Escribir al acecho
Adentrarse en el monte pampeano durante el tiempo de celo del ciervo colorado se vuelve una clase sobre la mirada y la espera.

En la pandemia tuve lo que se llama el blanco de escritor, escritora en este caso. No me había pasado antes, siempre creí que era una pose, un esnobismo. Cómo alguien que se dedica a la palabra no iba a tener nada para decir. Yo no escribo seguido, no tengo mucho método, pero siempre tuve algún proyecto en la gatera. Tengo excesiva actividad mental, salvo aquella vez en la que el lenguaje que siempre me pareció escaso para nombrar las revoluciones, las anécdotas, las ideas, los fracasos, los amores, y sobre todo las ausencias, de pronto era demasiado vasto, demasiado amplio, sobraban vocablos y significantes para las ganas que ya no tenía.
Avistar es un verbo transitivo: alcanzar con la vista algo que está lejos.
Descubrir, de pronto, eso que no estaba ahí o que no sabíamos ver.
Acechar es otra cosa. No es ver. Es esperar.
Si asecho, con s, tiendo una trampa.
Si acecho, con c, me quedo quieta el tiempo suficiente para.
No tengo tanta experiencia en ruta así que manejo despacio los treinta kilómetros desde el centro del pueblo de Toay hasta el Parque Luro, la reserva provincial pampeana ubicada a 35 kilómetros al sur de la ciudad de Santa Rosa.
A las 17.30 es la cita, pero la excursión para ver, para escuchar la brama de los ciervos empieza más tarde.
La temporada inicia a principios de marzo, fines de febrero y termina a principios de mayo. Es el período de celo y reproducción del ciervo colorado en La Pampa que se caracteriza por los combates y los intensos gritos roncos de los machos, mientras las hembras forman harenes.
Hace meses quise reservar una noche en el parque para vivir una experiencia inmersiva en esta época, pero ya en diciembre estaba todo agotado, es una gran atracción turística. Solo puedo hacer una visita guiada en grupo. Doy mi nombre en la entrada y la barrera se levanta. Avanzo a treinta que es la velocidad máxima permitida.
Apenas cruzo el ingreso una cierva parada en el centro de la calle ostenta, ingenua, su belleza. Me fulmina con ojos curiosos y después se mete en el bosque de caldén. Aminoro la marcha. Entre las ramas aparecen otras.
Se quedan quietas. Freno, intento acechar, pero cometo el error de bajar la ventanilla. Se dispersan corriendo con saltos cortos y las pierdo.
La belleza de las ciervas llega antes que las palabras. Que la imagen llegue antes que las palabras y que las palabras nunca las cubran por completo no es una cuestión de reacción mecánica a los estímulos. Nunca miramos sólo una cosa, dice John Berger, siempre miramos la relación entre la cosa y nosotros mismos. Inmediatamente me doy cuenta de que fui mirada por lo que había ido a ver. Ser vista por una cierva reina, un oxímoron en nuestro lenguaje arbitrario, el ojo del animal se combina con el mío para dar plena credibilidad al hecho de que formo parte de un mundo visible y me pone frente al abismo del imposible de contarlo con palabras. Pero esto no es bloqueo de escritor porque me asomo, lo bordeo, lo intento.
Las hembras no tienen cuernos. Lo sé antes de saberlo. Tal vez lo leí o es intuición. Después el guía lo confirmará: solo los machos tienen astas, y las cambian todos los años. Les crecen rápido, dos o tres centímetros por día. Primero son cartílago blando, después se endurecen. Un cuerno por cada año de edad. Sirven para pelear. Para prepararse para la lucha. Para defender el harén en el tiempo violento de aparearse.
Los guías dan una charla general sobre el Parque Luro. Después de la llamada Conquista del Desierto, Ataliva Roca recibió miles de hectáreas en la zona del caldenal pampeano. Parte de esas tierras fueron entregadas a su hija Arminda, quien junto a su esposo, Pedro Olegario Luro, fundó acá el establecimiento San Huberto. Nombraron estas tierras así en honor al santo patrono de los cazadores. A comienzos del siglo XX, este lugar se convirtió en el primer coto de caza del país: Luro importó ciervos colorados europeos, jabalíes y faisanes para poblar el monte pampeano y transformar este territorio en una reserva privada para las élites. Para facilitar el acceso y el transporte de suministros y trofeos de caza, hizo extender un ramal ferroviario que llegaba hasta las cercanías de la casa. Tenía una parada, Estación Luro, dentro de sus tierras para uso personal y de sus invitados que no solo servía para el transporte de personas, sino también para el traslado de los animales exóticos que introdujo. Aunque hoy el tren ya no llega al lugar, se conservan los vestigios de esa infraestructura.
Con los años, las guerras y las deudas la estancia se fue vaciando. Tras la muerte de Luro y el abandono progresivo del lugar, la propiedad pasó por distintas manos hasta ser adquirida por Antonio Maura y Gamazo, quien modificó la casona y explotó el bosque de caldén mientras criaba caballos de polo. Décadas después, el terreno comenzó a fragmentarse y parte de esas tierras fueron vendidas al Estado provincial y el imponente edificio de "El Castillo" sigue en pie como museo, declarado Monumento Histórico Nacional.
El Parque Luro es un territorio atravesado por capas de historia —la violencia de la conquista, la lógica aristocrática de la caza, la importación de especies europeas y la persistencia del monte pampeano— donde hoy la brama de los ciervos parece devolverle al paisaje una memoria más antigua que cualquier propiedad.
