El balcón
Desde lo alto, frente al mar, alguien hace el gesto del 22, el número de Flávio Bolsonaro en la urna electrónica. Abajo, en la calle, miles marchan por la reelección de Lula y entienden el mensaje: nosotros arriba, ustedes abajo. Pero en Brasil, a días del balotaje, esa superioridad se ve más frágil de lo que aparenta.

Burlona, una mano levantada en el balcón, con la justa cuota de alegría agresiva que convierte ese gesto del 22, el número de Flávio Bolsonaro en la urna electrónica, en una detonación. Detrás de la mano, que se escapa de un cuerpo atrapado en un llamativo vestido de Shein, hay risas y besos al aire. Es lunes 12 de octubre y la escena ocurre en el balcón del Copacabana Palace, hotel de lujo old fashion donde han convivido Madonna, Lady Gaga, muchos presidentes, aristócratas de morros frondosos y algunos nuevos ricos. Ahí, desde ese balcón, la mano jocosa no está sola. A su lado, un hombre barbudo, con un traje que le queda apretado, levanta el teléfono para sacar una foto hacia abajo. Dos hombres mayores, más relajados, conversan con dos mujeres bastante más jóvenes; uno de ellos, sin saco, en camisa y corbata, abraza a una por la cintura, pero mira a la otra y se ríe con ella. El otro, que todavía conserva el traje frente al mar, los observa. Detrás del grupo, un ventanal enorme, abierto de par en par, comunica el balcón con un salón de fiestas del que, desde afuera, solo se distingue una araña gigantesca colgando del techo, con todas las luces encendidas, como un enjambre de lujo y suelos de madera.
Abajo, sobre la Avenida Atlántica, ancha, una de las más conocidas del mundo, marchan miles de personas por la reelección de Lula, el 13. Llevan banderas y carteles contra la escala 6x1: seis días de trabajo por uno de descanso. Caminan sobre las ondas blancas y negras que bordean la playa de Copacabana, ese tatuaje urbano que miles pisan a diario y que sugiere una falsa horizontalidad sin jerarquías, un espacio abierto, compartido, pacíficamente dividido.
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El video, editado y reeditado exponencialmente, circuló intensamente en Brasil y, sobre todo, fuera de los medios tradicionales. Entre los comentarios más compartidos, varios hablaban de la élite en el balcón del Copacabana Palace, pero le ponían a la palabra un signo de interrogación, como si dudaran de que lo fueran, o de que lo fueran del todo. Había algo de grotesco en la escena que volvía la imagen aún más potente. Varios usuarios creyeron reconocer entre los presentes a trabajadores premium, gente que podía pagar una noche, o al menos un rato, en el Copacabana Palace sin pertenecer necesariamente a los círculos del alto capital. Alguno lo resumió con precisión cruel: asalariados bien pagos que se sentían élite por haber almorzado en el hotel más famoso de Río. Otros, incluso más insidiosos, marcaron que entre quienes se burlaban había una becaria de posgrado financiada por instituciones de fomento de la educación superior. Así, lo que empezó pareciendo una élite terminó pareciéndose a una polarización política fluida, hecha de disfraces y pasadizos, y lo que parecía un choque entre arriba y abajo resultó ser (también) una pelea entre fracciones que se detestan.
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Dos días después, el miércoles por la noche, el Senado terminó aprobando el fin del régimen laboral de escala 6x1. Lo hizo en dos votaciones consecutivas, en una misma sesión, por 75 votos contra uno, en plena cuenta regresiva hacia el balotaje. La enmienda constitucional logró bajar la jornada de 44 a 40 horas semanales, sumó un día de descanso a favor de los trabajadores y no recortó salarios. Fue la principal propuesta electoral de Lula, que la celebró como «una conquista histórica para millones de trabajadores y trabajadoras, que ahora tendrán más tiempo para descansar, estar con la familia, cuidar de sí mismos y vivir». Según los sindicatos, la medida alcanzará a unos veintidós millones de personas.
