El monaguillo de Bariloche que fundó Montoneros
Hijo de una reconocida familia, dejó la ciudad para estudiar Ingeniería Química en Santa Fe, donde abrazó las ideas de los curas tercermundistas, lideró luchas estudiantiles y fue fundador y jefe de Montoneros. Lo ejecutó la dictadura cívico militar en 1977 durante un simulado intento de fuga. En Bariloche su historia fue silenciada y su tumba profanada.

El domingo 3 de junio de 2018 personal del cementerio municipal de Bariloche constató la profanación de un panteón. En el cementerio hay 11.600 fosas, 815 nichos y 155 zonas especiales con mausoleos y más de 26.900 cuerpos enterrados. Esa madrugada había sido destruido el panteón de la familia Pirles, donde estaban alojados los restos de Roberto Rufino Pirles Carlomé y sus padres.
Exactamente siete años más tarde, solo un par de visitantes recorre el cementerio y soporta el frío que cala y se siente más profundo entre cruces y tumbas. Los caminos internos están invadidos por el humo blanco que emana de pequeñas pilas de pinocha encendida por los cuidadores. Tras el ataque al panteón, los cuerpos de María Teresa y Ángel, los padres Roberto, fueron trasladados para su cremación al cementerio privado Valle del Descanso, por lo que en el mausoleo de la familia Pirles, detrás de una robusta puerta de chapa sin vidrios, sólo se encuentran los restos de él.
“¡Tito! vivirás siempre en nuestro corazón. Tus padres y hermano”, reza una antigua placa de bronce con letras sobre relieve y una fotografía circular en blanco y negro de Roberto, con saco y corbata, mirando a cámara, tez blanca, pelo corto, orejas amplias y cejas frondosas. Debajo, otra placa más moderna, de acero inoxidable, probablemente instalada en una visita que hicieron en 1992 a la ciudad, con la leyenda grabada “Papá! tus hijos te recuerdan con cariño. María Magdalena y Pablo Raúl”.
Ya no hay rastros de vandalismo en la estructura, prolijamente pintada y con dos rosales en el ingreso. Los empleados del lugar y de la funeraria no recuerdan inscripción o elemento que permita vincular el ataque a causa alguna. Los hechos delictivos dentro del lugar, además, son frecuentes. Sólo recuerdan que al cambiar el cuerpo de ataúd tenía camisa blanca, jeans y un inhalador para sus afecciones respiratorias en uno de sus bolsillos.
Es probable que los vándalos nunca sepan que rompieron la condición que los militares impusieron a su madre para dejar trasladar el cuerpo de Roberto a la ciudad que lo vio nacer: nunca abrir su cajón.

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En Bariloche Roberto fue “Tito”, aféresis de “Robertito”. Nació el 29 de octubre de 1944, un año después de la llegada de María Teresa y Ángel Pirles a la ciudad. La joven pareja recién casada venía del sur de Santa Fe y a fuerza de trabajo logró hacerse un lugar de prestigio en una comunidad naciente. Ambos fueron reconocidos en 2005 y 2004, respectivamente, como antiguos pobladores por el Concejo Municipal. Ella, por haber diseñado los vestidos de novia de tres generaciones de barilochenses, él por edificar una intachable trayectoria como constructor.
El matrimonio no tenía formación o participación política, sí una profunda fe católica practicante, que inculcó a sus hijos. María Teresa “era una mujer sencilla, inteligente, rigurosa en su trabajo tanto en su carácter de modista como ama de casa. Tímida, afectuosa, generosa y solidaria con los demás. De una religiosidad muy sencilla y personal. Mujer que tomaba decisiones lentas pero terminantes”. Así recuerda a su suegra Alicia Milia, viuda de Roberto.
A Ángel lo define con mayor distancia: “Le importaba ser el primero, el mejor, no presentar aristas por donde pudiera ser criticado en su trabajo. Era orgulloso y corto en la relación con las personas. Los adjetivos no abundaban en su vocabulario. Era esquemático. Tenía una inteligencia brillante con una capacidad natural para hacer negocios y concretarlos”.
Antes de morir, María Teresa repetía a su nieta Paula Pirles que su hijo Tito era un joven con una inteligencia excepcional, de corazón solidario. “Siempre lo mandaba con ropa nueva a todos lados, porque mi abuela era muy prolija y muy obsesiva. Y renegaba porque volvía sin la campera, sin el pullover, sin los zapatos, porque iba repartiendo por ahí todas sus cosas a quien lo necesitara”.
Orgullosa, le contaba que Roberto en el ámbito académico era tan inteligente que se aburría en el aula, por lo que la directora del colegio le daba clases particulares en la dirección. Paula cree recordar de ese relato que su tío terminó la escuela a los 15, en el Don Bosco, “así que se fue muy chiquito a estudiar a Santa Fe, donde fue medalla de oro por su promedio”. La documentación permite rectificar algunos datos y confirmar otros: terminó la primaria en la Escuela N°71 y cursó la secundaria en el Colegio Nacional, entre 1957 y 1961. Es decir, se graduó a los 17 años, con un promedio general de 9.34.
“Iba a misa diaria por la mañana en la Capilla Inmaculada, antes de ir al colegio. Era muy católico y tímido. Era imposible llevarlo a fiestas”, recuerda un compañero con el que Tito y otros dos estudiantes caminaban cada día el kilómetro y medio de calles de tierra que separaban sus casas del Colegio.
Compartían aula, pero no eran amigos. “Pirles era muy buen estudiante, muy trabajador, obediente, tal vez cerrado. No era muy amiguero, no jugaba al fútbol ni al básquet. Era, más bien, descoordinado y extremadamente tímido con las mujeres”, describe. Las notas de Roberto en Educación Física, sin embargo, siempre fueron excelentes. Y las actividades de montaña, como el esquí y el senderismo, los deportes que más disfrutaba. De hecho formó una gran amistad con Carlos Sonntag, refugiero del Cerro López, con quien aprendió a deslizarse sobre la nieve en esquíes de madera que subían al hombro.
En esas caminatas que los compañeros de colegio compartían, a veces discutían. Él -afirma- era un gran lector en la Biblioteca Sarmiento y defendía posturas “más de izquierda” y Tito era más conservador y religioso. “Era tímido pero mostraba altanería o intransigencia en la defensa de sus ideas”, afirma desde el viejo continente, ya jubilado. Si bien se hablaba poco de política en el Colegio, en ocasiones los debates se trasladaban a las clases que dictaba en ese establecimiento educativo un cura del pueblo y sacerdote de la parroquia que Roberto frecuentaba a diario, Calixto Schincariol, “donde sus posturas solían ser convalidadas”.
En una imagen en blanco y negro que una viuda conserva en una caja con recuerdos de su marido, se retrata a esa promoción 1961, formada afuera del Colegio Nacional, piso de tierra, delante de un ventanal con vidrios repartidos en una pared de machimbre. Son 34. Las mujeres con delantal blanco y los hombres de saco y corbata. Justo debajo de la profesora que posa de brazos cruzados y mirada recia, Pirles, delgado, de 1.73 metros, tez muy blanca, pelo castaño claro, ojos pardos y nariz importante, esboza una sonrisa que no deja en evidencia sus dientes superiores grandes y adelantados.

En esa misma aula estudiaba Ingo, el hijo alemán del jerarca nazi y criminal de guerra Erich Priebke, y una estudiante de familia polaca que nació en Edimburgo y que llegó a la Patagonia escapando de la guerra, de apellido Paliwoda.
Silencios propios de una ciudad que tiene esa mixtura en sus genes -y experiencia en ocultarla-, nadie quiere hablar de Tito. Incluso el compañero con el que caminaba cada mañana a clases se arrepintió de haber concedido la entrevista y pidió no ser mencionado: “Por favor, no use mi nombre para nada. Ya hablaremos sobre esto. No quiero participar de un artículo que haga apología a la lucha armada o reivindique a Montoneros”.
Crecieron en el mismo entorno, caminaron las mismas calles, compartieron docentes y tuvieron la posibilidad de estudiar carreras similares (ambos se recibieron de Ingenieros) en grandes centros urbanos. Incluso en 1974 se reencontraron en una calle cordobesa e intercambiaron sólo unas palabras. “Sabía que estaba en la guerrilla, imagino que influenciado por los curas tercermundistas, pero nunca me imaginé que pudiera ser uno de los jefes”.
