Cuando el camino nos encuentre
por Felipe Sasso
Para llegar desde Punta Arenas a la Isla Navarino, en el extremo sur de Chile, hay que tomar un avión o viajar treinta horas en ferry. Desde hace años comenzó a construirse una ruta bimodal que facilite la conexión. Muchos vecinos isleños se preguntan cuánto les cambiará la vida, para bien y para mal, cuando la obra finalice.

La casa está frente al Onašaga, el nombre que recibe el Canal Beagle en lengua yagán. Desde el segundo piso se observan las montañas nevadas en el lado argentino de Tierra del Fuego. En la noche aparecen las luces de Puerto Almanza, también las de Ushuaia hacia el oeste: imponentes para quienes vivimos en Puerto Williams, Isla Navarino.
Un camino de tierra nos conecta con la capital de Cabo de Hornos. Apenas tres kilómetros hasta la ciudad más austral del mundo. Al otro lado de la ruta, hay un bosque de lengas y coihues centenarios. Mis perros lo recorren todos los días. Cuando vuelven jugamos a la pelota en medio de la calle. Ningún auto nos interrumpe. Pasan hasta quince minutos. Nada. Se puede jugar tranquilo. Un rito que me conecta con el recuerdo de otra carretera, tres mil kilómetros más al norte: estoy en el campo con mi abuela, en el pueblo de Requegua. Me pide que la acompañe, nos sentamos en un paradero a orillas de la Carretera de la Fruta, una de las más peligrosas de Chile. Los camiones vuelan hasta el puerto de San Antonio. En un momento le quiero hacer una broma. Me paro y súbitamente me acuesto en medio de la ruta. Oigo su grito desesperado, el convencimiento de lo mala que fue mi idea. Me levanto de golpe, arrepentido por la osadía.
En esta isla del extremo sur la vida transcurre distinta. Podría acostarme en el ripio y esperar un buen rato hasta que aparezca un vehículo. Veinte minutos y todavía nada. Quizás acá sí funcione la broma de mi infancia. Debería intentarlo antes de que el tráfico aumente por esta misma calle, tal como advierten los vecinos.
En algunos años, podremos utilizar este camino, la ruta Y-905, para viajar por tierra desde Puerto Williams a Punta Arenas, cruzando en ferry el Beagle y el Estrecho de Magallanes. Si bien se tratará de un recorrido bimodal que combinará tramos terrestres con breves cruces en barcaza, por primera vez se podrá ir a la capital regional sin depender exclusivamente del avión o el barco que tarda treinta horas. Navarino estará integrada así al resto del territorio continental.

Camino a Yendegaia- Fuente: Gobierno de Chile.
“Para nosotros en Williams se abre, solo pensando en Punta Arenas, un potencial económico de 150 mil personas que eventualmente podrían llegar a conocer nuestro territorio”, explica Rodolfo Moncada, delegado presidencial de la Provincia Antártica Chilena al diario El Pingüino. Su opinión difiere de la de algunos vecinos que toman distancia del posible beneficio económico y reflexionan de qué manera esta futura conexión cambiará el ritmo de vida en esta isla extrema.
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El camino lo construye el Cuerpo Militar del Trabajo en Yendegaia, Tierra del Fuego. La obra, que comenzó en 1994, debería concluir en 2031 con un costo total de 130 mil millones de pesos. En noviembre de 2025, el ex Presidente Gabriel Boric supervisó la décima etapa del tramo Vicuña - Yendegaia. A futuro, una barcaza que saldrá desde Caleta 2 de Mayo en Yendegaia conectará con la Y-905 en Puerto Navarino, 55 kilómetros al oeste de Puerto Williams. No se trata solo de una carretera, sino también de un “acto de soberanía y de presencia del Estado en la región más austral del mundo”, señaló en aquel entonces el ex mandatario, haciendo referencia a un territorio ausente por años de las principales preocupaciones de las autoridades.
Cuando vino Boric, le pregunté a Cecilia Mancilla (66), histórica vecina de Puerto Williams, qué opinaba sobre el avance. “Espero que ni en mil años terminen ese camino”, respondió. Ahora vuelvo a escribirle a propósito de esta crónica. No es una opinión cualquiera. Cecilia es una de las últimas personas que nació en Navarino, algo que ahora no está permitido ya que el Estado chileno obliga a las embarazadas a abandonar el territorio en la semana 34 de gestación debido a que el hospital local es de baja complejidad y no cuenta con servicio de maternidad.
“Si no se abre ese camino sería espectacular. Lo celebraría aunque sea yo sola, pero estaría resguardando la isla”, confiesa. Es una opinión recurrente. No son pocos los que anticipan el efecto que la carretera tendrá en esta zona, que aún funciona alejada del ritmo frenético de las ciudades. Esta sensación la resume un vecino que una vez me dijo que vivir en Williams era vivir en Punta Arenas, cuarenta años atrás. Acá las puertas permanecen sin seguro, igual que los vehículos. Las bicicletas se quedan afuera toda la noche y el índice de delitos sigue siendo bajo.
“Acá va a entrar Pedro, Juan y Diego. Ya no va a ser lo mismo. No va a ser más el lugar seguro que ahora tenemos, va a cambiar totalmente”, agrega Cecilia.
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La isla Navarino forma parte de la Reserva de la Biósfera de Cabo de Hornos, una de las zonas más prístinas del mundo. El encargado de resguardar este territorio ha sido históricamente el pueblo yagán, que lleva cerca de siete mil años habitando la isla de manera ininterrumpida.

