El paraíso se quemó de golpe
por Camila Vautier
El incendio que arrasó Epuyén a comienzos de este 2026 destruyó El Nagual, la chacra de los artistas y activistas ambientales Lucas Chiappe y Jillian Webb. Pero lo que el fuego -ni la desidia- puede quemar es el espíritu por seguir preservando la naturaleza, al calor de los otros.
Fotos: Rocío Chiappe, Pepe Mateos, Camita Vautier.

Es sábado 24 de enero, 11:30 de la mañana, día de minga, como se le llama a los encuentros de construcción comunitarias. Lucas Chiappe se curva sobre la montaña de escombros, mezcla de alambre, chapa y piedras, a la que el incendio redujo su casa. Los desenreda, como un arqueólogo en busca de rastros, de objetos materiales que recuerden que otro tiempo existió. Que hubo vida antes del fuego.
Dos semanas atrás, el incendio que había comenzado en Puerto Patriada arrasó la chacra El Nagual, en Epuyén, también conocida como “El Santuario”, hogar del activista ambiental Lucas Chiappe, su compañera Jillian Webb y su familia.
Para llegar hasta El Nagual, desde la Ruta 40 que une El Hoyo y Epuyén, hay que recorrer un camino de ripio sinuoso, un callejón angosto, y luego cruzar el río a través de una pasarela hecha de alambres y palos construida por Lucas en 1994. Antes de esta, hubo otras tres que se las llevó la crecida, fue necesario aprender sobre el comportamiento de las aguas, porque en invierno rebalsa, desborda; mientras que en el verano, baja.
Después de la pasarela, por la que Lucas y Jillian durante casi 50 años acarrearon las compras, los bebés que iban naciendo, los bebés que se volvieron hijos a los que había que llevar a la escuela, la hija que se volvió mamá y entonces también vinieron los nietos, allí, dentro del bosque, se asomaba la casa. Una casa de tres pisos hecha de piedra y madera que parecía salida de un cuento. A unos metros, una casita que construyeron para su primer nieto. Y hacia la derecha se bajaba a la huerta, dos invernaderos donde Jillian sembraba sus flores y verduras.
Desde la única casa que se salvó y se erige como un oasis verde entre el paisaje de árboles negros y tierra gris, Rocío Chiappe, hija de Lucas y Jillian, recibe a los voluntarios de Bariloche que llegan a colaborar. Les presenta el lugar, les cuenta qué hay que hacer. Manuel Murillo, uno de los voluntarios, corta los árboles quemados con la motosierra. Ahora, la tarea es limpiar. Bajar los árboles que así, calcinados en pie, son un peligro.
De la maraña de cosas quemadas, Lucas separa los pocos objetos que el fuego no destruyó y los acomoda uno al lado del otro, como si fueran piezas de museo: una lata con cubiertos, una pava tiznada, tres tazas de cerámica que aún conservan su color celeste, una lata para la yerba, una bandeja, un plato roto.
–Eso de ahí -dice Jilian y señala con el brazo- era mi casa.
Baja la mirada y vuelve a su tarea. No dice nada más.

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Lucas y Jillian llegaron a Epuyén en 1976, luego de un viaje que hicieron en la búsqueda hippie de encontrarse en el mundo. A principios de los 70’ partieron rumbo a Europa, Asia y América, donde conocieron musulmanes, hindúes y budistas y mantuvieron “encuentros míticos” con “personajes como el Dalai Lama del Tibet, fantásticos como las tribus nómadas de Afganistán o incansables como los peregrinos de la India y Nepal”, según relató Lucas Chiappe en su autobiografía publicada en el libro Andes Patagónicos: imágenes de un sueño.
Para 1976, algo interrumpió sus andanzas: conocieron Epuyén, un pueblito ubicado al noroeste de la provincia de Chubut que por ese entonces no alcanzaba los mil habitantes. “La magia de la Cordillera nos había atrapado entre sus redes de bosques y arroyos helados, introduciéndonos, casi sin quererlo, en un universo de piedras blancas, cóndores y cielos limpios”, escribió Chiappe.
Lucas viajó primero solo a explorar el lugar y por casualidad se encontró con un compañero de la escuela que le dijo: “tengo la chacra perfecta para vos”.
—Lo trajo y se enamoró, así, de una—, cuenta Rocío.
En esa época la Ruta 40 era aún de tierra, no había puente y el río se cruzaba a caballo. Cuando llegaron a la chacra había sólo un ranchito, sobre el cual construyeron la casa.