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En Bariloche el silencio no siempre es calma. La visualización del secuestro de Juan Marcos Herman (estudiante de derecho, militante de la Juventud Universitaria Peronista) en el documental Juan, como si nada hubiera sucedido, estrenada en 1987 por el director Carlos Echeverría; la identificación del ex Centro Clandestino de Detención (CCD) "Escuela de Instrucción Andina" en 2014; el resarcimiento que se dispuso en 2017 a despedidos por motivos ideológicos (entre 1974 y 1983) y la detección de casos de barilochenses víctimas del terrorismo de Estado en otras ciudades, vinieron a refutar la teoría extendida de que durante la dictadura no se perturbó la tranquilidad de la aldea turística de montaña.
Algunos eran jóvenes estudiantes, un músico homosexual y, otros, representantes de trabajadores. Víctimas que contradicen el “algo habrán hecho” con el que distintos sectores intentan justificar un genocidio.
El perfil de Roberto Rufino Pirles Carlomé era totalmente distinto. Algo hizo. No sólo era guerrillero. Fue fundador y jefe de Montoneros. Como Ingeniero Químico sabía de explosivos y participó en distintos operativos. Optó por la lucha armada y conocía los riesgos, pero no cayó en combate. Llevaba casi 2 años preso y estaba a disposición del Poder Ejecutivo Nacional cuando lo acribillaron indefenso. Nunca hubo paridad de fuerzas ni poción mágica que las equipare, como el brebaje que otorgaba poderes sobrehumanos a Ásterix, Óbelix y la pequeña aldea gala para resistir la invasión del potente ejército romano.
Mientras vivieron, tanto en dictadura como en democracia, los padres de Roberto decidieron no hablar con periodistas, ni reivindicar su historia públicamente. Su hermano, Osvaldo, acompaña la decisión hasta la actualidad: “La verdad que para mí es un tema lamentable, pero olvidado y que no me sirve recordar. Gracias igual”, respondió al rechazar la entrevista.
La única referencia institucional a Roberto Rufino Pirles en Bariloche la realizó -al menos en tres oportunidades, según las actas del Concejo Municipal-, el edil Alfredo Martin (Frente Grande) entre 2013 y 2015. En la última, del 26 de marzo de 2015, se refirió también a la invisibilización de su historia: “Parece que hay un… alguien de Bariloche que no se lo reconoce y parece como que, no sé por qué razón, nadie sabe qué pasó con él, cuando es público. (...) La verdad que espero que de acá en más también se lo recuerde porque era un hijo de Bariloche, de una familia de Bariloche y merece incorporarse a la recordación de Rufino como un asesinado más por la dictadura y con una larga trayectoria, no sólo en la ciudad, sino en su militancia”.
Religioso, prodigio, idealista, padre, profesor, Ingeniero Químico, jefe revolucionario, peligroso convicto, fusilado, profanado, olvidado. Todo eso fue Roberto en sólo 32 años.
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Finalizado el secundario, su historia no dista, en principio, de la de miles de jóvenes del interior que deben migrar a los grandes centros universitarios, se alojan en pensiones y hacen lo imposible por librarse pronto de las obligaciones para regresar al pago. En su caso, acudió a la Facultad de Ingeniería Química de la Universidad Nacional del Litoral, en Santa Fe, donde comenzó a cursar en 1962.
Los locales lo nombraron “Palo”, apócope de “palometa”, por su parecido con el pez piraña que habita el Paraná y que suele ser noticia en verano cuando se registran ataques a bañistas. Pero la semejanza que le valió el apodo no residía en la agresividad, sino en el tamaño de su boca y dientes.
“Yo nunca le pude decir Palometa. No me gusta llamar a la gente por un apodo que hace referencia a una característica física”, afirma el “Turco” Elías Zacur, que llegó en la misma época a Santa Fe desde Villa Dolores y convivió con Roberto y con otros 20 jóvenes de distintas partes del país en la residencia universitaria conocida como “LT9” (porque había funcionado allí esa radio, la primera del interior del país), en calle Rivadavia 2849.
“Nos hicimos muy amigos. Nos dedicamos a estudiar y los fines de semana a conocer la ciudad. Nos íbamos a caminar. Y caminar con Roberto era una cosa muy difícil porque tenía un tranco muy largo y una velocidad impresionante. Alguna vez alquilamos un bote y cruzamos la laguna”.
En dos oportunidades Palo lo invitó a pasar las vacaciones a Bariloche, pero la falta de dinero se lo impidió. “Él extrañaba muy mucho andar en el hielo, en la montaña. Extrañaba muchísimo”. De hecho, antes de sumarse a la militancia estudiantil, rendía todas las materias en el primer llamado para regresar en tren dos veces al año a su ciudad.
El Turco Elías Zacur recuerda que ni bien llegó Roberto a Santa Fe empezó a sufrir alergias “de nariz y de la otra que le causaban los mosquitos. Cualquier picadura que tenía, ya le causaba una infección. Sufría muchísimo, pero no se quejaba y andaba con un pañuelo en la mano todo el día”. Con el tiempo, su cuadro respiratorio se agravaría en prisión.
Sonríe al recordar que en la pensión Palo era objeto de bromas porque había llegado a la ciudad con un bandoneón, pero “se ve que recién había empezado, porque lo único que sabía tocar era Barrilito de cerveza, una y otra vez”. Alicia Milia, con quien comenzó una relación pocos años después, nunca vio ese instrumento ni lo oyó tocar jamás, por lo que tal vez esa polka fue finalmente su única melodía.
La exigencia académica era rigurosa y para el Turco Elías Zacur representó “un frentazo”. “No sé cómo no volví a mi pueblo, porque realmente tuve que poner el culo en la silla para ponerme al día y fue mucho trabajo”, dice. Roberto, en cambio “tenía distinguido y sobresaliente permanente en todas las materias. Era un tipo con una mentalidad superior. Es imposible decir la inteligencia que tenía Roberto. ¿Alguien ya te comentó que fue medalla de oro de la Facultad de Química?”. Luego relata momentos en los que los docentes trataban a Pirles como a un par o cómo resolvía los temarios a libro cerrado. “Era brillante”, dice.
En la Facultad de Química de la Universidad Nacional del Litoral no hay registros de la medalla de oro que mencionaron tanto familiares como compañeros de estudios de Roberto, pero confirmaron su excelencia académica: aprobó las 27 materias, 1 curso de inglés y prácticas en una fábrica y “la mayoría de las materias tienen como calificación sobresaliente o distinguido”, certificaron.
Durante los primeros años de la carrera, Pirles se abocó casi exclusivamente a la Química. Con Elías Zacur jamás habló de política, ni fue a fiestas o generaron vínculos con mujeres. Nunca faltaban a la misa de cada domingo. “Vinimos a estudiar”, sintetiza el Turco, aunque en 1964 tuvo que interrumpir su carrera para hacer el Servicio Militar Obligatorio. “Ahí le perdí un poco el rastro, porque cuando volví ya se había mudado”.
Al poco tiempo el barilochense comenzó su militancia en el Ateneo Universitario. “Me impresionaba que todos los que estaban metidos ahí, eran los de las mejores notas”, menciona Elías, que en los años siguientes se sumó a la Juventud Universitaria Peronista y estuvo a punto de ingresar a Montoneros. “Estuve muy cerquita, y si se quiere, siguiendo un poco las instrucciones de la Iglesia, porque incluso teníamos reuniones con algunos curas de los rebeldes. Uno nunca se imaginó que íbamos a llegar a una situación así. La muerte de Roberto me hizo pelota, ¿viste? Porque habíamos tenido muy mucha relación”.
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La fe católica fue el atrio de su militancia. De niño y adolescente “Tito” concurría a misa diaria en la Inmaculada Concepción, la primera capilla de Bariloche, construida en 1907 y reconstruida en 2016 después de un incendio. Los registros eclesiásticos que se salvaron del fuego son testigos de sus sacramentos: la constancia de bautismo del 25 de marzo de 1945 tiene a los costados anotaciones a mano con diferentes caligrafías y tintas: “Confirmado el 16 de abril de 1955”, “contrajo matrimonio con María Alicia Milia en la Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús en Santa Fe el 12-XII-69” y “+ falleció: 6-I-1977”.
Alicia Milia, viuda de Roberto, siente que la fe también fue el sostén en prisión: “Roberto traía una formación católica que luego se manifestó en los encuentros de los cristianos para el Tercer Mundo, y su forma de concebir su religiosidad se fue transformando. Creo que su fe y convicciones fueron las razones más importantes que lo mantuvieron en su cautiverio hasta el último momento”.
