Amarrar una isla al continente

por Violeta Moraga

En Chile, 2700 metros de acero y hormigón pronto unirán la Isla Grande de Chiloé con la tierra firme. El puente en construcción divide las aguas entre los que están a favor en nombre del progreso, y los que creen que la mole pondrá en riesgo la esencia de un pueblo insular lleno de mística y rodeado de un ecosistema diverso.

Mayo 2024

Los encuentros con mi hermana siempre incluyen algún capítulo para hablar de Chiloé. Rodeamos con evocaciones aquel lugar en el que vivimos algunos años de nuestra infancia. Tiramos del hilo de los recuerdos como si arrastráramos una valija vieja con postales que desmenuzamos. En el verano me contó que en uno de sus últimos paseos por la isla chilena, desde la orilla ya se veía el avance de la construcción del puente Chacao, una obra colosal: 2.700 metros de acero y hormigón sobre el Pacífico para unir al continente esta tierra que abraza el mar.

Me lo dijo al pasar, mientras metíamos los pies en el agua helada del lago Nahuel Huapi en Bariloche, donde vivo, y juntábamos coraje para zambullirnos en esa belleza intacta con la que a veces es difícil interactuar. Duele el frío. Se resiste con valentía.

En contraste con la quietud de las aguas que me rodeaban pensé en las olas del mar Pacífico que se levantan en esa otra parte del mundo como el lomo de un animal prehistórico y golpean con fuerza las embarcaciones que cruzan de un lado al otro del Canal de Chacao, histórica entrada y salida del archipiélago de Chiloé.

El debate sobre la obra lleva muchísimos años: que puente sí, que puente no, que se pierde el encanto, que se acortan los tiempos, que quién tiene apuro, que se reactivará la economía, que una isla es una isla y otras cosas más serias vinculadas al medioambiente y al despilfarro económico de un proyecto tras otro, generación tras generación.

-Al transbordador lo van a mantener igual, como una opción- dice mi hermana leyendo en mi interés cierto temor a que las cosas cambien. A que dejen de ser como son. Como eran. A que se trastoque la memoria. Como si desde que conocimos la isla, allá por los noventa, todo hubiera permanecido en una bola de cristal inmóvil: un paisaje bañado por bolitas de telgopor, un mundo sumergido, quieto y perfecto, que cada tanto uno agita para volver a dejar, luego, todo en su lugar.

-¿Cuánto crees que va a durar? -pienso en voz alta y rememoro el ida y vuelta de estas tremendas embarcaciones, con su doble proa y espacio para unas cuatrocientas personas -además de cargar sobre su espinazo distintos tipos de transportes, buses, autos, camiones- que llevan 40 años tocando de un lado y del otro los bordes de la tierra.

Y pienso más. Pienso que la isla va a dejar de ser isla cuando el puente la ate al continente y los autos vayan y vengan en tres minutos a diferencia de los 25 o 40 que se demora en la actualidad el ferri. Pienso que es posible que pierda su condición de isla. Y más trágicamente, que es lógico, que todo se desmorone. Es un tiempo así, todo va dejando de ser lo que era.

*

La pandemia aceleró muchos procesos. Miles de personas pensaron que la vida que llevaban adelante no era realmente la que querían. Otras descubrieron que podían, que debían, que era posible, salir de la ciudad que habitaban y conseguir una porción mayor de aire para respirar. Otros todavía llevan el barbijo puesto.

Junto con la tragedia, las migraciones se aceleraron en todo el mundo. Chile no fue la excepción y muchas familias dejaron la ciudad capital, ese Santiago hundido en el smog, para buscar nuevos rumbos con algún proyecto nuevo o la laptop bajo el brazo. Los colegios en el sur, ese nuevo lugar en el mundo, se llenaron y ya no hubo cupo, ni casas en alquiler.

Entre las personas que llegaron a la región también están las que trabajan en la construcción del puente. Familias enteras se instalaron en el sur para estar cerca de la obra. Así me cuentan, pero no logro hablar con ellas. Las gestiones dependen de una serie de permisos y mails sin respuesta.

Quizás el camino desde el principio debe ser otro: ¿Qué piensa la gente de la isla de todo este asunto? Hablo entonces con Natalia Aburto Cárcamo que vive en Puerto Varas, pero nació y se crió en Quellón, una de las ciudades casi al extremo sur de la isla, justo donde termina la carretera Panamericana, conocida como Ruta 5: una arteria que atraviesa el país de punta a punta en 3.363 kilómetros.

