Detrás de las flores amarillas

por Santiago Rey

Un secuestro. Un desaparecido. Una ciudad que prefiere mirar el paisaje. Un documental que trae luz. Este texto fue incluido en el libro Dijimos Nunca Más, un manifiesto colectivo a 50 años del golpe, de Marea Editorial.


Marzo 2026

En Bariloche, a partir de noviembre, un colchón de pequeñas flores de retama amarillea el paisaje. Más aún hacia el oeste, a los lados de la ruta Exequiel Bustillo, que bordea el lago Nahuel Huapi y une el centro de la ciudad con el Hotel Llao Llao. La ciudad postal, la insospechada Suiza secreta como escribió Borges, los lagos, la cordillera, el pueblo tranquilo de 40 mil habitantes del año 1977.

Por esa misma ruta, nueve kilómetros separan el celebrado Centro Cívico de la Escuela de Instrucción Andina del Ejército. La mañana del 16 de julio del ‘77, el doctor Juan Herman los recorrió para reunirse con el director de la institución militar, Coronel Néstor Rubén Castelli, a quien consultó por el destino de su hijo. Durante la madrugada, mientras daba una fiesta en su casa, Castelli ya había sido informado del operativo, pero al doctor Herman no le dijo nada. El militar, que había participado en el Operativo Independencia en Tucumán, lo escuchó y no le dio respuesta.

Juan Marcos Herman había nacido en El Bolsón y desde los dos años vivía en Bariloche. En 1977 tenía 22, estudiaba Derecho en Buenos Aires y militaba en agrupaciones cercanas a la Tendencia Peronista.

No nevó aquella noche en la postal. Era julio, 16, pero no nevó a pesar del invierno desatado. A la casa de los Herman llegó en dos autos una patota reclutada en Buenos Aires. Era aproximadamente la 1 de la mañana. Uno de los integrantes del grupo tocó timbre. “Somos de la Federal”, dijo. Bajó a abrir Matilde Álvarez y la encañonaron. El doctor Juan Herman corrió igual suerte. La patota revisó la casa, cortó los cables del teléfono, y esperó. Al rato, Juan Marcos llegó con un amigo. Hacía un par de días había arribado a Bariloche para pasar las vacaciones de invierno con su familia. Le apuntaron con las armas, lo sujetaron y se lo llevaron.

  • No vinimos al pedo desde Buenos Aires-, les dijeron a los padres.

Tras dos días secuestrado en Bariloche, Juan Marcos fue trasladado en avión hasta Buenos Aires y encerrado en el centro clandestino de detención El Atlético. Permanece desaparecido.

Diez años después, en 1987, el cineasta Carlos Echeverría, el periodista Esteban Buch y Horacio Herman, hermano de Juan, realizaron “Juan, como si nada hubiera sucedido”, documental central para la reconstrucción histórica de lo ocurrido en la Argentina durante la dictadura. Fue filmado luego del juicio a las Juntas militares, pero antes de que los mandos altos (más allá de los jerarcas del régimen) y medios de las Fuerzas Armadas fueran juzgados por crímenes de lesa humanidad. Proyectado en el contexto de la aprobación de la Ley de Punto Final, que durante 18 años impidió el juzgamiento de esas responsabilidades, se convirtió en una herramienta de demanda de justicia.

“Juan…” es, por un lado, una minuciosa investigación sobre lo que sucedió con el joven estudiante, su secuestro y desaparición en Bariloche, y, fundamentalmente, una interrogación sobre la complicidad y el silencio de una ciudad más preocupada por el éxito comercial de la siguiente temporada turística que por el destino de uno de sus hijos. En blanco y negro, combinando recursos narrativos, con una voz en off que interpela, el film es una pieza fundamental del documentalismo argentino.

La capacidad para que los responsables del secuestro se presten a la entrevista, la insistencia periodística de Buch en las preguntas, sus silencios, la cámara encendida más allá del reportaje. El documental es parte de un clima de época -la primavera democrática- y al mismo tiempo una apelación a eludir la repetida certeza autocomplaciente de que “en Bariloche durante la dictadura no pasó nada”, tal como gusta decir la gente de la ciudad.

Los responsables por acción directa, participación necesaria o silencio cómplice del secuestro de Juan Marcos Herman, lo explicitan en la película: para el Coronel Néstor Rubén Castelli fue “un hecho lamentable”, ajeno al clima que se vivía en la ciudad; para el también Coronel, Fernando Marcelo Zárraga, integrante del cuerpo de Inteligencia y Jefe de la Policía de Río Negro entre el ’80 y el ’83, “otro tipo de operativo no se hizo en Bariloche, a Dios gracias. En Bariloche se actuó muy bien”; para el ex Intendente de facto de Bariloche entre octubre de 1977 y diciembre de 1983, Osmar Héctor Barberis, “es lamentable que suceda en Bariloche algo así (…). Una región como la nuestra que muy escasamente se ha visto perturbada por hechos de esta naturaleza”.

¿Cuántos hechos es mucho? ¿cuántos secuestros son necesarios para desandar la idea de que acá, en Bariloche, no pasó nada?

En el juicio de 2019 por la causa conocida como La Escuelita VI -centro clandestino de detención en los fondos del Batallón de Ingenieros 182, en Neuquén- que juzgó hechos cometidos en la Patagonia norte, Castelli fue condenado a once años de prisión como partícipe necesario de privación ilegal de la libertad agravada por el uso de violencia y aplicación de tormentos físicos y psíquicos por resultar la víctima perseguido político, en varios casos, incluido el de Herman; y Zárraga a cinco años, por el mismo delito en el caso puntual del joven estudiante secuestrado en Bariloche. Ambos resultaron también condenados en otras causas por crímenes de lesa humanidad.

Los miles de turistas que más allá del colchón de retamas florecidas observan el lago, no saben que en la cancha de pelota paleta de la Escuela de Instrucción Andina -hoy Escuela Militar de Montaña- que dirigía Castelli, funcionó un centro clandestino de detención por el que pasaron aproximadamente 70 personas.

¿Cuántos secuestros debe tener una ciudad para figurar en los registros? ¿cuántos desaparecidos? ¿cuántas flores son necesarias para ocultar? ¿cuántas, para que la postal permanezca intacta?