Antes de emigrar a Santa Fe, en sus últimos dos años de secundario Tito compartió con el mismo párroco que oficiaba las misas, las clases que el cura dictaba en el Colegio Nacional. Calixto Schincariol, sacerdote italiano, se había hecho cargo de la Inmaculada en enero de 1960. Tenía 57 años. El salesiano utilizaba a la única radio de la zona para transmitir su mensaje en el programa “Charlas por un mundo mejor” que emitía por las tardes de LU8.
El teólogo, poco antes de llegar a la región, fue autor de al menos tres reconocidos libros para difundir la doctrina social de la iglesia en los colegios del país: “El Magisterio de la Iglesia y la Escuela Argentina” (1943), “Restauración Cristiana” (1949) y “Humanismo Cristiano” (1958). Todos de la Editorial Apis, de Rosario. Difícil pensar que sus clases en Bariloche no hayan incluído conceptos allí plasmados.
En el primero afirma que el justicialismo “como doctrina social y programa de vida, fue enunciado e impuesto enérgicamente por Jesucristo”, siendo “obligatorio y necesario para cuantos quieran salvarse y, de manera especial, para los católicos”. En “Restauración Cristiana”, entre las “soluciones a la cuestión social”, Schincariol se refiere a una sabia legislación obrera que “en la Argentina la llaman justicialista”: el Estado como promotor del bien común, que alienta el consumo interno, nacionaliza “ciertas industrias”, entiende la justicia social como principio distributivo, habla de contratos colectivos de trabajo, sindicalización, participación del obrero en las ganancias y el capital de la empresa, reconoce el derecho a huelga y a una remuneración justa.
El texto para instrucción en colegios, que fue escrito casi dos décadas antes del surgimiento del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo en Argentina, reclama una ley que promueva la función social de la propiedad: “Debe quitar a quien tiene demasiado para dar a quien nada posee”, pero aclara que la Iglesia “nunca incitó una revolución armada, ni la insinuó”. Incluso incentiva a una “resistencia pasiva” ante las injusticias de algún tirano.
¿Qué hizo Calixto cuando las circunstancias de la historia lo pusieron como protagonista ante el intento de asesinato del ex presidente Frondizi? Se presentó en el Escuadrón y amenazó con tomar las armas. Así lo reflejó la revista nacional “Primera Plana” del 16 de abril de 1963, en el artículo titulado “Bariloche: Durante 48 horas la vida de Frondizi estuvo en peligro”.
La crónica detalla el operativo en el que una facción colorada del Ejército intentó atentar contra la vida del expresidente Arturo Frondizi, que estaba detenido en la ciudad patagónica tras su derrocamiento. “El presbítero Calixto Schincariol realizó gestiones entonces para evitar un atentado en el Hotel Tunquelén: visitó el cuartel y obtuvo la seguridad, de parte del Mayor Morgan, de que se garantizaría la seguridad personal de Frondizi. El padre Calixto en determinado momento de la discusión con los insurrectos amenazó con ´arremangarse la sotana y tomar una PAM´” (pistola ametralladora).
Según las actas de los salesianos, el 24 de junio de 1966, sólo cuatro días antes del golpe liderado por el General Juan Carlos Onganía contra el gobierno de Arturo Illia, Calixto fue trasladado de Bariloche a Trelew y murió en un accidente de tránsito en Comodoro Rivadavia, durante la Semana Santa de 1970: salió despedido de una camioneta del Ejército que lo trasladaba desde el campamento El Trébol, según detalla un documento de la Inspectoría San Francisco Javier. Fue el 24 de marzo.
Tito, a quien ofició misas y dictó clases pocos años antes, sólo interrumpió su presencia en la iglesia cuando debió pasar a la clandestinidad o mientras estuvo recluido en prisión. Su formación cristiana fue la puerta de entrada a una militancia que se radicalizó poco después. “Lo que me contaba la abuela es que empezó con Montoneros en la iglesia santafesina, mientras iba a la universidad. Creo que sus primeros contactos fueron con sacerdotes del movimiento”, explica su sobrina Paula.
El historiador Lucas Lanusse desarrolla extensamente ese vínculo en el libro “Montoneros. El Mito de los 12 fundadores” (2005) y concluye que “casi todos los jóvenes que durante 1970 confluyeron en la organización Montoneros, provenían del campo reformador de la Iglesia Católica. Fue en el contexto del Concilio Vaticano II y en los años inmediatamente posteriores que desarrollaron su primera militancia, al principio sólo social y religiosa. De la mano de numerosos curas, iniciarían en aquellos años un recorrido de consecuencias impredecibles”.
Los humos de inciensos de la Inmaculada y de las bombas de la lucha armada comienzan a mezclarse en una espesura que clarifica.
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Partidos políticos prohibidos, sindicatos y universidades intervenidas, censura y represión a la protesta social. El contexto, durante la dictadura de Onganía, era explosivo. También la mezcla de nitrato de amonio y tolueno con ácido nítrico y ácido sulfúrico. Y Palo los sabía combinar.
“Ambos veníamos con nuestro bagaje cristianófilo y el mismo rollo del compromiso, del servicio a los pobres y necesitados, y demás yerbas por el estilo (...). En ese ambiente forjamos nuestra amistad con el Palo. Al calor de luchas estudiantiles, preparando materias juntos, en remadas a las islas cercanas a Alto Verde en pesadas canoas alquiladas a isleños y en las mateadas e interminables discusiones nocturnas”, relata Roberto Pozzo, otro compañero de estudio de Roberto, en el libro Del Otro Lado de la Mirilla, publicado en 2003 por ex presos políticos de la cárcel de Coronda, Santa Fe. “Para mí, era casi un hermano”, dice.
Habían compartido militancia estudiantil en el Ateneo, que “fue virando hacia posiciones cada vez más progresistas”, radicalizándose a partir del golpe de 1966 al verse cerrados los caminos democráticos para lograr “un cambio social hacia una sociedad más justa, con la cual soñábamos”. Leían revistas como Crisis o Cristianismo y Revolución, al filósofo francés Emmanuel Mounier, Karl Marx, Perón, Evita, John William Cooke, Mao Tse-Tung y al jesuita Teilhard de Chardin, en épocas de Camilo Torres (sacerdote y guerrillero colombiano), curas tercermundistas, Tupamaros y la guerra de Vietnam.
El legajo de Pirles en la Facultad de Ingeniería Química refleja cómo el joven estudioso comenzó a convertirse en ese contexto en un referente de la lucha estudiantil. Su excelencia académica le había abierto las puertas de la docencia dentro de misma facultad antes de culminar su carrera, comenzando en 1965 como auxiliar de docencia o investigación en Química. Pero el 27 de marzo de 1967 a través de la Resolución 336 limitaron su designación como docente “por participar sistemáticamente en actos de indisciplina como ser asambleas no autorizadas, interrupción de clases, presión moral contra quien cumple sus tareas”.
Su cesantía y la de otro docente dio origen a una reivindicación estudiantil que logró su reincorporación y la de todos los “suspendidos, declarados cesantes y/o sancionados por causas políticas, gremiales y conexas”. Así pudo continuar con su carrera docente, sumando clases en las materias Química Analítica Instrumental y Termodinámica.
Lejos de limitar su militancia, Palo se consolidó como referente de el Ateneo -que vivió esa radicalización encabezada por el Colegio Mayor que dirigía el cura Ernesto Leyendeker- siendo uno de los estudiantes de Química que lideraba el espacio, según el historiador Lucas Lanusse. También profundizó su acercamiento al peronismo. De hecho, su primera detención ocurrió el 17 de octubre de 1968, mientras participaba de una marcha por el día de la lealtad, con el partido proscripto y las manifestaciones prohibidas.
Esa identificación de los jóvenes católicos con el peronismo para el historiador Samuel Amaral -en el prólogo del libro de Lannuse- se debió a que las víctimas de la desigualdad por quienes había que luchar eran los pobres y que “estos, en la Argentina, eran peronistas”.
Los dedos en V que los pacifistas del norte levantaban contra la guerra de Vietnam, por estos lares empezó a ser un llamado a la acción para lograr el fin del exilio de Perón. Roberto lo oyó.
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Fue muy poco el tiempo que Roberto pudo compartir con sus hijos. La clandestinidad, las mudanzas, la cárcel y, finalmente, la muerte, truncaron una familia creada al calor de las ideas de revolución.
Alicia Milia conoció a Roberto militando en el Ateneo. Ella, una joven santafesina estudiante del Profesorado Básico, hija del reconocido médico pediatra Federico Milia, que vivía en un moderno edificio céntrico recientemente inaugurado, se puso en pareja con el muchacho tímido del sur, al que también menciona como “el Palo”. Para entonces, el barilochense ya era un convincente orador en las asambleas estudiantiles.