Allí, donde parece que se llega al borde del mundo, aunque todavía queden un reguero de islas del archipiélago hacia abajo, vivió con su familia hasta los quince años, cuando se fue con su hermana que realizaba sus estudios universitarios en Puerto Montt. La idea era que ella también tuviera acceso a una educación mejor, cuenta.

En plena adolescencia el cambio fue importante, pero poco a poco se adaptó a los nuevos quehaceres de esa ciudad pujante a la que otras veces llegaron, como tantos chilotes, a comprar los uniformes y los útiles escolares. Aprendió a cocinar, realizar compras con nuevas distancias, el fuego por las tardes. De alguna manera, un puente imaginario ya se tejía de lado a lado. “Desde muy chica empecé a escuchar del proyecto, pero nunca se vio nada, ni se hablaba de eso en la televisión. Ningún habitante creía que lo del puente se iba a lograr”, dice.

Todavía, a estas alturas, las dudas siguen a pesar del movimiento que avanza sobre las aguas llevando adelante un plan con años de giros y contragiros. La semilla que dio origen data de la década del ‘60, aunque todo quedó en papeles. El peregrinaje continuó en avanzadas y retrocesos de acuerdo a los gobiernos de turno y las distintas dificultades que fueron surgiendo.

En el 2012, el entonces presidente Sebastián Piñera insistió con que la obra se realizaría. Sería el hombre que llevara adelante la construcción del puente colgante más largo de Latinoamérica: un hito de la ingeniería. Fruto de la decisión y la voluntad.

Actualmente, a cargo de la firma coreana Hyundai, la obra, que comenzó en el 2018, avanza con pronóstico de ser terminada para el 2026 y ya hay cerca de un 50% construido, aunque poco se ve: la mayor parte, dicen, está bajo el mar.

“En el colegio nos hacían debatir, dar nuestra opinión y siempre estuvo muy dividido: la mitad apostaba a que era una mala idea y la otra mitad a que era buena. Yo estaba dentro de esa opinión. Sigo dentro de esa opinión”, dice Natalia y le quita tragedia al asunto: ve la obra con ojos positivos para saldar todas las dificultades que significa cruzar el canal.

Como tantos, cree que en todo caso los turistas -uno de los pilares de la economía del territorio, junto con el negocio pesquero y la agricultura- pueden elegir cómo llegar. Además, menciona otras potenciales situaciones que se escuchan en la isla como un mantra: “Cuando hay una emergencia y las ambulancias quieren cruzar no tienen otra forma que hacerlo en el transbordador, que retarda el desplazamiento”.

Es ese devenir del día a día queda de lado la idea romántica y la magia de cruzar el mar en un día brillante: la tierra una línea oscura que a lo lejos va tomando forma, la orilla que se acerca, el devaneo que arrulla el ingreso.

En la urgencia, lo único que se espera es que ojalá el transbordador salga a tiempo, que alcancen a entrar y que no tengan que esperar al próximo o depender de las condiciones climáticas. Ella misma puede dar testimonio de la necesidad imperiosa de salir de la isla cuando tuvo apendicitis y fue trasladada de urgencia a Puerto Montt.

*

No sé cuántas veces crucé esta porción de agua entre Pargua y Chacao, pero todavía puedo rememorar la extrañeza de la primera vez, cuando desembarcamos siguiendo un proyecto apícola campesino de mi papá: llegamos como tantos otros foráneos, a maravillarnos del misterio que abonan los relatos mágicos que se urden como los telares, hilo por hilo.

Bienvenidos a la isla grande de Chiloé. El cartel al ingreso aún aparece como la promesa de algo que hay que descubrir mientras se avanza por el camino de acceso que baja serpenteando hacia la primera ciudad. Las rosas a los bordes de la ruta, los espinillos a lo lejos: una mancha amarilla que crece, el rastro de un arbusto extranjero traído para dividir las parcelas que se hizo plaga y ahora prospera sobre las lomas verdes que se despliegan hasta desaparecer o toparse con alguno de los ríos, un mapa superpuesto.

Los ulmos robustos abriendo sus flores blancas. La humedad que nutre una naturaleza exuberante y cultiva un suelo esponjoso donde las pisadas son una aureola brillante. Los tambores de leche tibia. Los bueyes de a pares que tiran de los carros y abren los surcos donde caen las semillas.

