Con la guardia alta
por Susana Franzese
Mientras suena Calle 13, en un primer piso en el centro de Viedma, un grupo de mujeres practica boxeo. Y hacen del deporte algo más que un combate: preparan sus cuerpos para la defensa, para no permitir la violencia que otros pueden ejercer sobre ellas, para saberse fuertes, para sentir que no están solas.
Fotos: Fernando Arias

“Tened cuidado; porque soy intrépida y, por lo tanto, poderosa.”
Mary Shelley
Un día de 2018 Romina Alcaraz va hasta un gimnasio donde dan clases de boxeo. Quiere anotarse. Intenta salir de un duelo hondo por una pérdida familiar. El instructor le dice que el ingreso no se le niega a nadie.
Ella sabe y siente que su género carga con el peso del prejuicio y el prejuicio es invisible, un airecito denso que lo atraviesa todo. Pero hay una fuerza interior, una generosidad y una determinación en ella, que se vislumbra en la fiereza de su mirada.
Comienza a entrenar. En el ring calcula hasta dónde puede llegar, busca los espacios donde permanecer y avanzar, comprende cómo superar la percepción de su cuerpo y el cuerpo de ese otro que por momentos rechaza. El boxeo es un deporte de contacto…
-Y las mujeres no estamos acostumbradas al contacto físico ni siquiera en los juegos infantiles -dice ahora.
Lo acepta, aprende a mezclarse con el sudor del otro, ese olor desconocido y rancio que se vuelve familiar a lo largo de cada entrenamiento.
Romina es politóloga, se especializó en género en la Universidad de Barcelona y trabaja activamente en programas sobre masculinidades y violencia. Está habituada a luchar, no llega a los 40 años, pero tiene una trayectoria en cuestiones de género, trabajo y más trabajo para modificar la realidad a como dé lugar. Como académica y docente su primer movimiento es formarse: empieza a tomar cursos sobre entrenamiento funcional y hace el instructorado en deportes de combate.
Tiene una sonrisa franca, su voz tiene un tono dulce, casi íntimo, es precisa en sus ideas y las comunica con claridad. Su apellido español, con una marcada raíz musulmana (al-qaṣr) es sinónimo de fortaleza, de fortificación, de defensa y es fácil asociar esta idea con su imagen atlética.
Después de cinco años de practicar el deporte, de notar cómo su cuerpo se iba fortaleciendo y su mente aprendía estrategia, velocidad y coordinación, descubre que podría crear un lugar exclusivo para mujeres que boxean.
El tiempo está a su favor, un entrenador que ve su potencial la anima a seguir ese impulso. Está naciendo en su mente y su corazón la idea de Guardia Alta, un espacio de entrenamiento de boxeo femenino recreativo con una visión nueva. Superar los límites que las mujeres consideramos inamovibles.

Hasta hace unos años el boxeo era una cuestión de pura competencia. Un entrenador trabajaba con dedicación para que su aprendiz ganara peleas. Eso era todo. Desde que en 1867 se formalizaron las Reglas Queensberry, marcando el surgimiento del boxeo moderno, todo estaba enfocado en competir y esto iba también para las mujeres, aunque su práctica fuera ilegal.
El boxeo, nacido inglés y con independencia de género, un siglo después, cuando el atletismo comenzó a organizarse, se volvió internacional y masculino, reforzando la imagen de James Figg, considerado el primer campeón de la historia, e invisibilizando a Elizabeth Wilkinson Stokes, su par femenina y contemporánea. Pasarían 225 años hasta reconocer de manera oficial el boxeo femenino. Más de dos siglos de lucha, disciplina, prohibiciones y continuidad en los márgenes.
El cuerpo de las mujeres era territorio restringido, y las boxeadoras habitaban un mundo invisible. Aunque hasta 1972 las mujeres no podían participar de algo tan simple como correr una maratón, se enfrentaban en combates feroces en los márgenes del mundo del deporte.
El primer campeonato de boxeo femenino fue celebrado en el año 1997 en Estados Unidos. A pesar de que el primer combate oficial se había realizado un año antes en Inglaterra, liberando la prohibición para las mujeres sobre este deporte, el campeonato del ’97 permitió la habilitación de licencias, reconociendo que las mujeres estaban en igualdad con los hombres para la práctica y difusión del boxeo. Este proceso permitió en el año 2000 la fundación de la Asociación Internacional de Boxeo de Mujeres (WIBA) que regula el boxeo femenino en el mundo.
Mujeres fuertes. Mujeres que entrenan. Mujeres que boxean. Mujeres que entrenan y boxean.
Es 8 de marzo de 2025. Luego de un año y medio de trabajo para definir y diseñar la identidad de esta propuesta, Romina Alcaraz lanza Guardia Alta como marca, lo presenta como un espacio de boxeo recreativo destinado a mujeres e identidades feminizadas, lo define como clave para pensar abordajes creativos, preventivos y comunitarios.
-La inclusión en el mundo del boxeo es un aporte a la lucha de los derechos de las mujeres. Este proyecto trasciende el entrenamiento y lo deportivo, apunta a visibilizar lo que las mujeres vivimos a diario, las violencias que padecemos, la carga de cuidados, la precarización laboral y la brecha salarial. No podemos dejar de mencionar la carga mental que nos afecta por tener que estar en todos lados y con la exigencia de ser las mejores siempre -dice Romina Alcaraz.