Al inicio Alicia Milia responde más como testigo o espectadora que como lo que realmente es: parte indisoluble de una misma y trágica historia. “A Roberto lo detienen”, “lo liberó Cámpora en el ‘73”, “tuvo que pasar a la clandestinidad y fue enviado a aportar en la reestructuración de Córdoba después de La Calera”. Y así. Cada una de esas expresiones merecía un nosotros inclusivo que comienza a aparecer con repreguntas.
Lo describe como un hombre de pensamientos claros, profundos y de decisiones firmes, con capacidad de mando y de improvisación, creativo y muy sereno, que siempre transmitía sensación de seguridad. “Sencillo y de trato agradable, aunque cuando debía mandar, imponía”. Asegura que era “habilísimo con las manos” y que “fuese a donde fuese se montaba un taller y siempre tenía una bolsa pequeña con las herramientas más elementales y necesarias”.
Se casaron en Santa Fe en diciembre de 1969 y tuvieron dos hijos. María Magdalena nació en diciembre de 1970, dos meses después de que Roberto pasara a la clandestinidad, y Pablo Raúl en diciembre de 1973. Los primeros meses de ese segundo embarazo, el matrimonio estuvo detenido en la cárcel de Encausados de Córdoba luego de “una operación rastrillo” en la que la Policía Federal allanó su casa del Barrio Marqués de Sobremonte. Durante esos meses de prisión la niña quedó a cargo de sus abuelos maternos.
“Era un padre que le encantaba ver cómo iban creciendo sus hijos. Se sentaba y miraba a los chicos y no se cansaba de contemplarlos y jugar con ellos. Con sus hijos siempre fue muy cariñoso y los observaba y se divertía mucho descubriendo los avances que cada uno iba haciendo. Con la que tuvo mayor relación fue con Magdalena quien lo acompañaba siempre que era posible. Pablo tenía 14 meses cuando lo tomaron preso en Tucumán y Magdalena solo 3 años y dos meses. Es muy poco el tiempo compartido por esta familia entre sus cuatro integrantes. A partir del asesinato del Palo esta familia sólo estuvo compuesta por tres personas”.
Existen cartas escritas por Roberto desde la cárcel y otras que se cruzaban entre consuegros. También fotografías de su infancia en Bariloche y otros documentos que aparecieron al desocupar la casa en la que vivieron sus padres y que tendrían un valor inconmensurable para este artículo, pero tan duros y personales que la propia Alicia desconocía su existencia. La caja aguarda en la Patagonia por si en algún momento María Magdalena y Pablo, que viven en Europa, quieren recuperarla.
Alicia Milia, en cambio, comparte lo poco que tiene. Una foto de 1972, en un espacio verde de Córdoba, en la que Roberto parece acompañar los ¿primeros? pasos de su pequeña hija, que camina delante tomándolo de la mano. Ella de camisa, medias y zapatillas blancas, con cabello rubio y enrulado que no deja ver su rostro, mira hacia donde avanza. Él, también de camisa blanca con puños remangados hasta los codos, pantalón beige y zapatos marrones, observa atento a María Magdalena.
Las otras dos fotos son en Bariloche. La primera, de junio de 1973, pocos días después del decreto presidencial por el cual Héctor Cámpora liberó a los presos políticos, Pirles y Milia incluídos. La imagen retrata a Alicia y María Magdalena de pie sobre la nieve y a Palo con esquíes, ambos bastones clavados, campera roja y gorro de lana blanco, en el Cerro Catedral. De fondo, las montañas nevadas y a lo lejos, el lago Nahuel Huapi. “Decía que le gustaba mirar a lo lejos; que desde lo alto se ve el conjunto, se comprende mejor a dónde queremos llegar y cómo hay que reordenar las fuerzas para intentarlo”, relata Alicia, recordando que en ese viaje Roberto ya discutía muy seriamente con su padre de política con posiciones enfrentadas.
En la siguiente fotografía ya aparecen los cuatro integrantes de la familia sentados en el vano de una ventana de la casa de la familia Pirles, en calle Salta. Alicia, que sostiene a un Pablo bebé, mira encandilada la cámara. El resto tiene una fiesta propia que ignora el lente: Magdalena, sobre las piernas del padre, juega divertida con su hermano, ante la mirada de Roberto que los observa y esboza una sonrisa. La foto es de julio de 1974. Ya vivían en Tucumán, donde se mudaron por orden de la organización, en una vivienda alquilada por otras personas para no figurar.

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En Montoneros, Roberto fue Anselmo. Por qué eligió ese nombre de guerra que significa “el protegido de los dioses”, es una incógnita. Aunque sus compañeros de armas y hasta la documentación de inteligencia del Estado se refiere a él como “Palometa”.
Para 1969, al trabajo territorial en barrios populares y los vínculos sindicales con la CGT, el Ateneo sumó un aparato clandestino para la lucha armada que realizaba entrenamiento en campamentos, fabricación de explosivos y operativos para aprovisionarse de armas. El grupo también tendió vínculos con las Fuerzas Armadas Peronistas y con militantes de la Universidad Católica, dando origen al Grupo Santa Fe de Montoneros.
“Entre los montoneros de mayor jerarquía se encontraban: en Buenos Aires, Carlos Capuano Martínez, Mario Firmenich y Carlos Hobert; en Córdoba, Alejandro Yofre y Alberto Molinas; en Santa Fe, Roberto Rufino Pirles y Raúl Clemente Yager; en Tucumán Susana Lesgart; y en Salta Roberto Cirilo Perdía”, identifica Lanusse.
A comienzos de 1970 el Grupo Santa Fe realizó el copamiento del pueblo Progreso, ubicado a unos 70 km al norte de la capital santafesina (tomaron la telefónica, asaltaron el destacamento policial y una sucursal del Banco de esa provincia). También concretó el robo de 20 toneladas de explosivos que se dirigían en camión desde Rafaela (Santa Fe) a la obra de la represa de El Chocón, en Neuquén, el 22 de mayo, una semana antes de que el grupo Buenos Aires secuestre al general Pedro Eugenio Aramburu.
El 1 de junio del ‘70, día en que fue ejecutado el dictador, Roberto rindió y aprobó su última materia para recibirse de Ingeniero Químico. Justo un mes más tarde, el Grupo Córdoba realizó el mítico copamiento de la localidad de La Calera, que terminó con la detención de guerrilleros y la identificación de gran parte de la organización en más de doscientos allanamientos, por lo que muchos debieron pasar a la clandestinidad y reubicarse en otras provincias. “Palo participó de la evacuación de los compañeros de Córdoba”, dice Alicia Milia.
En Santa Fe debían esconderlos y gestionar documentación, dinero y vehículos para que se dispersen. Para lograrlo, el último día de julio asaltaron el Hospital Italiano. “Varios de los autores fueron detenidos y se logró secuestrar todo el dinero robado, armas y material de propaganda castrista”, publicó el diario El Litoral el sábado 1 de agosto, definiendo el operativo como un “espectacular atraco que tuvo ribetes cinematográficos”.
En la sala de espera, cuatro supuestos pacientes se apoderaron del dinero con el que se iban a abonar los sueldos del personal, pero en la huída, relata el periódico, olvidaron una cédula de identidad, por lo que la policía acudió a la dirección señalada de inmediato. Además de afiches del Che Guevara (uno con dedicatoria de puño y letra que facilitó el nombre de uno de los involucrados) y de Brigitte Bardot, encontraron a tres de los autores del robo escondidos en el cielorraso.
En las horas posteriores también caería detenido el referente del Ateneo, el Ingeniero Químico Mario Ernst, que era Jefe de Trabajos Prácticos de la cátedra Termodinámica en la Facultad, tarea en la que -según el expediente laboral- fue reemplazado por Roberto Pirles “hasta tanto se resuelva la situación del titular”.
Esa documentación refleja también que desde el 17 de noviembre del ´70 Palo hizo abandono de sus tareas y que la Policía de Santa Fe presentó un informe a la casa de estudios donde menciona su participación en un hecho delictivo. Fue identificado con su vehículo particular cuando estaba sustrayendo patentes para operativos y se enfrentó a los uniformados. Es la constancia de su pase a la clandestinidad.
La apertura de Alicia Milia para hablar del contexto nacional e internacional de la militancia estudiantil de fines de los ‘60, de la personalidad y características de Roberto y de aspectos familiares se reduce cuando se indaga sobre la lucha armada y la participación en operativos de Montoneros. Evade. “Su formación militar fue dentro del país”, “no participó del copamiento de La Calera”, “no participó del copamiento de San Jerónimo”, “participó de numerosos operativos de diversos tipos”. Cuando se le requieren mayores precisiones, es tajante: “No te voy a contestar a esa pregunta. Me gusta que haya cosas que no se sepan. Hay que conservar algunos misterios”.
