Cruzar un océano, volver por ellos

por Gustavo Silvestre

Entre 1881 y 1920 más de un millón y medio de españoles llegaron a Argentina. Iniciaron una vida nueva, dejaron mucho atrás. O eso creyeron, porque el pasado y sus enigmas son capaces de golpear la puerta un par de generaciones después.

Octubre 2026

“Las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”. Gabriel García Márquez


Ya es de noche en Ezeiza y estoy por cruzar el primer molinete. Faltan dos horas para el vuelo, pero mis amigos tienen que retornar a La Pampa, y la ruta no espera cuando la oscuridad cae.

—Hasta acá llegamos —dice uno de los dos. Ya no sé cuál.

Mientras me alejo, vuelvo la cabeza. Veo sus siluetas desvanecerse entre los cuerpos apurados.

¿Qué tipo de deuda no prescribe ni con el tiempo, ni con la muerte? No lo sé con certeza. Pero algo en mí —un latido, una urgencia— insiste. Un impulso que viene de lejos, de muy lejos.

Un guarda, con uniforme azul y camisa blanca, me ve desorientado y me indica paciente que coloque el pasaje en el lector digital. El molinete gira y alcanzo el otro lado. Un paso más y el mundo ya es otro. No hay vuelta atrás.

Estoy entrando en el túnel del tiempo, pienso.

Me espera un largo vuelo: catorce horas, con escala en Porto Alegre. Más de diez mil kilómetros. Pero lo que voy a cruzar no es solo un océano. Es algo más denso, más profundo, más íntimo. Un abismo de generaciones.

El avión despega. La verde figura del Boeing 767 se mueve lentamente sobre el mapa en la pantalla, como un barco en miniatura surcando el Atlántico oscuro. Faltan horas para Madrid.

Cierro los ojos y, creo, me duermo. Pienso, sueño. Siempre me gustó contar historias y, desde chico, fui el de la familia que revolvía cajones en busca de fotos viejas y hacía preguntas. Amo las fotos en blanco y negro: mirar esas caras, imaginar escenas, diálogos, personajes, rellenar los silencios. Durante años me inventé aldeas, senderos, casas y esquinas que no conocía. Hasta que un día decidí dejar de imaginarlas y viajar para buscarlas.

El comandante informa, en portugués e inglés, que estamos por aterrizar en Madrid. Pide que permanezcamos sentados, pero Joao, el estudiante brasileño que tengo al lado, parece inquieto por razones muy distintas a las mías. Revisa sus papeles. Me cuenta, mientras miro sus manos temblorosas, que en un intento anterior lo deportaron luego de pasar varias horas encerrado con narcotraficantes y convictos.

Descendemos del avión. En el control, Joao da explicaciones mientras gesticula con las manos arriba. Al fin, el pasaporte vuelve a sus manos, cruza la línea y festeja con un puño cerrado. Tal vez mi bisabuela Celestina haya celebrado de esa manera cuando bajó del barco en Buenos Aires, allá por 1908.

Fuera del aeropuerto de Barajas, en Madrid, espero el ómnibus que me llevará a Salamanca. El día es luminoso, el aire casi primaveral. De ahí seguiré hasta esa aldea del noroeste español marcada con una cruz en mi mapa. Un pequeño punto, apenas, en la vastedad de España.

Ahora, ese punto arde.

***

Rodolfo Pérez García conduce el auto al mediodía. Tras una hora por la carretera principal, dejamos atrás el asfalto ancho y nos internamos por un camino comarcal, angosto y lleno de pozos. No cruzamos a nadie en los cuarenta kilómetros que nos separan de nuestro destino: Sardón de los Frailes.

Allí nació Celestina Rodríguez a fines del siglo XIX, en una pequeña aldea de Salamanca. Murió lejos, en la pampa argentina, a los 85 años. Durante las frías noches de su último invierno, mi madre la cuidaba. Fue entonces cuando habló: de su infancia, del dolor, de los silencios.

Contó que se había casado muy joven y tuvo un hijo; que poco después enviudó; que su esposo, Benito Pérez Hernández, murió de un disparo en un accidente de caza. Apenas con 21 años, escapando de la miseria, Celestina abordó el vapor Indaspi. Ese nombre aparece garabateado en un papel viejo que retuve entre mis dedos con cuidado cuando me lo mostró mi madre. Zarpó del puerto de Vigo, rumbo a Buenos Aires, el 20 de octubre de 1908.