El giro decisivo fue, paradójicamente, de Flávio Bolsonaro. Se oponía a la medida y, en la víspera, anunció su apoyo para responder, dijo, al clamor popular. La oposición lo siguió mientras él votaba, simbólicamente también, a distancia desde Porto Alegre y en plena campaña. El oficialismo le reprocharía su «volatilidad de convicciones» y se pondría en guardia alta para lo que pudiera venir si ellos se transforman en gobierno. En este sentido la portavoz del Gobierno en el Senado, Teresa Leitão, también ella en campaña, pidió «mantenernos vigilantes para impedir retrocesos». Los empresarios reticentes advirtieron que el impacto sería negativo para todos, y la Federación de Comercio de São Paulo aventuró un aumento del 22% en el costo de la hora trabajada, para luego casi a modo de amenaza velada decir que podrían perderse hasta 1,2 millones de empleos. El senador petista Randolfe Rodrigues respondió que, con la reforma, Brasil lograba ponerse al nivel de Finlandia, Francia, Alemania o los Países Bajos. Y el senador Esperidião Amin, de la base de Flávio, pidió unidad con el sector empresarial para «amortiguar los impactos presupuestarios». El contexto no puede ser más volátil, entre votaciones, y frente a una primera vuelta en donde Flávio había superado a Lula por 1,8 puntos; el equipo de Lula confía en que el fin de la 6x1 le dé el empujón para remontar el 25 de octubre.
La reforma retoma una de las reivindicaciones más antiguas del movimiento trabajador: reducir las horas de trabajo. Primero doce, después once, diez, ocho, hasta la conquista del día libre. Sarah Jaffe, en Il lavoro non ti ama, recuerda aquella secuencia que desembocó en lo que se conoce como el compromiso fordista: los trabajadores cedían al patrón una parte amplia, pero sostenible de su tiempo —ocho horas diarias, cinco días a la semana— a cambio de un salario decente, de asistencia sanitaria y, eventualmente, de vacaciones pagas y una jubilación. Era, dice Jaffe, la «esperanza del descanso»: si no el control pleno sobre el producto del propio trabajo, al menos la posibilidad de sostenerse, quizá de mantener una familia, y de disfrutar del tiempo libre. Jaffe no idealiza aquel pasado: eran, y han seguido siendo, trabajos tediosos y extenuantes que a menudo dejaban a los trabajadores demasiado cansados para disfrutar del tiempo ganado. Pero, aún imperfecto, el tiempo era, y es, lo que estaba, y sigue estando, en juego. En esta clave conviene releer también lo que dijo Lula. Más tiempo para descansar, para la familia, para vivir. Es quizás un salto performativo en lo que se le pide a una democracia: ya cubiertas las necesidades básicas que antes eran desatendidas y que ahora se consideran derechos ganados, lo que se le reclama es tiempo. Y es, exactamente, lo que el balcón exhibe sin querer: gente con tiempo, riéndose un lunes sobre una avenida llena de gente que se moviliza por su derecho al futuro. La disputa de fondo no era ni será seguramente nunca apenas por el lujo chabacano, sino por las horas, por el tiempo, por el tiempo del futuro por sobre todas las cosas.
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Hay una lectura de esta escena que la vuelve un síntoma de época. Carl Schmitt pensó con una incómoda lucidez el momento en que la democracia liberal pierde sus resortes. En la lectura que propone López de Lizarraga en Sobre Schmitt, la tesis es nítida: «Los procedimientos deliberativos de resolución de conflictos y de formación de la voluntad política caducan y pierden eficacia cuando los antagonismos sociales rebasan cierto umbral impreciso pero real. Rebasado ese punto, las sociedades desgarradas ya no atienden a argumentos ni buscan acuerdos, sino que reclaman mitos, fábulas políticas enfrentadas a otras fábulas en una lucha a muerte que, con suerte, puede ser sólo simbólica, pero que fácilmente puede convertirse, antes o después, en violencia física». Para Schmitt, agrega López de Lizarraga, la superioridad del fascismo y del comunismo sobre una democracia liberal desacreditada residía precisamente en su condición inequívocamente antiliberal y en su capacidad para movilizar fuerzas políticas irracionales y emocionales.