Sólo concede información, con reparos, cuando la documentación u otras fuentes ya la confirman: “El hecho de las patentes existió y fue la razón de su pase a la clandestinidad. Creo que hubo un pequeño enfrentamiento pero nadie salió herido. De todo lo que diga e informe la Policía no tengo idea y a veces tengo mis dudas”.
Sobre el rol que en algunas publicaciones se le asigna a los Ingenieros Químicos de Santa Fe en la fabricación de las bombas utilizadas por Montoneros, deja la puerta abierta: “No sé si realmente estaba a cargo de la fabricación de armas, pero sí es cierto que por su propia formación sabía de explosivos y de nuevas formas de reemplazar los clásicos a los cuales no se tenía fácil acceso. Tenía conocimientos de mecánica no solo teóricos sino prácticos”.
¿Puede Alicia desconocer si Roberto fabricaba las bombas? La "compartimentación" de la organización (crear grupos cerrados y aislados entre sí para reducir el riesgo de revelar información durante la tortura) parece un argumento débil cuando además de compañeros de Montoneros son esposos, convivientes, padres. “Estamos hablando o escribiendo desde hoy pero de tiempos bastante lejanos y donde los códigos no eran los mismos y a veces, hasta las palabras tenían otro sentido”, tamiza.
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Además de robar y desviar para la lucha armada las 20 toneladas de amonita que debían explotar rocas en El Chocón, había que ocultar la carga de las autoridades, que rastrillaban la zona desde el robo. Eran 602 cajas de madera de sauce de 0,45 cm de largo y de ancho por 0,20 cm de alto, según el Diario Crónica del 26 de mayo de 1970. Y se escondieron por nueve meses en una casa quinta a 20 kilómetros de Santa Fe, perteneciente a la familia de Dora Riestra.
Desde hace décadas Dora vive en Bariloche. Con casi 80 años, el 24 de marzo de 2025 fue homenajeada por la intendencia de la ciudad por su trabajo en la defensa de los derechos humanos. Es Profesora en Letras, Doctora en Ciencias de la Educación, investigadora, docente secundaria, universitaria, miembro activo de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) y titular de la Cátedra libre Ferdinand de Saussure en la Universidad Nacional de Río Negro.
A fines de los 60 era una de las dos jefas del Movimiento de Estudiantes de la Universidad Católica de Santa Fe, presidía el centro de estudiantes de Letras, era miembro de Cristianos para el Tercer Mundo y compartió militancia con Milia y con Pirles. “Yo no sabía que (Roberto) era de Bariloche. Nos veíamos en las asambleas. Él sí era un militante”.
Tanto Dora como Alicia Milia eran locales en Santa Fe. “Nosotras éramos las chicas del centro. Hay una diferencia muy fuerte. Estábamos en el Club del Orden. Clase social, no hay vuelta que darnos... Algunos compañeros nuestros venían de ese sector, no nos vamos a engañar que éramos pobres. Pero sí nos integramos con la gente de los barrios, y, por ejemplo, mi compadre, que era ciruja, tenía crédito en la mejor mueblería de Santa Fe, porque mi mamá le salía de garantía”.
Con Alicia habían sido amigas durante la adolescencia. “Íbamos a colegios distintos, pero éramos un grupo social que se encontraba en las fiestas. Y después, bueno, nos veíamos en la calle en las marchas”. Tras el golpe del ‘66, también se cruzaban en actos relámpagos: manifestaciones breves, en sitios diversos pero en simultáneo y sorpresivos. “Alguien tiraba una molotov, nos juntábamos, gritábamos y nos separábamos. Entonces, llegaba la cana y ya no nos podían agarrar”.
Afirma que su militancia originalmente no comenzó por convicciones políticas. “Empecé por el cristianismo. Mirá cómo estaba la política junto con la religión. Por el cristianismo. Eso creo que es importante, porque, si no, parece todo lineal. Y no es lineal, hay contradicciones. Yo veo eso y lo siento. Era como un fanatismo religioso que, en la medida en que entra toda la parte de la doctrina social de la iglesia, se les hace un despelote a los curas, a la iglesia, al poder del Vaticano, porque aparecen los curas tercermundistas”.
El vínculo con Alicia se interrumpió a finales de 1970, cuando el matrimonio pasó a la clandestinidad. “Ya no me vi más con ella, hasta hace poco tiempo. Nunca supe a dónde fueron”. La compartimentación de la organización, explica.
El devenir de Dora en Montoneros le deparó cárcel. “Fuimos los primeros que caímos ahí”. El diario El Litoral el 18 de febrero de 1971 publicó: “En dos procedimientos, secuestran veinte mil kilogramos de explosivos. Se trata de la carga robada hace un tiempo cuando era llevada hacia El Chocón. Hay varias personas detenidas y se estaría en presencia de una importante organización extremista”.
Cayó Dora junto a toda su familia. Incluso los padres, que desconocían la presencia de la amonita en su propiedad, pagaron con cinco meses de prisión. Dora fue trasladada al penal de Rawson, donde permaneció presa hasta el 19 de febrero de 1972. Luego quedó a disposición del Poder Ejecutivo Nacional y emigró primero a Perú y luego a Cuba, regresando al país en 1973. Decidió no reintegrarse a la organización sino a la columna Sabino Navarro, primera gran escisión de Montoneros. Entre otras diferencias, entendían que la cúpula privilegiaba acciones armadas espectaculares descuidando la militancia en el territorio. “No creíamos que fuera momento para la lucha armada durante el gobierno peronista”, dice.
Medio siglo después, lamenta los resultados de la contraofensiva montonera que inició en 1979 y que implicó el regreso de militantes exiliados para combatir a una dictadura que ya mostraba signos de debilidad. “Todos los compañeros que volvieron…”. No culmina la frase. Para entonces, Dora vivía en El Bolsón, embarazada, y no pegaba un ojo por las noches. “Estaba sentada, esperando que vinieran a buscarme”.
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¿Feo el tamaño de su boca?, ¿los dientes adelantados?, ¿su delgadez desgarbada?, ¿o la fealdad como categoría moral? El feo milita, el feo comparte con los pobres, el feo no acata. Peronista feo. Para los servicios de inteligencia, Roberto “Palometa” Rufino Pirles era “feo” y así lo tenían fichado.
Tres meses antes de pasar a la clandestinidad a fines de 1970, Roberto ya había sido identificado e incluido en documentos de inteligencia de las fuerzas de seguridad. “Natural de Bariloche, ingeniero químico, docente de la Facultad de Química. Trabaja en los barrios humildes y con la CGT orientado en el Movimiento Peronista de Liberación. Particularidades físicas: 1,75 m, delgado, cutis blanco, cabello castaño oscuro, feo, de 26 años de edad”.
Esa es la descripción de Pirles que Gendarmería Nacional incluyó el 8 de agosto de 1970 en un documento secreto que tuvo por objeto “informar organización, funcionamiento y características de célula peronista y comunista que operan en la ciudad de Santa Fe”. El informe remitido al Jefe del Escuadrón 27 “Punta de Vacas” detalla las características de “los más relevantes activistas de la célula peronista, que hallan su más fecunda fuente de extracción en el ambiente estudiantil”. Asegura que los datos fueron aportados por una “fuente que merece total y absoluta fe” y advierte que “sólo unos pocos de los que se mencionan en el presente expediente son conocidos por tales actividades; el resto, así como la forma de su actuación, parecen ser ignoradas hasta ahora por fuerzas legales, como asimismo parece ser ignorado el papel que le viene correspondiendo en los hechos a los sacerdotes jesuitas”.
El documento secreto, disponible en el Archivo Provincial de la Memoria de Santa Fe, incluye a Alicia Milia y a su hermana mayor. Sobre la esposa de Palo, dice: “Santafesina, hija de un médico que es uno de los propietarios del sanatorio “Mayo” (calle Suipacha entre 25 de Mayo y Rivadavia) y que vive en la Galería “Rawigo- departamento 11” donde ella también vivía cuando era soltera, ahora está casada con el precedentemente nombrado. Es profesora de castellano y ciencias sociales egresada del Instituto del Profesorado Básico; ejerce la docencia en la escuela media de Progreso. Trabaja en los barrios humildes. Particularidades físicas: 1,68 m, delgada, cutis trigueño, cabello castaño oscuro, usa un aparato de platino en la dentadura para enderezar los dientes, de 25 años de edad”.