Fotos del libro de Lucas Chiappe.
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—Ahora, en C5N: el lugar de la tragedia. El lugar donde el fuego arrasó. Esto es sólo una demostración de lo que está pasando en Chubut desde el 5 de enero. Y esta imagen: casas destrozadas. Ver esto es ponerle nombre y apellido a la tragedia.
Es 12 de enero y la presentadora realiza el móvil en vivo desde la chacra de Lucas Chiappe, donde hace cuatro días pasó el fuego.
El incendio había comenzado del otro lado del cerro Pirque, en cercanías del balneario de Puerto Patriada, en la localidad de El Hoyo, pero avanzó rápidamente. El jueves 8, el fuego se mantuvo arriba del cerro durante todo el día. En El Nagual estaban preparados, esperándolo. Tenían tres líneas de precaución antes de las casas. Habían mojado el terreno con seis motobombas, mangueras e incluso volaron un dron para seguir el avance del fuego. De los tres hijos e hijas y seis nietos de Lucas, menos los más pequeños, todos estaban ahí, además de las brigadas de amigos y jóvenes voluntarios.
Hacía calor. No soplaba ni la más leve brisa. Se sentía la baja presión del ambiente. El incendio pareció quedar detenido, hasta que un viento del oeste lo empezó a reavivar y a la noche agarró la ladera con una fuerza descomunal.
“Estábamos en plena acción cuando miramos para el lado que nunca lo esperamos: la Garganta del Diablo. De ahí salió este dragón, esta bestia enfurecida que no nos dio más tiempo que para tirar la motobomba, tirar las mangas y salir corriendo por el mallín al río, cruzar, subirse a los vehículos y salir a través de dos murallas de fuego”, contó Lucas a C5N.
El viernes 9 a las 8:47 Jillian esperaba en una casa del otro lado del lago noticias de Lucas y las brigadas de vecinos acerca del estado de su casa. Algunas horas después supo que se había quemado todo. En total el fuego destruyó cuatro casas, dos galpones y el invernadero donde Jillian sembraba sus suculentas.
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A la chacra, ubicada a los pies del cerro Pirque y a orillas del río Epuyén, Jillian y Lucas le pusieron El Nagual. El nombre está inspirado en Las enseñanzas de Don Juan, un libro de Carlos Castaneda donde narra sus vivencias con un brujo indígena mexicano, quien le explica que, así como el Ying y el Yang, el mundo del Nagual representa el espíritu de lo mágico; mientras del otro lado, el mundo del Tonal, es en el que vivimos: la realidad del trabajo, del dinero y las obligaciones.