En su pueblo quedó su hijo: Antonio Ramón Pérez. ¿Por qué lo dejó al cuidado de otra familia? ¿Por qué nunca regresó por él? ¿Por qué le habló de ese niño a mi madre, justo antes de su muerte, sin haberlo vuelto a ver jamás?

Mi bisabuelo, Anselmo Luengo, era del mismo pueblo y emigró en el mismo barco que ella como polizón, escondido en la bodega. Entre 1881 y 1920 llegaron a la Argentina más de 4,4 millones de inmigrantes, según las estadísticas de la Dirección General de Inmigración. Más de 1,6 millones eran españoles: mis bisabuelos estaban entre ellos. Buscaban paz, pan y trabajo.

En el archivo del Hotel de Inmigrantes en el puerto de Buenos Aires, Celestina aparece como “labriega”, pero de Anselmo no hay registro. Tal vez se ocultó al bajar en el puerto como lo hizo durante la travesía.

Ambos formaron pareja en la Argentina y fueron colonos en el oeste bonaerense, en Relmo y finalmente en Miguel Cané, La Pampa. Tuvieron cinco hijos. El primero nació dos años después de su llegada: Juan Manuel, mi abuelo materno.

Anselmo murió primero. Con Celestina vivieron en silencio sus últimos años, ancianos, en una casa del pueblo. Él pasaba horas en la huerta, mascando dientes de ajo guardados en los bolsillos. Ella vivió doce años más. Antes del último suspiro, con ayuda de una hija, despachó una carta y supo que Antonio, su primer hijo, el que había dejado en España, había crecido bien, trabajado de “caminero” y sobrevivido a la guerra civil.

Muchos años después escribí un mensaje en la página del Ayuntamiento de aquel pueblo. Una botella tirada al mar que encendió la historia: Rodolfo Pérez García, hijo de Antonio, respondió desde Temuco, Chile, donde vivía como cura misionero. A sus 66 años ignoraba que tenía familiares en Argentina. Su padre nunca le habló de Celestina.

A través de Rodolfo supe que Antonio había tenido ocho hijos, se ocupó de mantener transitable un camino de tierra de la comarca, después ascendió a capataz y la familia se terminó mudando a Salamanca, en una casilla con huerta y criadero de cerdos, junto a un puente romano del siglo V sobre el río Tormes. Murió en 2002, con 94 años, dejando una prole numerosa.

Ahora viajo en el asiento del acompañante y Rodolfo conduce tras las huellas del pasado. Un mediodía otoñal, bajo un cielo azul sin nubes, atravesamos el portal de acceso a Sardón de los Frailes.

Siento que, por fin, camino por la línea que une la sangre y los recuerdos de Celestina.

***

Con Rodolfo ya nos conocíamos. No pasó mucho tiempo desde aquella vez que lo contacté y él conoció la historia, para que se subiera a un colectivo hacia La Pampa para visitar a mi familia. El parecido físico con mi abuelo era increíble: mismo cabello nevado, nariz aguileña, voz serena y pausada. Era cuestión de piel; conversamos como si nos conociéramos desde siempre.

Eso había sido 12 años atrás. Lo llevamos hasta la casa donde vivió Celestina, su abuela, y visitó su tumba en el cementerio de Miguel Cané, un pueblo perdido en la llanura. Pidió oficiar una misa en la parroquia del lugar. También conoció a la hija mayor de Celestina, que alguna vez la ayudó a escribir las cartas que envió a España, pero no rescató nada: estaba enferma y había perdido la memoria.

Meses después, Rodolfo visitó a sus hermanos en España. Al mostrarles fotos y relatar la vida de Celestina durante un almuerzo, uno de ellos rompió en llanto y no quiso seguir escuchando.

-Han tomado una decisión. Quieren respetar el silencio de nuestro padre. No quieren indagar más sobre ese origen -me anunció la próxima vez que nos comunicamos.

La sombra del abandono y una intriga más pesada alejaban cualquier posibilidad de encuentro. En la historia oral de la familia de Rodolfo se daba por hecho que el primer marido de Celestina había tenido una muerte oscura. Según algunos, lo había matado un soldado, golpeando la puerta en presencia de su hijo. Otros decían que un hombre lo mató por cuestiones de “amoríos” y escapó como polizón en un barco. Los hijos de Antonio atribuían a ese trauma los silencios y el secreto de su padre.

La sospecha de que Anselmo, el segundo marido de Celestina, compañero de travesía en el barco, hubiera sido el asesino se clavó lentamente, como una espina insidiosa, en el centro del relato familiar.