Alicia Milia desconocía la existencia del documento y se ofusca. “Cualquier persona que fuese de Santa Fe podía hacer ese informe. Hay un error: mi ortodoncia que a esa altura ya no tenía no era platino. El nivel de informaciones es bajísimo”.
El pase a la clandestinidad de Palo también consta en otro documento “estrictamente secreto y confidencial” que integra el Archivo de la Memoria santafesina. En un memorándum del Director de Informaciones de esa provincia, Capitán Rondello Barbaresi, dirigido a la SIDE, remite un “Informe sobre la situación estudiantil y docente en la Universidad del Litoral que fuera elevado por el rector”, con detalles pormenorizados de la huelga estudiantil, reclamos, líderes, fechas de asambleas, las posiciones de los distintos sectores y apreciaciones políticas. “También está prófugo el Ingeniero Pirles, luego de un tiroteo con fuerzas policiales”, incluyó el reporte.
Su destino clandestino es Córdoba y la finalidad, la reorganización de Montoneros en esa provincia. Permanece allí hasta febrero del '73, cuando es detenido y llevado al penal de Encausados, siendo liberado el 26 de mayo de ese año por el Presidente Héctor Cámpora. En junio Palo encabezó la columna que viajó de Córdoba para el frustrado y sangriento recibimiento de Perón en Ezeiza, y al mes siguiente se trasladó a Tucumán para hacerse cargo de la regional hasta su detención definitiva, en marzo de 1975.
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La detención de “Anselmo” ocurrió en San Miguel de Tucumán el 19 de marzo de 1975, en la puerta de la casa de Humberto Rava, un joven de la ciudad que poco tiempo antes conjugaba la lucha armada con sus estudios de ingeniería electrónica y con la música.
A través del “hippie” Juan Carlos Alsogaray (hijo de Julio, el general que encabezó el golpe a Arturo Illia en 1966) Humberto Rava había recibido la instrucción de Roberto Pirles de cuidar y proveer documentación a Georgina Droz, una joven docente santafesina que había llegado clandestina desde Salta.
“Con el voluntarismo que también nos caracterizaba, la llevo a mi casa, donde estaba mi mamá, que la recibió con muchísimo gusto y cariño. Mi mamá no era militante, era una bióloga muy querida, muy conocida acá en Tucumán. Era súper católica, como soy yo también, y la recibió solidariamente”, repasa Rava, que como bajista de Los Bang supo compartir escenarios con Almendra, Arco Iris y Vox Dei.
“Palo era una persona de una inteligencia brillante, en su capacidad intelectual y política. Él consideraba que tenía mal genio, el flaco, pero yo nunca lo vi así, nunca tuve una bajada de caña. Pero tenía todas las características que tiene que tener un jefe, como concebimos nosotros, con integridad. Y aportaba muchas cosas también en el área técnica. Palo y Alicia (Milia) ya eran ex presos y eran los que hicieron la organización. Habían tenido mucha militancia, mucho riesgo y mucha responsabilidad en lo que hacían. No eran cualquier hijo de vecino, tenían otras cosas, otras responsabilidades y otra impronta a la cual responder”, destaca.
Ese 19 de marzo Rava se dirigió a las 8 de la mañana en el auto de su madre a Avenida Mitre y Córdoba, para encontrarse con el “servicio de documentación” que lo había dejado plantado el día anterior. “Ese compañero que me dio la cita había caído y, bueno, la delató”. Lo persiguieron y lo detuvieron en un operativo que alborotó la zona y alertó a parte de la conducción nacional de Montoneros, que estaba reunida casualmente a una cuadra. “Parece que escucharon todo ese lío y el Palo, que conocía a Georgina Droz de Santa Fe, se fue volando con su auto a ver si la podía advertir”.
Roberto Pirles transitó las 54 cuadras que lo separaban de la casa de Rava lo más rápido que su viejo y destartalado Citröen 3CV gris y la necesidad de no alertar a la Policía le permitieron. A poco de llegar a la casa ubicada en el pasaje José Camilo Paz 3320, detectó la presencia de efectivos en la propiedad y viró bruscamente a la izquierda. “Tuvo mala suerte: llega con su Citroën de mala muerte y se choca con que la calle estaba cerrada porque estaban construyendo un barrio. Cuando vió esa maniobra, la patota le cayó encima. Y ahí es donde lo detienen, de esa manera. Él se resiste y lo golpean”, relata Humberto Rava.
La Policía aún no sabía que acababa de detener al jefe de Montoneros en Tucumán, Salta, Jujuy y Santiago del Estero, por lo que en un principio Humberto Rava figuró como principal responsable en la causa. “El Palo estaba, entre comillas, tapado, pero no tardó la situación en saltar porque él ya había estado detenido”.
De hecho, el nombre de Roberto Rufino Pirles ya constaba en una “Nómina de terroristas argentinos” elaborada por la Policía de la Capital, Departamento de Investigaciones, Dirección de Política y Afines, con 92 nombres ordenados alfabéticamente. Roberto está en el lugar 65 de ese archivo que formó parte de la prueba del juicio por el Plan Cóndor (Rollo 143 del Archivo del Terror, que reúne documentos del aparato represivo coordinado de las dictaduras del cono sur).
La noticia del operativo fue publicada recién el viernes 4 de abril de 1975 por la Gaceta de Tucumán. “Detuvieron a 6 miembros de una organización extremista. Secuestraron armas y material de propaganda. En un comunicado entregado ayer por la oficina de prensa de la policía, con la firma del titular de la repartición, coronel Néstor Rubén Castelli, se informó sobre la detención de seis personas sindicadas como integrantes de una organización extremista autoproscripta y del secuestro de armamento de guerra y documentación que prueba su activa participación en las actividades al margen de la ley”.

Mirada al frente, camisa ensangrentada y una venda en su cabeza, la foto de Roberto Pirles en la noticia es la cuarta y última de la primera fila, que comparte con la joven Georgina Droz, con Humberto Rava y su madre, Sara Elena González Rava. Debajo, la imagen de un arsenal incautado, compuesto por “numerosas armas de guerra, como ser ametralladoras, pistolas calibre 11.25, carabinas automáticas y revólveres, varias granadas de guerra de fabricación en serie y literatura subversiva”; y las fotos de Juan Luis Serra y René Carlos Roncedo, los otros detenidos.
Sobre su aprehensión el parte es escueto: “En la vía pública se detuvo a Roberto Rufino Pirles, Ingeniero Químico, con domicilio en San Martín 2047, piso 11, Santa Fe. En su poder se secuestró un portafolios con abundante documentación relacionada con la organización del movimiento”. En San Miguel de Tucumán, refleja La Gaceta, ese día chocó un camión con un colectivo sin mayores daños, asaltaron a un médico y a un taxista, y en las Termas de Río Hondo denunciaron por curanderismo al “Niño Armando”.
Humberto Rava omite detalles de las torturas, pero asegura que pudo “reaparecer” después de 5 días, y narra “con el corazón en la mano” que en la brigada los sacaron al patio a los dos y los tuvieron toda una noche vendados, esposados y descalzos. “El Palo pensó lo peor y me lo dijo, tenía mucha más experiencia que yo y pensó que no íbamos a volver porque ya estaba funcionando La Escuelita. Pero por algún motivo que desconozco nos volvieron al pabellón”. En La Escuelita de Famaillá funcionó el primer centro de detención clandestino del país, por el que pasaron entre 1.500 y 2.500 personas.
Ambos fueron trasladados primero a Villa Urquiza, luego al Chaco y después a Rawson. En el sur, después de una “pantomima” que idearon para que trasladen al jefe a Devoto, se separaron. “Él tenía asma, tenía un aparatito que aspiraba. Fingimos una suerte como de desmayo, de una cosa así, porque los traslados allá eran prácticamente imposibles. Así que un compañero que era estudiante de medicina, no sé qué mierda le dio y en realidad le produjo realmente un shock. En el patio se cayó y todo. Lo que se suponía que tenía que ser controlado casi lo mata”. La maniobra resultó y lo llevaron a Buenos Aires, pero a los pocos meses lo encerraron en la U9 de La Plata, su último destino.
La madre de Humberto Rava pasó un año detenida y luego se exilió durante una década en México. Él fue preso “8 años, 4 meses y 2 días” y fue liberado en julio de 1983, en Rawson. Georgina Droz fue fusilada en la Masacre de las Palomitas, del 6 de julio de 1976, en Salta. Palo correrá idéntica suerte seis meses más tarde, en Brandsen.
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Existe un trágico denominador en común en las historias geográficamente distantes de Juan Marcos Herman y de Roberto Rufino Pirles, dos de las víctimas del terrorismo de Estado de Bariloche: el Coronel Castelli.