Las pequeñas escenas permanecen atrapadas como en las esferas de cristal que venden en toda ciudad turística, como la mía, y llenan las estanterías.

Repaso en mi memoria la arteria principal de Ancud, la primera ciudad al norte de la isla y su puerta de ingreso. La histórica panadería Ortloff continuaba abierta sobre la calle Pudeto el último verano que anduve por ahí haciendo de turista. La Plaza principal, donde desemboca el Museo Regional con su colección de seres mitológicos en piedra, los pedazos de barco, la imitación de las rucas: seis mil años de historia insular acuñada. La biblioteca, donde llegábamos a mandar las cartas en otros tiempos, cuando éramos habitantes que intentaban extrañados ser abrazados por este suelo. El mostrador de madera lustrada y, en medio de la sala, el mapa desplegado del archipiélago donde nace esta “isla grande” que hoy alberga unos 184.000 habitantes.

Le pregunto a Maggie qué piensa del puente. Para mí siempre fue la Maggie, una de las mejores amigas de mi hermana. Pero ella es María Gerardina Maldonado Antill.

“Como muchos chilotes siempre he estado en contra”, me dice. También, como muchos, señala que se debería haber hecho un plebiscito, pero que nunca se los consultó porque hay intereses económicos muy grandes. “Todos los chilotes que estamos en contra cruzamos los dedos cada día para que no siga el proyecto”. Es tajante, aunque sepa que la pulseada está difícil.

“No queremos perder nuestra esencia de isla. El puente está vinculado completamente con la explotación de estas tierras. Hay muchos minerales. También se trató de implementar el monocultivo, pero para las forestales no fue negocio porque les sale muy caro transportar sus árboles hacia el continente”, apunta y evoca la cantidad de veces que distintas empresas se fueron haciendo cargo de esta obra que parece eterna. Recién ahora se ve cierto avance. Dagas en el mar bravo.

Estar aislados. La palabra da forma a esto que algunos aceptan y otros quieren cambiar. A Maggie no le tocó tener que cruzar de manera urgente, pero muchas veces le sucedió que el canal esté cerrado, porque llegan a correr vientos de más de 200 kilómetros por hora. Contingencias que obligan a quedarse y esperar. Qué se le va a hacer. Para ella, hay que hacer hincapié en algo más de fondo: lo ideal sería que en la isla existiera un hospital base que cubriera las necesidades de sus habitantes. Lo mismo con las universidades, para que no todos tengan que irse a estudiar a otro lado. “El puente en realidad no es necesario. Sí es necesario que haya una buena administración, que haya buenos recursos, que si me enfermo grave tenga dónde atenderme. Deberíamos tener todo para estar tranquilos acá adentro”.


Su familia es de Chiloé. Dice que por sus venas corre sangre huilliche, pueblo originario de la Isla, y narra que ella en algún momento también fue de las que salió en busca de un mejor sustento de vida. Generalmente en Chiloé los sueldos son bajos y hay poco trabajo. “Pero siempre que me fui pensé en volver. Me encanta mi ciudad, es algo totalmente distinto al resto. Nunca nos consideraron tan parte de Chile, se decía que el país llegaba hasta Puerto Montt. Los chilotes siempre supieron cultivar la tierra, tener sus animales”, continúa. Después, recordará, vinieron las salmoneras, una industria pujante que irrumpió durante la dictadura de Pinochet en los ‘80 y empujó la siembra y cosecha intensiva de salmones para fines comerciales, con gran impacto ambiental en la región, además de cultural. No solo afectó la pesca artesanal, sino que muchos dejaron de trabajar la tierra para incorporarse como mano de obra de estas grandes empresas: el salmón representa más del 50% de las exportaciones nacionales, siendo Chile el segundo productor de salmón en el mundo, detrás de Noruega. “Hay jóvenes que no volvieron al campo”, dice y vuelve al puente: “Siempre me imagino que va a quedar como una estructura abandonada”.

*

Javier García no vive de manera permanente en la isla, pero tiene un vínculo fuerte que empezó cuando su padre compró un terreno en Mercura, al norte de Chiloé, y empezó a conocer a los vecinos y todas las cosas que hacían: el que trabajaba la miel, los tejidos, la madera. “Son talentos vivientes y me puse a trabajar con ellos”, cuenta sobre el desarrollo de distintas actividades con los artesanos del lugar: comprando, llevando, trayendo, diseñando, involucrándose con la memoria de la isla.