Yo sabía que Anselmo era reservado, de mal carácter, y rechazaba hablar del pasado. Había perdido un ojo y conservaba uno de vidrio, secuela de “una pelea” en España. Celestina soltó la confidencia del niño que había dejado en España recién cuando él ya había fallecido.

Un primo de mi madre recordó un diálogo de Anselmo con otros inmigrantes, entre copas de vino, cuando alguien mencionó la posibilidad de regresar a España:

-¡Joder! Acá me quedo, tomando mi buena caña y comiendo asado -dijo Anselmo.

-¿Cómo vas a querer volver, si te viniste escapado? -le contestaron.

Celestina llegó a contar también que alguna vez se había carteado con una hermana de Rodolfo, y por eso tenía noticias de cuál había sido el destino de aquel niño. Ese intercambio permanecía envuelto en misterio.

-No lo sabía. Ya le pediré cuentas a mi hermana -dijo Rodolfo cuando le contamos el día que nos visitó.

Pasaron varios años hasta que Rodolfo volvió a visitarme a Santa Rosa, la ciudad donde vivo. Un día caminamos juntos varias cuadras, hasta un bar frente a la plaza San Martín. Pedimos dos cortados.

Él tomó la iniciativa y me confió la sospecha de que mi bisabuelo, Anselmo, pudiera haber matado a su abuelo, y por eso sus hermanos se negaban a revolver aquel pasado.

Rodolfo admitió que la conjetura, que a esa altura compartíamos, unía retazos con cierta coherencia. Aunque también los datos que habíamos reunido eran confusos y contradictorios. Y era cierto: Anselmo y Celestina no vinieron solos en aquel barco; dos hermanos de cada uno también habían emigrado. No parecía una fuga. O al menos, eso quería creer.

Desde esa charla pasaron cinco años sin escribirnos. Hasta que, de la nada, mandé un mensaje:

-Allá voy.

Cuando se jubiló, Rodolfo regresó a Salamanca y allí vivía desde entonces, en una casa que compartía con una familia de su congregación, a pocos metros de la plaza mayor.

-Te espero. Tengo una semana para recibirte. Te acompañaré al pueblo de tus abuelos -me respondió cuando le avisé de mi viaje.

***

Las agujas del reloj marcan el mediodía cuando llegamos a Sardón de los Frailes. Las calles están desiertas; sólo se ven casas -la mayoría abandonadas- y cercos de piedra. La iglesia, una antigua ermita dedicada a Santa Ana, está cerrada. El campanario, según la leyenda del pueblo, puede obrar milagros: es capaz de ahuyentar tormentas y granizo si su campana suena a tiempo.


Golpeamos en la casa parroquial, cruzando la calle frente a la iglesia, pero nadie responde. En la España vacía, este pueblo está más vacío que cualquiera.

De pronto, una sensación súbita me asalta. Quiero marcharme de allí. Lo necesito. Le propongo a Rodolfo sacar un par de fotos; ya es suficiente, ya basta, es hora de regresar. No quiero seguir, para no tentar al destino a confirmar los peores designios.

-Vamos, ya está. Suficiente -balbuceo.

Rodolfo me contiene sin perder la calma. Sugiere, en cambio, insistir y visitar a una familia que conoce bien por oficiar misas en la zona. En el trayecto, descubrimos a un niño que se entretiene jugando con amigos imaginarios en la soledad de la calle. Parece un sobreviviente que se ha salvado de la devastación de una especie.

Se llama Joaquín. Nos indica, señalando con el índice, cómo llegar a la casa de la familia.

Esta vez, sí, la puerta se abre. El matrimonio de ancianos acaba de almorzar, pero insisten en preparar algo rápido para comer. Nuestros estómagos aceptan con gusto. Los nombres que nos llevaron hasta allí son extraños para ellos; no los recuerdan.

-Aquí quedan 80 personas. Las tengo contadas, una por una -jura él.

-Hay un niño nada más. Todos los días lo llevan a la escuela a otro pueblo -dice ella.

-Claro -replico-, se llama Joaquín.

Sardón de los Frailes se fundó en la Edad Media. Estuvo bajo señorío eclesiástico hasta el siglo XIX -los campesinos pagaban renta por la tierra a la Iglesia- y en 1833 se integró a la provincia de Salamanca. La construcción de una presa gigante, la más grande del país, marcó como un navajazo la triste deriva del lugar.