Fue el Jefe de Policía que tuvo a cargo y difundió la detención de Pirles en Tucumán, y tras el golpe de 1976 fue designado interventor militar de Río Negro y luego Director de la Escuela de Instrucción Andina de Bariloche, donde funcionó un centro clandestino de detención. Por allí pasó Herman, secuestrado en la ciudad el 16 de julio de 1977.
En los testimonios obtenidos por el periodista Esteban Buch en la película Juan, como si nada hubiera sucedido (1987), queda en evidencia que la familia acudió a Castelli sin obtener respuestas.
“En marzo del 76, al poco tiempo de hacerme cargo de la guarnición Bariloche, por disposiciones superiores tuve que hacerme cargo del gobierno militar de Río Negro. Estuve un par de meses. El período previo para mí fue bastante desagradable por cuanto me desempeñé como jefe de policía en Tucumán, previo al Operativo Independencia y durante el Operativo Independencia, así que cuando llegué a Bariloche venía de una función poco agradable”, dice Castelli en el documental.
Por delitos de lesa humanidad, en 2017 Castelli fue condenado en Tucumán a 18 años de prisión en la causa “Operativo Independencia”, y en Río Negro acumula sentencias por detenciones ilegales y torturas en Bariloche y Sierra Grande. Recién en enero de 2025 fue dado de baja de las Fuerzas Armadas, junto a otros 22 militares, por crímenes cometidos durante la dictadura.
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- Y al que dirige a los Montoneros, ¿lo estamos viendo?, ¿está acá?
- Sí. Rufino Pirles.
- ¿Y dónde está?
- Ahí, parado cerca de Dardo Cabo.
- Ah, sí. No parece tan peligroso.
El diálogo entre el director del penal y un informante pertenece a una de las primeras escenas de la película “Condenados”, que dirigió Carlos Martínez en 2013, basada en hechos reales que él mismo vivenció estando preso en la U9 de La Plata.
Pirles llegó a la U9 el 6 de octubre, dos semanas después de Dardo Cabo, trasladados ambos desde Devoto. Tras el golpe de Estado, la cárcel de máxima seguridad de la capital bonaerense pasó al control operacional de las autoridades militares y fue abarrotada de presos políticos.
Cabo era ya un dirigente peronista de renombre, que dirigía y editorializaba la revista semanal El Descamisado, y que tomó relevancia en 1966 al comandar el Operativo Cóndor que secuestró un avión de Aerolíneas Argentinas para aterrizar e izar la bandera nacional en las Islas Malvinas. Roberto era el oficial superior de Montoneros por lo que la autoridad que tenían era reconocida por los demás detenidos de la organización en ese contexto de represión y pérdida de garantías constitucionales.
“Fueron compañeros de celda en distintos momentos. Ambos eran buenos jugadores de ajedrez y tenían mucha historia que compartir como cuadros políticos por lo que se dedicaban a la formación de otros compañeros. Ya en Devoto estuvieron juntos en la celda y también lo estuvieron en La Plata, en el pabellón de la muerte”, relata Alicia Milia.
“En la conducción de la cárcel estaba Palometa, que era de la conducción nacional, y también Dardo (Cabo)”, asevera Julio César Urien en el documental “Los irrecuperables”, producido en 2021, que reúne el testimonio de ex presos políticos. “Nos reunió Palometa en el patio y nos dijo: ‘compañeros no rompamos las pelotas, nuestra salvación son los familiares, contemos todo, cómo es la cosa, son ellos, porque nos van a matar’”, añade Juan Grimald, también en el audiovisual.
Sobre la conformación de esa red de familiares que visibilizaba, reclamaba y estaba atenta a traslados y el estado de los presos, Juan Argüello suma en el documental que “Dardo y el Palo le plantean a los compañeros que había que quedarse tranquilos, que había que preservar, que esto formaba parte de la política de preservación de los cuadros, tratar de que maten a la menor cantidad posible dentro de la cárcel. O que nos vuelvan locos a la menor cantidad posible. Y en La Plata nosotros, gracias a esta decisión que habían tomado Dardo y Palo, que eran los compañeros de mayor nivel, habíamos armado una buena banda de familiares”.
El aparato represivo recrudeció a partir del 13 de diciembre con la designación del prefecto Abel David Dupuy como jefe de la U9. El mismo día de su asunción hizo correr desnudos a los presos hasta la capilla, mientras los golpeaban los guardiacárceles. Destrozaron sus pertenencias y quemaron material de lectura, fotografías y cuadernos. Desde ese momento, además, los presos sólo pudieron salir de sus celdas en dos breves recreos, caminando en círculos, de a pares.
En base al trabajo de inteligencia previo, Dupuy dispuso la reestructuración de los pabellones en función de la jerarquía de los presos dentro de sus organizaciones políticas y fueron catalogados según el grado de recuperabilidad. Pirles y Cabo eran del Pabellón 1, del grupo de los “irrecuperables”.
Dos días después de ese reordenamiento, el 5 de enero, llegó la orden de traslado: “Estrictamente secreto y confidencial- Clasificación de seguridad (R) – Precedencia: (O) inmediato – Grupo fecha hora: 0509000ENE 77- Promotor: ESMACOEJERUM – BAIRES - Ejecutivo (s): Servicio Correccional de la Pcia de Bs As – La Plata Informativo(s): BRIDIEZ (Subzona 11) – BAIRES – BRIUNO (Subzona 12) BAIRES Exceptuado (s) (…) COMUNICO QUE EN LA FECHA LA SUBZONA 11 PROCEDERA A TRASLADAR AL PENAL DE SIERRA CHICA COMA A LOS DETENIDOS MANUEL DARDO CABO Y RUFINO ROBERTO PIRLES ALOJADOS EN LA U9 LA PLATA EN VIRTUD DE LA PELIGROSIDAD DE LOS CAUSANTES PUNTO”. Un guardia informó a Pirles y a Cabo, en sus celdas 16 y 1, que nuevamente serían trasladados. Y el operativo se realizó esa misma noche.
En el km 56 de la ruta 215, sobre el río Samborombón, el vehículo que los trasladaba se detuvo, los hicieron bajar y los acribillaron junto a otros cuatro jóvenes que se encontraban detenidos en otros centros clandestinos. El reporte oficial, firmado por el Teniente Coronel Oscar Pablo Eugenio Billón, 2º Jefe del Regimiento 7 de Infantería Coronel Cond, fraguó un enfrentamiento en intento de fuga.
Según ese “Informe circunstanciado de procedimiento antisubversivo”, al cruzar el puente del Río Samborombón Grande los efectivos fueron “emboscados por elementos subversivos, que se conducían en aproximadamente 10 vehículos siendo repelida la agresión por las Fuerzas Legales”. Como resultado del “intenso y breve tiroteo” -dice el documento- “los delincuentes se dieron a la fuga en distintas direcciones, pudiendo constatarse que habían sido abatidos 4NN, y alcanzados por los disparos los dos detenidos mencionados, dejaron de existir instantáneamente”. El informe confirma que las Fuerzas Policiales “no sufrieron bajas, aunque resultaron heridos 5 de los 3 de carácter leve y 2, reservado”.
El documento menciona a Pirles y a Cabo dentro de las “personas abatidas”, junto a “4 N.N.: 3 Masculinos y 1 Femenino”. También asegura que se procedió al secuestro de dos vehículos, armamento (2 pistolas ametralladoras PAN, 2 pistolas automáticas cal 11, 22 y seis granadas) y “literatura varia (OPM Montoneros)”. Pese a la magnitud del supuesto enfrentamiento, el espacio para mencionar testigos presenciales o que tuvieron conocimiento del hecho sólo fue completado con guiones.
La prensa reprodujo la versión oficial del enfrentamiento. El periodista Rodolfo Walsh, no. Es uno de los hechos enumerados en su “Carta de un escritor a la Junta Militar” del 24 de marzo de 1977, donde denunció: “El asesinato de Dardo Cabo, detenido en abril de 1975, fusilado el 6 de enero de 1977 con otros siete prisioneros en jurisdicción del Primer Cuerpo de Ejército que manda el general Suárez Masson, revela que estos episodios no son desbordes de algunos centuriones alucinados sino la política misma que ustedes planifican en sus estados mayores, discuten en sus reuniones de gabinete, imponen como comandantes en jefe de las 3 Armas y aprueban como miembros de la Junta de Gobierno”. Walsh fue asesinado al día siguiente de repartir esa carta.
