Cuando sea grande quiero ser
por Dayana Serra
Fran y Lu no se conocen. Una vive en Epuyén, la otra en Bariloche, pero sus caminos se cruzan: las une el orgullo de ser quienes quieren ser. Este 17 de mayo, en el Día Internacional contra la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia, sus historias vienen a abrazar a otros y otras y otres.
Trabajo final en la Diplomatura de Narrativas Creativas de No Ficción de la Fundación de Periodismo Patagónico y la Universidad Nacional de Río Negro. Cohorte 2025.

Es 2016. Fran tiene 1 año y ocho meses, es hermano mayor de Benjamín y vive con su mamá y papá en Bariloche. Un día, cuando le preguntan qué le gustaría ser de grande, responde princesa.
-¿Príncipe?
-No, princesa.
En 2009, Lu tiene 2 años y vive con su mamá en Rawson. Su papá lo pasa a buscar para pasar la semana juntos. Prepara su mochila y entre los juguetes que elige para llevar hay muñecas y pinturitas.
Fran tiene apenas 4 años y se autolesiona, se golpea los genitales y le dice a sus papás que no quiere vivir más, usa exactamente esas palabras. En un almuerzo familiar se para en una silla, frente a todos, y dice en voz alta “quiero tomar pastillas para ser nena”. María, su mamá, no entiende qué pasa, pero busca, pregunta, se informa, lee y piensa todos los días en esa frase que salió de la boca de Fran aquel mediodía en el que nadie pudo responderle nada.
En esa búsqueda, una profesional le sugiere que tal vez tenga que hacer más actividades de varón, que cuando sea grande va a saber si le gustan las nenas o los nenes. Será la primera de muchos profesionales que les demostrarán, a ella y a su marido, que la información que no tienen ellos, no necesariamente la tienen quienes deberían tenerla.
Ahora Lu tiene 7 años, cursa su cuarto grado, y se hace pis encima porque cuando intenta ir al baño de mujeres, no la dejan. Lu prefiere hacerse pis antes que ir al baño de varones.
Fran nace dos veces. La primera, el día que sale de la panza de su mamá María. La segunda, cuando a los 5 años sus papás lo llevan a comprarse ropa nueva. Elige una pollera rosa y una remera con brillos, y es la primera vez que usa bombacha en vez de calzoncillo. Ese día, a ese probador entra un varón y sale Fran que, minutos más tarde, camina sonriente por las veredas de las calles barilochenses bailando, con el sol que ilumina los brillos de su remera, y una brisa que mueve su pollera. Mientras sus papás la miran, como nunca antes la habían visto, se dicen sin decirse “ya está, es una nena”. En esa vereda que se convierte en pasarela, Fran lo confirma al pararse frente a un guardia de seguridad y decirle con orgullo:
-Yo antes era un nene, pero ahora soy una nena.
Lu tiene 12 años e inicia su trámite de cambio registral, con ayuda de su mamá, vínculo que se hace más y más fuerte, mientras otros se debilitan y quedan atrás, enterrados junto con sus pronombres masculinos. Porque no entienden, porque no aceptan, porque no quieren.
-¿No será que tu mamá te obliga a ser trans?- le dice una psicóloga escolar a Lu, otra tarde en donde Lu ya no va a la primaria, ni a la misma escuela, ni vive en el mismo lugar, pero, de nuevo, no la dejan ir al baño de mujeres.
Lu lleva su DNI a todos lados, como una celebración. Aunque llora junto a su mamá cuando en la tele ve una noticia de un crimen de odio: Sara Millerey, joven trans, fue brutalmente asesinada en Colombia.
Fran tiene 6 años y la citan por segunda vez para sacarse la foto para su nuevo DNI. En la primera su sonrisa era tan grande que mostró todos los dientes, por eso le piden que, para esta foto, disimule un poco su felicidad.
Fran empieza su última sala de jardín. Esta vez, elige su ropa y su peinado, así como, poco tiempo atrás, eligió su nuevo nombre. Cuando es un día feliz para todos los padres, no lo es para el papá de Fran, porque ve que las maestras armaron un afiche, a la vista de todos, con los nombres de los niños y niñas del curso. Y junto al nombre de su hija, entre paréntesis, está el otro. Ese nombre que su hija ya no elige, ese nombre por el que ya nadie la llama.
Es 2025 y Lu ya es una adolescente de 16 años, va a una secundaria con orientación artística en Epuyén, toma clases de teatro, su vestir es andrógino. Es una de solo tres adolescentes trans con cambio registral hecho en su escuela. Planea viajar con su mamá a Bariloche en la próxima marcha del Orgullo.
El mismo año, Fran tiene 11 años, cursa su quinto año de primaria en otra escuela. Decidió que ahí nadie sepa su identidad. María, su mamá, estuvo de acuerdo: “Yo quiero que sea feliz”. Junto a su marido lloraron una semana entera al leer la expectativa de vida de una persona trans: entre 35 y 40 años, pero aún recuerdan la sonrisa de su hija cuando por primera vez su maestra de jardín la llamó por su nombre elegido, y esa sonrisa es su bandera.
Y ahí están, cada día.
Con un deseo que las sostiene: que les niñes que alguna vez caminaron con orgullo por las veredas puedan, mañana, seguir caminando.
Lu y Fran no se conocen, pero comparten una historia que comienza a los pocos años de vida con una certeza tan simple como poderosa: la de saber quiénes querían ser. Los logros o victorias que supieron pasar: la primera vez que sus padres las llamaron por su nombre elegido, la primera vez que usaron una pollera, la primera vez que dejaron de ser niños.
Y ahora, comparten también una búsqueda: lugares en donde ser sin miedo.