Brasil parece rozar ese umbral. Y sin embargo, lo que se ve en la avenida no encaja del todo en el diagnóstico. Para decirlo con las palabras de Sorel que también Schmitt recoge, aquí no prima «la intención de una destrucción masiva del orden burgués, ni aquel cataclismo de toda la vida social». Lo que se busca -quizá con algo de ingenuidad- no es destruir un orden sino fundarlo, o seguir fundándolo; no derribarlo, sino sostenerlo. Y para eso se dan razones. Se repite, una y otra vez, la lista larguísima de conquistas sociales, de trayectorias de ascenso, de vidas que cambiaron. Lula no busca sólo el mito: insiste, machaca sobre lo obtenido, pone el énfasis en la explicación y persigue, de un modo casi obsesivo, el convencimiento de quienes no lo acompañan, con argumentos. En un espacio donde la comunicación política tiende a reducirse a propaganda, su apuesta sigue siendo transitar también otro camino: una fe persistente en alguna forma de deliberación, una invocación que no se agota en lo personal.
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Pero las imágenes no esperan a los argumentos, y el balcón no está solo. El domingo anterior, en la Marcha por la Democracia sobre la Avenida Paulista, en São Paulo, un joven sin camisa, con una máscara roja y banderas de la campaña de Lula, trepó al techo de una parada de colectivo, a la entrada de la estación Trianon-Masp. Nadie sabía quién era. En horas, las redes lo bautizaron como el gostoso de la Paulista y su cuerpo recorrió el país más rápido que cualquier spot. Al mismo tiempo, las redes se llenaron de otras publicaciones: las de estudiantes universitarios de primera generación que unían su biografía y su presente con el punto de partida de sus padres y con la alegría compartida del trayecto. Y debajo de todo eso, las marchas: miles de personas ocupando las grandes avenidas de Brasil, la Paulista un domingo, la Atlántica un lunes.
Ninguna de estas escenas explica nada por sí sola, pero juntas adquieren otro volumen comunicativo. El muchacho de la Paulista también está arriba, pero subió desde la calle, para que la calle lo vea; en el balcón se mira hacia abajo, desde un lugar al que no se llega trepando. Los estudiantes cuentan un ascenso que no tiene balcón, sino aula. Una escena no sirve para correr el telón y descubrir lo que hay detrás; sirve porque muestra cómo se arma un orden y, sobre todo, qué deja afuera para sostenerse. Y para leerla no hace falta subsumirla en una categoría: alcanza con ponerla al lado de otra y dejar que la comparación haga su trabajo.
Puesta en esa serie, la escena del balcón cambia de sentido. En esta campaña crispada, el 22 desde el balcón funciona como puesta en escena de la superioridad: nosotros arriba, ustedes abajo. Para la calle, el mensaje es nítido: su democracia no es la nuestra. Pero esa superioridad es frágil. Un candidato que se oponía a la medida terminó votándola por el clamor popular, y uno de los suyos pidió amortiguar el impacto presupuestario. Quien manda no necesita hacer el gesto del 22. Quien hace el gesto del 22 necesita que lo miren. Y, sin embargo, esa élite degradada, que se presta a ser carne de cañón y se ríe con impunidad desde arriba hasta convertirse en meme, es indispensable para el relato. Sin ella, la fricción permanente de la lucha pierde fuerza narrativa; con ella, la imagen se suma a las otras y empuja en la misma dirección: revertir el golpe de una primera vuelta desfavorable para el PT. La dependencia es mutua. Sin la multitud que ocupa la calle, la burla del balcón no tiene público; sin la burla del balcón, la multitud pierde su contraimagen más eficaz.
Quizás de lo que se trata, entonces, no es de desechar este arsenal de escenas cargadas de intensidad emocional, sino de leerlas en serie y preguntarse qué efectos pueden producir: en la elección brasileña, en particular y, más en general, en la forma de hacer política en nuestra América Latina en 2026. Porque estas imágenes tienen potencia, y quizá esa potencia no sea enemiga de las muchas, potentes, argumentadas y entrelazadas buenas razones de nuestros proyectos inclusivos, sino una manera de potenciarlas. Los estudiantes que cuentan su historia son, al mismo tiempo, una imagen y un argumento. El balcón, inserto en esa serie, tiende un lazo —tal vez necesario frente a un balotaje hostil— entre la comunicación tradicional, la de los argumentos y las conquistas enumeradas, y otra que usa también estratégicamente lo que la realidad le ofrece.