El dictador Francisco Franco inauguró con pompa, en 1970, la presa de Almendra, el embalse de agua de mayor superficie del país. Una gran obra, símbolo de modernización y fuente de energía para extensas regiones, que retuvo el agua y anegó la mitad de la comarca. Así, ahogó las ilusiones de muchos lugareños que habían labrado surcos en esas tierras toda la vida. Desde entonces, el ayuntamiento de Sardón cobra regalías y con ellas construyó un natatorio de lujo en un pueblo casi vacío.

-No queda gente acá. En el verano sí vienen familiares, para las fiestas - dicen.

Terminamos de almorzar chanfaina, un plato de arroz y menudos de cordero, damos las gracias y nos despedimos. Ahora vamos hasta la vivienda de un exalcalde, que tal vez conserva alguna pista que nos oriente. Lo encontramos dormitando en una mecedora, en la galería del patio. Golpeamos las palmas para despertarlo.

-Yo ni siquiera había nacido -se disculpa.

No puedo evitar pensar que perseguimos dos fantasmas que se habían marchado de allí hacía más de un siglo.

El exalcalde frunce el ceño y sugiere que la persona que podría ayudarnos es la secretaria del ayuntamiento, que viaja desde Salamanca dos veces por semana; por casualidad, hoy es uno de esos días.


A los pocos minutos, los tres nos sentamos frente al escritorio de la joven secretaria. Tiene los labios pintados de rojo carmesí y luce un traje azul brillante, elegante, apto para salir de noche en la ciudad. Simpática y diligente, avizora la oportunidad de escapar del tedio y la rutina de la oficina.

Explica que toda la documentación disponible en el archivo del ayuntamiento ha sido digitalizada. Una impresora Epson arroja primero, con fría eficiencia, copias de las actas de nacimiento de mis bisabuelos y sus hermanos. Cuando ella cree que la faena está concluida, la sorprendo con otro pedido: el acta de defunción. La que certifica el deceso de un hombre que, suponemos, murió de un disparo: Benito Pérez Hernández.

La impresora escupe la copia, pero la secretaria advierte que no se lee bien: la letra está borrosa. Pide que esperemos un momento para ir a buscar el libro que contiene el acta original. Regresa a los pocos minutos con un grueso tomo polvoriento bajo el brazo. Lo abre.

Y ahí está el acta. Borrosa, como la muerte misma.

***

-Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí? ¡Un novelón!

La secretaria sostiene el libro abierto en la página del acta original. Después de unos segundos, no finge su sorpresa. No era habitual que los funcionarios del ayuntamiento registraran tantos detalles sobre las circunstancias de una muerte. No era un acta cualquiera.

Resuelta a asumir un rol activo, toma aire y lee en voz alta, pausada y clara:

En Sardón de los Frailes a las diez del día 18 de septiembre de 1906, ante don Juan Manuel García, juez municipal, y don Rafael Luengo Delgado, secretario, compareció don Eleuterio Sánchez Rodríguez, con su cédula personal número 128, natural de Zamora, domiciliado en el pueblo, manifestando que Benito Pérez Hernández, natural de Villa de Peralonso, de 29 años, domiciliado en Villaseco de los Reyes, falleció a las seis de la mañana del día 17 en ‘el domicilio del declarante’, a consecuencia de ‘herida producida por arma de fuego’, según certificación facultativa que presenta para obtener la correspondiente licencia de enterramiento.

La mujer levanta la vista. Nos miramos con Rodolfo.

En vista de esta manifestación y de dicha certificación facultativa, que queda archivada, el señor juez municipal dispuso que se extendiese la presente acta, consignándose en ella, además de lo expuesto por el declarante y en virtud de las noticias que se han podido adquirir, las circunstancias siguientes:

Que el referido finado estaba casado al momento de su fallecimiento ‘con Celestina Rodríguez Bajo, natural de este pueblo, de veinte años de edad, dedicada a las tareas de la casa, y domiciliada en el de su marido, de cuyo matrimonio no tiene ningún hijo, por no hacer más que cuatro meses y medio que están casados, si bien según manifiesta la Celestina, se halla embarazada’.

Que era hijo legítimo de Antonio, ya difunto, y de María Antonia, igualmente fallecida. Y que su cadáver se habrá de sepultar en el cementerio ‘de este pueblo, según orden judicial’.

Otra pausa en la lectura. Toma aire y continúa:

Asimismo, se hace constar que ‘no otorgó testamento y que el motivo de su muerte en este pueblo fue a causa de que, habiendo acudido a hacerle una visita a la familia de su esposa, estaba limpiando el revólver, que se le ha disparado accidentalmente’.