Bahía Róbalo, Ruta Y-905.
“Me cuesta creer que la apertura de un camino sea para beneficio de la comuna”, dice David Alday (43), integrante de la comunidad yagán. David tenía cinco años cuando llegó a vivir a Puerto Williams y mira con desconfianza la futura conexión con la carretera en Tierra del Fuego.
“Están haciendo grandes construcciones que nada tienen que ver con el entorno, las decisiones de la comunidad ya no se toman en cuenta. No hay que hacerse el loco, el tema de la apertura o de la conectividad no es pensando en la familia, todos lo tenemos claro. Es porque se tiene que abrir más para la industria y todo lo que se viene para la isla, para el archipiélago. Se abre el camino, pero también otras cosas que vienen anexadas a eso, además de la fiscalización nula que seguramente va a haber”, explica.
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Recorro los tres kilómetros a pie hasta el pueblo. El camino se despliega paralelo al Onašaga que a esta hora ruge. Sus aguas se agitan furiosas. El viento helado me golpea la cara. Mueve las copas de los árboles y sacude los techos de lata. Un pórtico sobre la ruta da la bienvenida, está escrito en español y en yagán. Dice: apa sá Puerto Williams. Fin del mundo.
Eugenio Calderón (77) me espera en el centro comercial (un par de locales modestos alrededor de un patio de tierra). Me pide que me siente junto a él. En los últimos días ha soñado con su madre, Cristina Calderón Harban, la última hablante nativa del yagán. Sintió la necesidad de visitarla al cementerio de Bahía Mejillones, a orillas de la Y-905. Pidió a alguien que lo llevara, porque el transporte subsidiado que hacía el recorrido fue retirado por los recortes del gobierno.
Eugenio nació en otro sector de Navarino, en Caleta Eugenia, de ahí viene su nombre. Conoce bien la isla, también el camino que debe tomar para ir a ver a la abuela Cristina, que es como todos le decimos cariñosamente a su madre, la figura más importante en el rescate y difusión de la cultura yagán. A diferencia de Cecilia Mancilla, espera ansioso que se abra el camino hacia Punta Arenas. “Quiero que haya más turismo, más trabajo para la gente. Hay que pensar en la juventud nueva que viene. Hace falta todo lo que sea adelanto acá”, afirma.
-¿No le preocupa que Williams ya no sea tan tranquilo?
-Para qué vamos a ser tan egoístas si esto es chileno y es para los chilenos.
Para muchos resulta atractiva la posibilidad de ir a Punta Arenas en vehículo sin tener que utilizar un pasaje subsidiado de avión o sin demorarse treinta horas en ferry; visitar especialistas médicos con regularidad, ya que en esta zona no hay ninguno, o recorrer en auto el sur de Tierra del Fuego. Sentir, de alguna forma, que el aislamiento geográfico ya no es tan extremo. El problema es el precio que habrá que pagar por esto.

Camino a Yendegaia- Fuente: Gobierno de Chile
“Siempre las visiones que tenemos respecto a la calidad de vida suelen estar homogeneizadas; podemos pensar que estamos bien en la medida en que nos parecemos a otros lugares, incluso en cosas tan importantes como la salud. Pero creo que no todo tendría que pasar por la conectividad, creo que tal vez las cosas podrían mejorarse aquí mismo. Lo que yo me pregunto es por qué nunca está la posibilidad de la autonomía, ver de qué manera podemos dejar de depender”, reflexiona el fotógrafo Gonzalo Arriagada, que en 2010 llegó a vivir a Navarino.
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Vuelvo a casa caminando. Sin audífonos porque me gusta ir atento a los sonidos de la isla. Una amiga bióloga me explicó que los pájaros acá viven más tiempo porque sufren menos estrés. Me inquieta entonces que esta tierra empiece a moverse más rápido, parecido a una ciudad. ¿Logrará el auge turístico cambiar su ritmo de vida?
El suelo está resbaloso, me muevo despacio, como todo en este territorio. La Y-905 luce blanca por la nieve, se extiende hasta el extremo oeste de la isla, en Puerto Navarino.
Al llegar a mi casa me fijo en la calle: no hay autos, tampoco gente. Cuando vivía en Valdivia, mis vecinos escribían por WhatsApp “andan mirando casas” cada vez que algún desconocido transitaba por la vereda. Acá nadie anda mirando nada.
Mis perros me reciben nerviosos, saben que es hora de otro paseo. Me pregunto si en 2031 aún estarán conmigo. Abro la puerta confiado; salen disparados hacia el bosque, como los camiones que vuelan a San Antonio. Veo cómo desaparecen entre lengas y coihues de quinientos años. Detrás de ellos la calle sigue vacía.