“Cómo hubiera sido nuestra vida si todo ese horror no hubiese sucedido”

por Florencia Yanniello

Testimonio de Graciela Alemán, cesanteada en Fundación Bariloche, su marido Beto Giusti fue detenido en 1977 en Buenos Aires y sigue desaparecido.

Marzo 2026

En este aniversario del Golpe colocarán una placa en Fundación Bariloche en memoria de Beto Giusti, mi compañero, y me entregarán mi legajo reparado: ambos aparecíamos como cesanteados.

Mi hija está muy movilizada con la reparación de mi legajo. Dice que es importante ese gesto, porque deja constancia de que no dejé de trabajar en Fundación por decisión propia, sino como consecuencia del terrorismo de Estado.

Ella era muy chica cuando desapareció Beto, pero hay cosas que nunca dejan de estar presentes y se pregunta, inevitablemente, cómo hubiera sido nuestra vida si todo ese horror no hubiese sucedido.

Nosotros llegamos a Bariloche a fines de 1976, en plena dictadura. Había persecución no sólo de personas, sino también de instituciones y mucha gente exiliándose. Beto y yo habíamos estado trabajando en el Instituto de Cálculo y en la Universidad de Buenos Aires (UBA) como docentes y fuimos despedidos. Pasamos a emplearnos en una empresa privada, cuando desde Fundación Bariloche le hicieron una propuesta de trabajo a Beto. Así fue como llegamos al sur con nuestra hija Marina, que en ese entonces tenía un mes y medio.

Tanto Beto como yo habíamos estudiado en la UBA lo que entonces se llamaba computador científico. Al entrar en Fundación, una institución académica que luego pasó a ser una unidad asociada al CONICET, trabajamos ambos en el Área de computación con el Modelo Mundial Latinoamericano.

Fuimos muy bien recibidos por los nuevos compañeros. Nos integraron enseguida al grupo, nos invitaron a sus casas, compartimos cenas, actividades. Me acuerdo de que fuimos a un rally. Nos contaron de las bellezas y dificultades del lugar: que a veces las cañerías se congelaban por el frío o de los lugares a dónde ir a juntar hongos. Tengo un hermoso recuerdo de esos primeros meses.

Hasta que llegó el horror.

En julio de 1977 Beto viajó a Buenos Aires por la venta de un departamento y paró en casa de mi hermana. A los dos días, mi cuñado viajó a Bariloche y me contó lo ocurrido: Beto había salido de su casa, diciendo que regresaba por la tarde, pero no lo hizo. Al día siguiente, apareció esposado y engrillado con gente de civil a retirar sus pertenencias. Se llevaron su bolso y desde ese momento no se supo nada más de él.

Busqué a los compañeros de Fundación para contarles la situación. Nos reunimos urgente en la casa de uno de ellos. Alguien planteó que yo tenía dos opciones: o cruzar a Chile con Marina, ante el riesgo de que nos agarraran a nosotras también, o volver a Buenos Aires a buscarlo.

Al otro día viajé con mi hija a Buenos Aires. Esto pasó un fin de semana y no llegué a hablar con las autoridades de Fundación. Los compañeros fueron quienes informaron sobre la desaparición de Beto y los que se ocuparon de hacer mi mudanza.

Una vez en Buenos Aires hablé con cuánta gente conocía para mover hilos y averiguar algo de Beto. Fui varias veces a las oficinas de Fundación para saber de las diligencias que estaban haciendo ellos. La respuesta fue siempre que no tenían ninguna novedad. Después de un tiempo dejé de ir. No sé si realmente alguna vez hicieron algo. Los habeas corpus, las visitas al Episcopado, los contactos de gente cercana a militares, los hice yo por mi cuenta. Sin ayuda de nadie.

Conseguí un departamento en donde vivía clandestina con Marina. Fue una época muy difícil para mí. Finalmente me fui del país.

Siempre me pregunté si era posible que no supieran nada desde Fundación.

Pasó mucho tiempo hasta que vino la reparación, la gente que se empezó a ocupar. Primero la Secretaría de Derechos Humanos de Río Negro puso una baldosa en Bariloche en memoria de Beto, luego CONICET puso una placa en Buenos Aires y me entregó también el legajo de Beto reparado. Todo eso ayudó a calmar el dolor de las heridas.

Aunque vuelven a abrirse una y otra vez.

Yo me enteré del tema de mi legajo muchos años después de la desaparición de Beto y a través de Soledad Pérez, ella lo hizo posible junto a la Comisión de la Memoria de CONICET. Gracias a ella me he sentido todos estos años acompañada, protegida, cuidada, abrazada en el dolor.

Hoy me siento profundamente conmovida y agradecida con todas y cada una de las personas que han dedicado su tiempo y esfuerzo por la memoria. Porque siento que la reparación y la placa no son solo para mí o para Beto. Es mucho más que eso. Es por todos los que sufrieron la dictadura. Es estar siempre allí, en la batalla. En los momentos fáciles y en los más difíciles, como este duro presente que implica remar contra la corriente. Es regar la memoria todos los días. Es volver a decir NUNCA MÁS.