Quedan testigos de esto: (dos nombres ilegibles).

Leída íntegramente esta acta, e invitadas las personas que deben suscribirla a que la leyeran por sí mismas si así lo creían conveniente, se estampó en ella el sello del Juzgado Municipal y la firmaron el señor juez, el declarante y los testigos.

Con Rodolfo quedamos en silencio, como si cada palabra hubiera sellado nuestros labios. La secretaria, curiosa, exige las piezas faltantes del rompecabezas. Balbuceamos algunos datos sueltos, inconexos. Agradecemos su deferencia y salimos a la calle, dejando sin respuestas lo que nosotros tampoco sabíamos.

Respiro hondo. El aire inunda mis pulmones y me rescata de un ahogo incipiente. Arriba, el sol entibia la piel. El exalcalde tiende su mano rugosa; prefiere volver a pie a su hogar.

-Lo recomendó el médico -se disculpa.

Como autómatas, subimos al auto y retomamos la ruta. Un sopor irrefrenable me sumerge en cavilaciones. Repaso y ordeno ideas. Busco explicaciones.

El primer marido de Celestina murió, efectivamente, por un disparo. Pero el tiempo puede haber distorsionado la verdad. El acta, bendita o maldita, parece devolverla a su cauce. El arma se disparó accidentalmente, sin intervención de nadie más.

Algo más: Celestina estaba embarazada. Ningún niño presenció la tragedia; el hijo nació seis meses después.

¿Por qué ese niño, ya hombre, nunca habló de lo vivido con sus hijos? ¿Por qué la familia no había hallado antes esta acta, archivada a apenas seis kilómetros del pueblo donde nacieron y crecieron?

¿Habría esta evidencia despejado el dolor del abandono y la tragedia? ¿Fue necesario un viaje de diez mil kilómetros, más de un siglo después, para revelar el secreto?

Despierto sobresaltado en el acceso de Salamanca. Rodolfo y yo seguimos en silencio.

Después de la cena, junto a la comunidad cristiana donde vive, Rodolfo relata el hallazgo. Sus oyentes escuchan con asombro. Confiesa que la letra del acta le proporcionó un gran alivio. Durante años, atribuyeron el silencio de su padre al trauma de presenciar la muerte violenta de su propio padre. Ahora comprueban que eso era imposible; ni siquiera había nacido. Compartimos el brindis. Su alivio es también el mío.

La noche avanza. Me levanto al otro día renovado y miro por la ventana las cúpulas de las iglesias de Salamanca. En pocas horas tomaré un tren a Galicia. Recorreré otros lugares de España durante tres semanas, hasta regresar a casa.

***

Ahora atravieso otro portal. El del cementerio de Miguel Cané. Camino entre panteones hasta la parte más vieja, donde hay tumbas blancas descascaradas, ladrillos rotos y cruces de hierro y chapa en las que se borraron los nombres de quienes yacen allí.

El silencio se puede palpar. Es sólido. El arrullo de una paloma lejana apenas lo perturba. Me detengo ante la sepultura que lleva las placas de bronce de Celestina y Anselmo.

Mis pies están en el mismo sitio donde se paró Rodolfo, alguna vez, para entrelazar los dedos y dejar una oración por una parte ignorada de su estirpe. Y también donde un día hallé las fechas que buscaba para armar mi árbol genealógico.

Anselmo tal vez cargó, sin saberlo, con la sospecha de un crimen que no cometió. La historia del asesino que escapó empieza a desdibujarse. ¿A quién creerle: al juez del pueblo o al recuerdo roto de una familia?

Viajé para cerrar un círculo, y aquí, frente a las tumbas de mis bisabuelos comprendo que hay historias familiares que no se cierran. Apenas cambian de manos. Me arden los ojos. Me los seco. Miro otra vez las fotografías en blanco y negro. El tiempo ha borrado casi todo: las voces, los gestos, las certezas. Pero no sus rostros.

Pienso entonces en Celestina. En aquella mujer embarazada que quedó del otro lado de una tragedia, con un hijo por nacer y una historia que nunca terminó de ser contada. Hay también una sombra de abandono que atraviesa su historia. Una sombra que los documentos no pueden medir y que acaso tampoco podamos conocer.

Somos herederos de una pregunta. Y quizás esa pregunta sea, más que cualquier respuesta, la que seguirá viajando con nosotros. El hilo que comenzó con Celestina todavía me alcanza.

Volver por ellos significó, en el fondo, volver por mí.