En ese marco nació ÜÑÜ, un proyecto de desarrollo local que trabaja con diseño chilote sostenible, y desde allí avanzaron con la organización del Festival de Conservación Pala en Mano, que cada año realiza charlas educativas, cortometrajes nacionales e internacionales y una jornada de plantación que en las distintas temporadas viene multiplicando manos y árboles nativos en un trabajo de restauración ecológica para cuidar la biodiversidad y proteger lugares.

“El puente es algo tan misterioso como la isla, no tengo una posición cerrada. En todo caso me interesa que si se hace se haga bien. Porque llevamos seis años desde que partió y me da temor que tengamos un elefante blanco en la entrada de un lugar que es un ecosistema privilegiado y protegido por el hecho de ser una isla”, dice respecto al tema que nos encuentra y otras aristas que se desprenden con el crecimiento de la población, como la pérdida de bosque, problemas de contaminación, de gestión de basura.

“Lo que está sucediendo actualmente es que las mismas autoridades están reconociendo que hubo periodos donde el proyecto estuvo abandonado, cuando el contrato de la obra dice que eso no puede ocurrir”, señala por su parte Juan Carlos Viveros, vocero de la organización Defendamos Chiloé que nació en 2015 a raíz del puente Chacao, y continuó denunciando otras situaciones medioambientales. “Hay ilegalidades, corrupción y colusión comprobadas”, agrega.

También enumera otros puntos que tienen que ver con el impacto biocultural que tendrá la obra y subraya que el proyecto no cuenta con estudios de evaluación ambiental, ni social, ni económica, ni cultural y que se prevé un alto impacto en la idiosincrasia del archipiélago de Chiloé, una geografía donde la naturaleza, dice, decidió separar estos pedacitos de tierra del continente que ahora quieren ser enlazados: “Cuando un Estado quiere cambiar la geografía completa de un territorio debe por lo menos preguntar a sus habitantes, si quieren o no y evaluar los impactos. Aquí hay una vulneración total de los derechos humanos de los habitantes del archipiélago: es un derecho humano decidir cómo quieres vivir, dónde quieres vivir, o si quieres dejar de vivir como has vivido toda tu vida”.

-¿Hay real dimensión de lo que va a ocurrir en el mar?

-El proyecto se hizo con una resolución de calificación ambiental de una década anterior al mismo, que no considera la situación actual. Nunca se nos entregó información.

Juan Carlos Viveros narra que tuvieron reuniones con ministros de todos los gobiernos, que manifestaron su opinión con devolución de promesas de investigar la corrupción, de revisar las ilegalidades. Pero nunca hubo una respuesta. “Nosotros hicimos todo lo posible, pero nada lo detuvo. Nunca pudimos tomar una decisión con la información en la mano. Para nosotros esto ha sido un engaño. Con el 10% de la plata podríamos haber hecho un sistema de salud isleño, insular, a la realidad de nuestras necesidades”, completa sobre este avance silencioso pero persistente que comienza a unir la tierra.

"En la isla la muerte no existe", me dijo hace unos días mi hermana del otro lado del teléfono, a la salida de un entierro. Había vuelto a Chiloé como la primera vez, en un día cristalino de sol. En la procesión, me cuenta, el cura cantó la canción de un alfarero. Hay versiones varias, aunque el corazón siempre es la transformación.

¿Seguiría la muerte sin existir con el puente atravesando el mar?

Traté de imaginar los pilotes de cemento, uno tras otro, clavados en la arena, agitados por las algas. ¿Era el puente un grillete? ¿podía pensar esto a cientos de kilómetros de distancia, como si esa tierra me perteneciera por el solo hecho de haberla pisado, de haber atravesado sus caminos, nadado en sus playas, soportado su lluvia persistente a lo largo de casi todo el año?

¿Era mía solo porque creí cada una de las historias que me narraron, de barcos cruzando el cielo, hombrecillos del bosque, bichos palitos preparados para adormecerte, árboles brillando en la oscuridad? ¿Se verán desde el puente los cañones de bronce del Fuerte San Antonio apuntando al ancho mar en la Playa de Arenas Gruesas donde jugábamos por las tardes? ¿Podía pretender una isla sin puente?

Pensé en volver a agitar la bola de cristal de un mundo atrapado para que el polvo blanco lo cubra todo una vez más, tape las figuras inmóviles con una nieve falsa y vuelva a ocupar su lugar. Solo en ese espacio todo sigue inmóvil.