Lucas y Jillian, registro de Pepe Mateos. 2022.
En El Nagual, la chacra a los pies del Pirque donde crecían los coihues, cipreses, y más arriba, los ñirantales, Lucas y Jillian construyeron su Tonal, su hogar, su vida cotidiana.
“Una montaña sagrada y muy especial que logramos que se haga parque intangible, lo que hacía que nadie pudiese entrar y que la flora y la fauna tuviera como un santuario, una protección única en la zona”, describe Rocío Chiappe. Pero a los pies, advierte, sí hubo actividad humana: había una forestación de pinos de unos 40, 50 años, “porque Epuyén es un lugar que tiene actividad aserradera hace mucho tiempo, han pasado como tres generaciones de aserraderos arrasando con el bosque nativo para replantar con pino”, asegura Rocío. Ese fue uno de los pinares que ardió.
Cuenta que cuando Lucas llegó a la zona, fue a conocer a un paisano que construía tejuelas a mano para que le enseñara a hacerlas.
-Todo el techo era de tejuelitas, como de duende -recuerda Rocío.
Una “casita de duendes”, un “santuario”, una “casa museo”.
-Cada cosita tenía su historia. La ventana del comedor, por ejemplo, tenía marcos de cuadros. Estaba recubierta de piedras que Lucas fue trayendo una a una desde la montaña para aislarla del frío.
El espacio que más habitó en su infancia fue “la torre”, una torre hecha de madera que hacía de tercer piso de la casa, con un ventanal desde el que podía verse en diferentes ángulos el verde paisaje. Para Rocío fue como su laboratorio. Allí aprendió a observar, a sacar fotos y cultivar su amor por las artes visuales. Además de la influencia de su papá. “Hizo todo un registro fotográfico del pueblo, de nosotros, de nuestro crecimiento, de la comunidad”, cuenta su hija.
-Abajo estaba la oficina de mi viejo. Él se sentaba abajo a pensar, a escribir libros, a trabajar con las fotos.
Después llegó una tía y se fue armando una comunidad familiar, de grandes huertas y plantaciones de trigo. Lucas Chiappe fotografió escenas de aquel tiempo y las plasmó en el libro Andes Patagónicos: imágenes de un sueño. En el prólogo, el periodista Pipo Lernoud, amigo de Lucas (habían trabajado juntos en una agencia de noticias en la Buenos Aires de los 70’), escribió: “Las fotos de este libro muestran un lugar mágico. Y muestran también la vida de un grupo de jóvenes llegados de la ciudad para poblarlo, comprenderlo y defenderlo”.
En la casa, Lucas guardaba las diapositivas de esas fotos, por eso la llamaban “Casa Museo”. En reuniones o cenas con amigos solía proyectarlas, contando el lugar donde había sido tomada y la historia detrás de cada una.
-Estos jóvenes, que provenían de Buenos Aires, de una clase media, tuvieron que ponerse a hachar, manejar motosierras, construir casas, botes, manejar caballos, arados-, amplía, en conversación con EED, Pipo Lernoud-. Me impresiona que le digan santuario. Era una chacra, una casa viviente, una casa de gente común.

El Nahual en su esplendor
La escritora Claudia Aboaf es una de las personalidades de la cultura, el arte y las luchas ambientales que, a lo largo de estos 50 años, fue muchas veces a la casa de Lucas y Jillian. “En verano el plan era bajar al río, un remanso donde todos los amigos, hijos, parejas, niños nos bañábamos y debatíamos ideas y noticias. El pequeño balneario encajonado de Lucas y Jillian. El fuego bajó justamente por esa garganta”.
El reportero gráfico Pepe Mateos llegó a la casa 25 años atrás, haciendo una nota sobre la Comarca para el suplemento Viajes de Clarín. En esa oportunidad no lo encontró a Lucas Chiappe porque estaba en Chile fotografiando árboles, pero en 2025, sí.
-Era una casa llena de detalles, una casa de duendes. Había magia-, dice en diálogo con EED.
La casa de Lucas Chiappe fue, además, el lugar donde se gestaron históricas luchas ambientales, como por ejemplo cuando, a mediados de los ‘80, una empresa hidroeléctrica quiso construir un dique que inundaría el valle de Epuyén bajo 40 metros de agua, y gracias a la resistencia comunitaria lograron frenar el proyecto.
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-Todo lo que tenía de los trabajos de la ONG, el trabajo del Dique en oposición a la represa, el trabajo con los árboles, las fotos. Todo lo que había ahí era la condensación de una época. De una lucha, también. El incendio sintetiza una gran tragedia que no se inició ayer, viene de una mala conexión con la naturaleza y Lucas lo advirtió -dice Pepe Mateos.
-Lucas retrató el cuerpo y el alma del bosque. Hoy solo nos queda alguna piedra del santuario -añade Claudia Aboaf.
El fuego no terminó. Las montañas siguen prendidas. Con desolación, tristeza y cansancio en el cuerpo, Rocío Chiappe dice que ahora es momento de “empezar a remover escombros, de planificar dónde será la próxima casita”.
-El fuego quemó la casa más importante de Epuyén. Se quemó el paraíso de golpe. Se terminó lo que fue el centro neurálgico y social de ese paraíso -lamenta Pipo-. Pero aún queda el Nagual.