De los animales importados solo las especies grandes se adaptaron, pero las especies chicas como los faisanes no sobrevivieron. A los ciervos se los caza porque son exóticos. También porque durante la temporada de brama es fácil escucharlos. Durante los diez meses, que suelen ser solitarios y esquivos, se preparan para marzo y abril, cuando las hembras ovulan, los machos bajan desde la parte alta del pastizal y abandonan su comportamiento precavido lo que les permite a los cazadores localizarlos fácilmente. Los machos se agrupan con varias hembras y se mantienen fijos en ciertas zonas, facilitando el asecho del cazador. El resto del año machos y hembras lo pasan separados.
Los guías indican que es indispensable que sea una caminata silenciosa. Es importante para el avisaje. Hacen chistes: que las ciervas son las que mandan “como en casi todas las especies” porque son las que deciden cuándo, cómo y con quién, “un matriarcado” arriesga uno de ellos, pero una turista lo increpa, el hombre enseguida abandona esa línea y vuelve a hacer hincapié en la importancia del silencio. Nos separan en dos grupos y nos enseñan a usar binoculares. Me toca el guía más joven, el que hace dos años que trabaja en el parque.
Arrancamos la expedición. Al principio la gente conversa como si no supiera seguir instrucciones o no les importara el fracaso de lo que vinimos a hacer, es algo propio de la cultura argentina que me encanta y en momentos como estos me pone muy nerviosa. Me gustaría que el guía pusiera un poco de orden, que recuerde la importancia de no espantar a los ciervos, pero es demasiado joven o tal vez está cansado, durante marzo y abril hará visitas guiadas todos los días a las 5 de la mañana y por la tarde a las 17.30 tal vez esté harto.
Vamos a fracasar, pienso, como cada vez que me enfrento a un nuevo texto. Es imposible que logremos escuchar nada con el barullo que hacemos las personas, como si tuviéramos algo muy importante para decir. Primero sí, confío en que tengo algo para decir, pero después en marcha mientras pongo una palabra detrás de la otra descubro que ya está todo dicho. En un momento el guía se detiene, nos detenemos todos detrás de él. Se agacha. Nos agachamos. Agudiza la vista y aventura el gesto de hacer una visera con la mano para taparse el sol. Los demás lo imitamos o enfocamos con los largavistas. No hay nada. Se incorpora y seguimos camino con la sensación de haber sido embaucados.
Con la escritura pasa algo parecido, leemos a alguien que nos enciende una chispa y lo imitamos, pero lo que nos sale es una coreografía torpe con el objetivo de otro. Mientras camino con hastío pienso en Dorothy Parker: “odio escribir, pero amo haber escrito”.
Después de eso algo pasa. La ansiedad de competirle al sonido del monte con nuestros propios ruidos va cesando. Ya nadie conversa. Suenan pocas palabras aisladas que el canto de los loros, churrinches y teros se tragan. La tierra está removida, hay rastros de los ciervos por todas partes. Es el monte el campo de batalla donde se dirime quién se ganará el derecho a procrear.
Hay que acercarse en contra del viento. Para que el olor llegue a una, y no al revés. Primero escuchamos un bramido aislado. Nos preguntamos a nosotros mismos si de verdad eso que suena es lo que vinimos a buscar, pero no nos atrevemos a decirlo en voz alta. Tal vez estamos desilusionados. Llegamos a un mangrullo. Está atardeciendo.
Algunos los ven a lo lejos. Se cuentan en susurros unos a otros, allá, allá. Yo no veo nada. Enfoco con y sin largavistas. Las treinta personas se organizan tácitamente sobre una loma. El guía muestra cómo a lo lejos dos ciervos aspirantes a machos alfa con sus cornamentas poco ramificadas imitan los movimientos y sonidos de los adultos.
Aunque lo intento con muchísima voluntad, solo puedo ver a uno a través de la pantalla de un celular muy sofisticado que hace zoom. Es imposible hacerle justicia al momento con la imagen mediada o con la palabra, pero la imagen a diferencia de la palabra es una impresión de la verdad.
Mástil. Candil. Orqueta. Corona. Este es el momento del año en que los ciervos machos ostentan sus mejores astas, desarrolladas durante todo el año para la lucha y el cortejo. Es el objetivo principal de la caza deportiva y por eso especialmente durante esta época la policía realiza patrullajes. La caza está estrictamente prohibida dentro de la Reserva Natural Parque Luro en La Pampa, actualmente es un área protegida provincial donde no se permite la matanza de animales desde 1965.
Me alejo unos cuantos pasos, bajo de la loma y le saco una foto a todos esos desconocidos de espaldas, que ya no buscan al ciervo colorado, sino que lo esperan mientras miran hacia el horizonte, hacia el rojo fucsia que hiere el cielo amplísimo de La Pampa.
El sonido de las astas rompe al fin el silencio del monte y marca el inicio de un enfrentamiento, no los vemos, una imagen sonora libre de simbolismos. Están decididos a luchar por lo que quieren y no van a rendirse, no van a retroceder.
En plena brama, los ciervos colorados se disputan el dominio en un ritual clave de su ciclo reproductivo. Las hembras reconocen la idoneidad del macho, que casi no se alimenta durante estos meses, por el bramido, si ella no está convencida, el macho aunque triunfe no tiene posibilidad. Debe permanecer atento el tiempo suficiente, mantenerse vivo. La fuerza, como en la escritura, como en la vida, no es tan importante como la resistencia.