Bestias perfectas, la sentencia. El error.

por Mariana Komiseroff

Tres años atrás en La Pampa se conocía la sentencia a prisión perpetua dictada para Magdalena Espósito Valenti y Abigail Páez por el homicidio agravado del niño Lucio Dupuy. ¿Hay corrección posible ante lo irreversible? Una metáfora involuntaria obliga a reflexionar sobre los límites del lenguaje, los límites de la justicia.

Febrero 2026

El error es mínimo. Una i de más. Casi imposible de detectar.

Está ahí, en el lomo de Bestias perfectas, y profundiza el sentido del libro sin que nadie lo haya buscado. Quedará así en las bibliotecas, en las casas, en las manos de quienes lo leyeron, de quienes lo leerán. No se puede corregir lo ya impreso. El error late en el significante y lo vuelve irreversible

Lo escrito, lo nombrado ¿puede volver atrás? Un libro, una sentencia, un nombre en un expediente, pueden corregirse en futuras ediciones, comentarse, discutirse, reescribirse alrededor, pero la primera inscripción persiste. Ya no hay versión limpia sin ese rastro.

Estaba en una entrevista radial, el libro acababa de salir y mientras conversábamos el conductor señaló el Bestias Perfectias en el lomo y fue como un golpe. Le escribí a mi editora de inmediato. Se corregirá en futuras ediciones, dijo. Pero esa primera versión ya existía, y seguirá existiendo.

La corrección supone una fantasía previa: que hay un estado anterior o posterior mejor, justo, ordenado, al que se puede volver o aspirar. En literatura podemos considerar el acto de la corrección como el verdadero ejercicio creativo, siempre antes de que el texto sea publicado, claro. Lo corregido es mejorado. En el caso del error en el título del libro, tal vez lo mejore y complejice.

Ese mismo día en el taller grupal de escritura, cuando lo conté, mis colegas se alegraron de tener “la edición con el error”. Tal vez fue solidaridad. Tal vez intuición. Algo de eso me alivió.

El título de mi libro sobre el crimen de Lucio Dupuy (el niño de cinco años asesinado en Santa Rosa, La Pampa, el 26 de noviembre de 2021 por su madre y la pareja de su madre hoy condenadas a cadena perpetua) es, en sí mismo, un oxímoron. El sustantivo bestias representa lo instintivo, lo brutal, lo corporal, lo no domesticado y el adjetivo perfectas lo acabado, lo correcto, lo moral, lo cerrado. Pretendí con ese título adelantar la contradicción irresoluble, imposible de superar que está en toda la investigación.

El error tipográfico —Bestias perfectias— no rompe esa lógica, lo acepté después, sino que la profundiza. La i de más introduce una falla mínima y desarma la pureza del sintagma, vuelve visible que lo perfecto nunca lo es del todo, deja el oxímoron expuesto en la materialidad misma del lenguaje. No es solo un error gráfico es la prueba de que la perfección siempre está mal escrita.

Hoy es el aniversario de la sentencia que condenó a Magdalena Espósito Valenti y a Abigail Paez a cadena perpetua por el delito de asesinato triplemente agravado por ensañamiento y alevosía y abuso sexual agravado. La sentencia es un texto jurídico necesario que dicta penas o absoluciones sin metáfora y cumple una función imprescindible: su performatividad como acto del habla organiza las responsabilidades en un lenguaje legal, nombra a las culpables, clausura el proceso. La autoridad que la pronuncia crea, modifica o extingue derechos y realidades sociales. Pero no corrige el asesinato, no lo repara ni lo reescribe. Solo lo inscribe en otro régimen. Se esperaba de la sentencia el cierre y el alivio de la justicia, por eso generó tanto rechazo y expectativa al mismo tiempo, pero la sentencia es siempre un texto posterior al desastre, llega tarde.

El punctum, en términos de Roland Barthes, es la i maleducada con su fuerza expansiva, el detalle punzante que no lastimaría si hubiera sido puesto intencionalmente por mí o la editorial. Una herida, un pequeño corte tal vez obra de la casualidad, un azar, un suplemento gratuito de sentido e inevitable. Una explosión deja una pequeña estrella en el cristal del texto. Una especie sutil de más allá del campo como si la palabra quisiera mostrar algo más de lo que yo misma como autora fui capaz. El libro, la literatura y el punctum, sobre todo el punctum, se hace sorprendente a partir de que no se sabe por qué ha sido escrito.

Tal vez este no es un libro para consumirse de manera estética sino políticamente ya que pocas veces es eficaz lo que rebosa de calidad hegemónica o estilizada sutilidad. La literatura no está para corregir lo incorregible. Está, en el mejor de los casos, para no mentir sobre ese límite.

Lo impreso es una forma de irreversibilidad y no es solo lo que está en papel, es lo que sale del tiempo del borrador. La sentencia también es un texto impreso, fijado, que imprime orden y la corrección es un consuelo moderno. Vivimos en una época obsesionada con corregir discursos, pedir perdón, aclarar intenciones, revisar términos, reescribir, es un poco eso también el prólogo de Bestias perfectas. Esto tiene valor político en muchos casos, pero frente al asesinato, esa lógica fracasa. La corrección funciona cuando el daño es simbólico. Cuando el daño es material, corporal, irreversible, la corrección se vuelve una fantasía. No habrá edición revisada. No habrá texto ni acción que devuelva lo que fue arrebatado. Cuando esos hechos que rompen la línea de tiempo suceden, en el mejor de los casos una sentencia que dicte el monto de la pena se acercará a alguna idea de justicia, que a la sociedad no le alcanzará nunca porque solemos confundirla con venganza. Un error que no se pueda enmendar es una falla del sistema que no se ajusta. Es una interrupción radical, un acto que no puede deshacerse. No hay manera de volver a un estado anterior.

Aceptar lo incorregible es duro porque quita la ilusión de reparación, desarma la expectativa de cierre, nos deja a todos en falta. Lo que me interesa no es lo correcto, sino lo verdadero, y lo verdadero siempre está un poco mal dicho. El error dice algo que yo no pude. La i de más en Bestias perfectas no simboliza el asesinato. Eso sería obsceno. Lo que hace es poner en escena el mismo régimen de irreversibilidad en otra escala.

El asesinato es el hecho impreso por excelencia, no admite borrador. Y el mundo sigue, seguirá. Pero ya no es el mismo mundo. Todas las correcciones posibles alrededor, incluida la sentencia, incluido mi libro son en el fondo, ficciones tranquilizadoras.