricar un alimento balanceado para pobres con forma de hamburguesa. Obviamente, en un gesto desinteresado, lo donarían.

Nos retiramos mintiendo que elevaríamos la propuesta y la analizaríamos junto al ministro.

Volvimos en silencio, en el auto oficial, el desánimo era tan grande que se podía tocar. Antes de bajarme, Ricardo, mi ex jefe, me dijo que de esa no salíamos más, que los políticos habían resultado unos inútiles pero los empresarios unos reverendos hijos de puta.

El ministro y todo su equipo renunciamos un par de semanas después. En los meses siguientes todo se iría derrumbando. Como una sucesión de fichas de dominó cayendo llegarían: el corralito, “que se vayan todos”, los cacerolazos, los saqueos, la represión en Plaza de Mayo, los muertos en todos el país, y De La Rúa dejando el gobierno en helicóptero.

La semana pasada, en el exclusivo hotel de Bariloche, se realizó el Foro Llao Llao que, desde el año 2012, nuclea a los dueños de las empresas más importantes del país. En esta edición, dado la proximidad de las elecciones presidenciales, se reunieron a puertas cerradas con algunos de los posibles candidatos de los partidos políticos más afines. Entre los invitados estuvieron Horacio Rodriguez Larreta, Patricia Bullrich y Javier Milei. Uno de los principales objetivos del foro fue escuchar las diferentes propuestas para resolver la crisis económica y el futuro desarrollo del país. Me inclino a pensar que probablemente alguno de estos hombres y mujeres de negocios también haya tenido alguna idea sin desperdicio para proponer, que podría ser, por ejemplo, crear la versión 2.0 de la hamburguesa para pobres.