Viedma, Patagonia Norte. Un gimnasio donde se imparten clases de boxeo. Ahora Romina es la instructora. Ha encontrado ese lenguaje que buscaba y está construyendo un espacio donde las reglas pueden cambiar. Primero para un público más acomodado, con poder adquisitivo, luego para vecinas del Loteo Silva, donde la violencia y los problemas crónicos de salud son el foco. Competir y ganar ya no es el objetivo excluyente. La defensa pesa más que el ataque.
Las mujeres se hacen cargo de su violencia y la gestionan sin disimularla, sin pasteurizar su fuerza, y con cuerpos preparados para luchar y defenderse. Importa la estrategia, la concentración, la cooperación, el crecimiento. El grupo crece y se afianza, ya no hay cupos para las clases hasta fin de año. Se corre la voz.
-Si tengo que definir Guardia Alta en una palabra es red -comenta una de esas mujeres.
Hoy en un primer piso a la calle, en la zona más céntrica de la ciudad, el salón, luminoso y austero, donde funciona Guardia Alta se llena de voces al atardecer. Las mujeres de todos los estratos sociales, algunas con trabajos remunerados, otras jefas de familia o estudiantes que con esfuerzo mantienen ese espacio para ellas, a partir de los doce y pasados los cincuenta años, asisten a las clases buscando una actividad aeróbica, no paralizarse frente al miedo, ganar fuerza muscular y también despejar su mente. La salud mental, el propio reconocimiento ante situaciones de violencia y abuso y la descarga de la actividad física constituyen parte de los intereses de estas mujeres, como así también la regulación del peso y la salud física.
El objetivo es colectivo y la inclusión de diversidades una meta sobre la que se está trabajando. Libres, atrevidas, serenas, con sus calzas coloridas, se ríen, se ayudan, se sostienen. Y mientras suena Calle 13 y su Atrevete-te-te, dicen:
-Vengo porque acá me siento yo.
-Esto me ayudó a defenderme de mis miedos.
-Es un espacio de reconstrucción, de conciencia, de poder, somos amigas.
En mayo de 2025 el grupo participó del primer Encuentro de Mujeres “Empoderate”, realizado en Viedma, que busca promover disciplinas deportivas en las que se pone en valor la fuerza de las mujeres y las posibilidades que brinda el entrenamiento en deportes a los que las mujeres no están tan habituadas. Fuerza y comunidad.
-Después de un guanteo, con la guardia alta, las chicas se abrazan- cuenta Romina, y dice que ahí está el origen del nombre. Guardia Alta como cuidado. Físico y mental. Por encima de las desigualdades económicas, violencias y prejuicios. Donde competir no es excluyente. Un lugar que sueña un mundo radicalmente plural, con más imaginación, más confianza, menos miedo, menos sparring.
En eso andan, estas mujeres.