La familia tampoco aceptó la versión oficial. Alicia Milia, que se enteró del asesinato de su marido por los diarios, descarta: “Nunca creí que fuese un enfrentamiento en una fuga. Creo que la elección tanto de Dardo como de Roberto fue absolutamente certera y premeditada: el primero era uno de los cuadros más conocido como figura del Peronismo Revolucionario o Peronismo Auténtico, el segundo era el compañero con el mayor nivel de encuadramiento de la organización Montoneros dentro de la cárcel. Fue una forma más de reprimir, amenazar y aterrorizar a los que quedaban en la cárcel, a los familiares y a la población. Una forma más de introducir el terror en todos los planos de la vida y difundir que ellos eran los señores de la vida y la muerte”.
Durante el juicio realizado en 2010 por los delitos de lesa humanidad cometidos en la U9 de La Plata, Jorge Taiana -otro de los “irrecuperables”- testificó que ambos “se fueron sin resistencia. Después fuimos reconstruyendo lo que pasó. Nos dimos cuenta de que estábamos ante una estrategia de ejecución extrajudicial y en peligro, que esto no era un caso aislado y que seguramente se iba a repetir”. El ex canciller, ministro, senador y desde diciembre de 2025 diputado, suele recordar a Dardo y Palo en el aniversario de los asesinatos. “Eran militantes comprometidos con las banderas del peronismo y ejemplos de luchadores populares para nosotros”, publicó en su cuenta de X al cumplirse 48 años del Golpe.
La justicia pudo determinar que los fusilamientos ocurrieron entre la 01.15 y las 2 de la madrugada del 6 de enero, y que la causa de los decesos fue la “destrucción de masa encefálica por proyectil de arma de fuego”. Los otros cuatro detenidos clandestinos fusilados esa noche fueron enterrados como NN en La Plata y pudieron identificarse en 2012 gracias al Equipo Argentino de Antropología Forense. Todos estudiantes universitarios y militantes de la Juventud Universitaria Peronista: Dalmiro Segundo Villagra (22), Félix Escobar (27) y los hermanos -rionegrinos como Pirles y Walsh- Ana María Rita (21) y Victorio Graciano Perdighe Milia (24), de Cipolletti.
El 13 de octubre de 2010, Dupuy fue condenado por el homicidio de cinco presos, un caso de tortura seguida de muerte, el tormento a 57 perseguidos políticos y la privación ilegítima de la libertad de seis personas. Se le impuso la pena de prisión perpetua e inhabilitación absoluta y perpetua. En la misma causa fueron condenados otros 13 represores.
El fusilamiento se recuerda como la masacre de Brandsen, ciudad en la que se erigió un monumento donde cada 6 de enero se realiza un homenaje a las víctimas.
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Alicia no pudo despedirse del hombre con el que se había casado, formado una familia y compartido causa y lucha armada, pero describe con lenguaje casi forense con qué se encontraron los responsables de identificar el cuerpo: “Se advertían varios impactos de grueso calibre efectuados desde muy corta distancia, incluso tres de ellos penetraban en la cabeza en forma vertical, de arriba abajo, de tal manera que solo pueden haber sido efectuados estando el cuerpo en el suelo”.
En la clandestinidad y al cuidado de María Magdalena y de Pablo, de 6 y 3 años, sabía que si se acercaba a despedirse iba a ser inmediatamente detenida. Y así ocurrió. Cuatro meses después del asesinato de Palo, fue secuestrada por la Marina en Florida, provincia de Buenos Aires, y confinada en el centro clandestino de detención, tortura y exterminio de la ESMA.
Fue liberada en enero de 1979 y junto a Sara Solarz y Ana María Martí presentaron “El Testimonio de París”, denunciando ante la Comisión Interparlamentaria de Derechos Humanos de Francia los métodos de torturas, el robo de bebés y vuelos de la muerte, aportando mapas del edificio, nombres y funciones de los genocidas, como así también de secuestrados que pasaron por el centro clandestino de detención. Información que será vital en los procesos judiciales por delitos de lesa humanidad y en la lucha de las organizaciones por conocer el destino de los desaparecidos y por restituir los bebés apropiados.
Sus hijos, Pablo y Magdalena, fueron sacados del país por su abuela materna en septiembre de 1979 y se reencontraron con Alicia en Alicante, para reconstruir sus vidas. Ambos, como Roberto, son ingenieros (él Eléctrico, ella Química). Ambos, como Roberto y Alicia, tuvieron una hija y un hijo.
A sus 53 años, Pablo admite: “Para mí (mi padre) siempre ha sido una figura ausente, la posibilidad de lo que hubiera podido ser”. Su pronunciación marcada de las “s” y expresiones como “no me ha valido la pena” evidencian que, al igual que Magdalena, es un hijo del exilio. Recién pudieron regresar a Argentina en 1992, oportunidad en la que compartieron con su familia barilochense y visitaron la tumba de su padre. “Me resultó chocante, la verdad es que no había ido a un cementerio en mi vida, y bueno, estuvimos allí y lo vimos”, recuerda.
Reconoce cierto desconocimiento sobre la historia del padre, del que no tiene recuerdos. “Hay muchos detalles que yo creo que incluso mamá tampoco conoce de su vida previa en Bariloche”, dice. “Palo” nunca fue un tema tabú: “´A vuestro padre le pasó esto, y no está, y lo que queráis saber podéis preguntar´. Lo recordábamos, pero no vivimos permanentemente anclados en lo que sucedió”, describe.
Pablo creció en el vientre materno en la Cárcel de Encausados de Córdoba, sólo pudo compartir 14 meses con su padre porque Palo cayó preso, fue cuidado por su tía y abuelos maternos mientras Alicia estuvo secuestrada en la ESMA y creció en el exilio desde los 5 años. Recientemente accedió a cartas y conversó con familiares. Ya tenía algunas fotos y un dibujo en su biblioteca.
Entiende que, tanto él como su hermana, fueron preservados en Argentina de lo que estaba sucediendo: “Yo ni lo sabía, ni era consciente, ni me lo explicaban, ni se me ocurría preguntar. Era mi realidad”. Al llegar a España, “se nos contó todo de la manera en que se le cuenta a un niño, pero con bastante claridad”.
Sobre la militancia montonera de Roberto, desde el interior de un automóvil eléctrico en las calles de Valencia, comparte su postura: “Yo no lo idolatro ni lo juzgo negativamente. Es que no sé lo que habría hecho yo en su situación y lo entiendo. Entiendo su posición, entiendo que era una persona de valores, una persona muy valiosa porque tenía un estándar ético muy elevado, muy exigente, un gran estudiante con una gran inteligencia. Entiendo que lo que le hicieron es absolutamente condenable. Y también sé que ha condicionado mi vida, y la suya, y la de mi madre, la de sus padres, la de su hermano… y que dudo mucho que haya valido la pena. No es un relato muy militante, pero es mi opinión personal”.
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El martes 11 de enero de 1977, María Teresa, junto a su consuegro médico, identificó el cuerpo acribillado del hijo parido 32 años atrás. Mujer tímida, pero de gran fortaleza, logró que le entreguen los restos de su hijo y decidió regresarlo a Bariloche, la ciudad natal. “Tito” fue trasladado en ambulancia, acompañado por su único hermano, Osvaldo Ángel, de 19 años, y el cajón, depositado en el panteón de la familia Pirles en el cementerio municipal.
Desde el asesinato de su hijo, como si trabajara en una de las tantas prendas que confeccionó, eligiendo y descartando telas y colores, puntada tras puntada, relato a relato, María Teresa hilvanó y transmitió la historia de Tito entre los suyos. No un vestido para lucir en grandes y concurridas fiestas, sino unas enaguas para la intimidad. Una barrera de tela que protege e impide ver qué hay dentro.
“Siempre me repetía lo mismo, que lo encontró y que tenía un montón de agujeritos en el cuerpo. Que los contó y que eran como 30 sólo en el tórax”, recuerda Paula, la nieta que más tiempo compartió con ella. Lo descosieron a tiros y ya no bastaba con zurcir para remendar.
No hay en Bariloche más registro de su existencia que la tumba profanada. Pero en la biblioteca de una casa ubicada a 15 km de Valencia, en España, luce enmarcado un dibujo de trazos simples, en una hoja ya ocre que conserva las marcas de sus pliegues, realizado por Roberto en 1976, desde la cárcel. Allí se ve a Astérix, Obélix y su perro
Ideafix, personajes de la historieta que cuenta la resistencia de una pequeña y rodeada aldea gala ante la invasión de Julio César. El débil ante el poderoso. En el margen inferior derecho, subrayado y en imprenta mayúscula, la firma del autor: PAPÁ PALO.
