Después del aire
por Nadia Villegas
Después de trece años de trabajo, una periodista de Radio Nacional Santa Rosa aceptó el retiro voluntario. “Nadie te echa, pero todo empieza a decirte que no hay lugar para vos ahí”, reflexiona ante las asfixiantes medidas que ha tomado el gobierno nacional sobre los medios públicos.

El reloj suena a las seis de la mañana, como todos los días.
El mismo timbre seco.
Me levanto en automático. Tres segundos después —tal vez cuatro— entiendo la inutilidad del gesto. El despertador sigue cumpliendo su función, yo no.
Me quedo sentada al borde de la cama, con los pies en el piso frío, esperando una orden que no iba a llegar. Durante trece años, a esa hora, mi cuerpo sabía qué hacer: vestirse rápido y salir.
Hoy es el primer día sin ir a trabajar a Radio Nacional Santa Rosa.
No hubo despedida ni aplausos. Solo este silencio temprano, espeso, y la sensación incómoda de que algo sigue funcionando —el reloj, la costumbre, la memoria muscular— mientras otra cosa, más profunda, se apaga.
Tomé la decisión. Esa es la frase que se espera en estos casos, la que ordena el relato y le da una forma adulta a lo que pasó. Decidir suena firme, autónomo, casi elegante.
Pero la verdad es menos prolija. Yo decidí irme y, al mismo tiempo, no quería irme. No es una contradicción retórica: es una experiencia física. La cabeza avanzó primero y el cuerpo quedó atrás.
Hice cuentas, evalué escenarios, escuché argumentos razonables. El retiro voluntario aparecía como una salida posible, incluso conveniente. Voluntario: una palabra limpia, administrativa, que promete control.
Desde finales de 2023, las radios nacionales de todo el país comenzaron a ser atravesadas por una serie de medidas adoptadas por el gobierno de Javier Milei que alteraron de forma profunda su funcionamiento. La incertidumbre dejó de ser una sensación difusa para convertirse en una experiencia cotidiana.
En Santa Rosa éramos diecinueve trabajadores. Semana tras semana, en asambleas cada vez más cargadas de preguntas, confirmábamos que lo que nos pasaba no era una excepción: se repetía en las distintas emisoras de RN a lo largo del país. Finalización de contratos, caída de convenios de emisión, una insistente invitación a dejar la radio.
Al mismo tiempo, algo más sutil —y quizás más grave— empezaba a ocurrir: se apagaban voces, desaparecían contenidos locales, se diluía la identidad de cada provincia. La mirada federal que había definido históricamente a las radios nacionales se fue erosionando en poco tiempo, casi sin anuncios formales.
En Santa Rosa, una de las últimas decisiones fue sacar la FM para que la emisora transmitiera durante las veinticuatro horas la programación producida en Buenos Aires.
A fines de 2025, un compañero operador y yo, nos retiramos.
Nadie me empujó por la espalda y tampoco me quedé porque podía. Entre esas dos cosas —la violencia explícita y la libertad plena— existe una zona gris. Ahí fue donde tomé la decisión.
Esa zona gris tiene nombre y es el salario. Todavía me acuerdo del día que me llamaron de Radio Nacional para hacer una prueba. El hecho de haber quedado como periodista del programa informativo de la mañana hizo en ese momento que floreciera en mí una sensación de orgullo por ser parte. Días en los que hablábamos de vocación, de compromiso, de amor por el oficio y muy poco de ese gris llamado salarios. Porque alcanzaba, era digno.
Hoy, la realidad es otra. Los salarios en el Estado nacional argentino, según publicó el diario La Nación la segunda semana de enero, enfrentan una pérdida de poder adquisitivo real, acumulando una caída aproximada del 14% solo durante 2025, a pesar de los aumentos paritarios, como el 2% otorgado a principios de este 2026.
No es diferente a los salarios del periodismo, que dejaron de alcanzar hace tiempo. No hablo de lujos ni de ascensos. Hablo de llegar. De sostener una vida adulta sin pedir prestado, sin justificar permanentemente por qué seguimos ahí.
Pareciera que es una especie de empujón, pero sofisticado. El salario se achica, el reconocimiento se diluye, la exigencia se mantiene intacta. Nadie te echa, pero todo empieza a decirte que no hay lugar para vos ahí.
El retiro voluntario aparece entonces como una invitación. No a irse, sino a correrse. A probar si la dignidad puede alojarse en otro lado. En un trabajo donde la experiencia no pese como una carga, donde el oficio no sea tratado como un resto.
No nos expulsan, nos cansan. Nos invitan a retirarnos para ver si, afuera, todavía existe algún lugar donde el periodismo, o cualquier otra profesión, no sea sinónimo de precariedad. Un lugar que, lo sabemos, es difícil de encontrar.
El duelo no empezó el día que firmé el retiro. Empezó bastante antes, cuando dejé de tener certezas. Cuando el lugar que ocupaba —ese que durante años había sido claro— empezó a volverse inestable, provisorio, discutible.
Hubo amagues. Silencios largos. Versiones que circulaban sin confirmación. La posibilidad del despido flotando como una nube baja, difícil de ignorar. Esa incertidumbre no se anuncia, se filtra. Y cuando se filtra, hace daño.
No me echaron. Tampoco me dejaron quedarme donde estaba. Empecé el año 2024 con la sugerencia de que no esté frente al micrófono para no tener inconvenientes y no incomodar a las nuevas autoridades, ya que venía de ser directora de la emisora. Me pasaron a una oficina. Tareas administrativas. Y ese desplazamiento me fue convenciendo de que estorbaba.
En julio de aquel año, el entonces interventor de Radio y Televisión Argentina, Eduardo González, puso en marcha un plan de retiros voluntarios en los medios públicos. La medida tuvo la adhesión de alrededor de doscientos trabajadores en todo el país.
Una alerta constante se colaba en mi vida cotidiana. Trabajar así —sin lugar simbólico, sin horizonte, con la amenaza siempre latente— también deja marcas.
Estudios laborales señalan que la propia inseguridad de conservar un empleo se comporta como un estrés crónico, con efectos medibles en la salud mental de las personas que la padecen. Así lo describe la psicóloga Mirta Gavilán en su estudio llamado “Salud mental versus inestabilidad laboral”.
Me fui porque hubo un momento en que quedarse empezó a exigir una forma de resistencia que ya no estaba dispuesta a seguir sosteniendo.
Dejar la radio no significó aceptar que el lugar donde había aprendido a ser periodista —y a pensarme— ya no podía alojarme sin costo. El costo de estar siempre a prueba.
Durante muchos años creí que el trabajo era también un refugio. Hoy sé que puede convertirse en otra cosa. Que hay espacios que dejan de cuidar incluso cuando siguen funcionando. Que uno puede amar un oficio y, al mismo tiempo, reconocer que el sistema que lo contiene ya no ofrece condiciones dignas para ejercerlo.
No escribo esto desde el lugar de las certezas. Escribo desde un territorio intermedio, todavía inestable, donde el duelo convive con la necesidad de seguir. Donde la pregunta por el futuro no tiene respuestas claras, pero sí un límite: no todo vale.
Tal vez el desafío ahora sea encontrar —o inventar— un lugar donde el periodismo no se ejerza desde el miedo, donde la experiencia no sea un estorbo y donde la dignidad no tenga que mudarse cada vez que el contexto se vuelve hostil. No sé si ese lugar existe. Sé que, después de trece años, ya no podía seguir buscándolo dentro de una radio que había dejado de ser casa.