A vivir que son diez días
Ante el diagnóstico de una enfermedad grave, una periodista pampeana decide viajar a las sierras de Córdoba a un espacio naturista. Deja a un lado la medicina tradicional, confía en que un cambio en su alimentación la ayudará a sanar y se entrega a la propuesta de un gurú. El costo será altísimo. Las marcas de esa experiencia aún no logran cicatrizar.
Trabajo final en la Diplomatura de Narrativas Creativas de No Ficción de la Fundación de Periodismo Patagónico y la Universidad Nacional de Río Negro. Cohorte 2025.

Día 1. Inicia el viaje
Subo al micro en Santa Rosa. Busco mi asiento. Llevo campera extra por si prenden el aire, un libro y un único bolso con un jogging, calzas térmicas, un par de camisetas y buzos. No hace falta mucho más. Viajo hacia Villa de las Rosas, Córdoba, pasaré unos días en Espacio Depurativo, una hostería naturista.
Soy periodista. Antes de emprender esta aventura hice mi trabajo: investigué. Leí todo lo que estuvo a mi alcance sobre el lugar, escuché testimonios y fui a las redes sociales, me tranquilizó un poco la cantidad de seguidores: unos 48.287 en Instagram, en YouTube sumaban 10,3 K suscriptores y 36 mil en Facebook. Me gustó lo que leí en la web oficial: “un sitio pensado para promover la imprescindible reconexión con nuestra inteligencia corporal. Trabajando los aspectos energéticos, emocionales y vibracionales que permiten disolver bloqueos”, “un ámbito adecuado para personas interesadas en retomar el control sobre su calidad de vida y el protagonismo de su salud”. Tuve también una entrevista con el coordinador, Néstor Palmetti. Reservé con convicción. Pagué u$s 1350 por los próximos días.
Día 2. Habitación 3, cama 14.
Al llegar, la primera impresión es estar en una aldea. La entrada tiene una pendiente, desde allí se ven pequeñas construcciones, el mismo estilo en todas ellas: paredes blancas, aleros y cartelería en madera señalando el uso al que está destinado cada espacio: “comedor”, “SUM”, “almacén”, “terapias colónicas”, “consultorio”, o un número de habitación que las identifica. Las calles internas son de tierra. Me impresiona la cantidad de árboles, las plantas de lavanda que perfuman el andar, las flores de tantísimos colores que decoran los canteros. Es un lugar soñado, un remanso para la tranquilidad y la desconexión.
En mesa de informes confirmo y brindo datos personales: peso, altura, enfermedades, alergias, vacunas, alimentación, trabajo, tiempo libre. En base a esa información y otros elementos de compatibilidad se arman duplas del mismo género para compartir habitación. Me entregan una bolsa de friselina color verde que contiene los objetos de higiene que usaré durante mi estadía: un vaso, escarpines verdes de polar, dos toallas que han perdido el blanco (una para la cara y manos, otra para la limpieza íntima dado que no se permite el uso de papel higiénico por cuestiones ecológicas), material de lectura sobre los beneficios del proceso depurativo y los distintos andariveles que lo componen y una rutina detallada de cómo serán los siguientes días, con pautas de convivencia incluidas.
Fuera de la oficina saludo a una pareja joven, ella tiene una campera que en la espalda con letras enormes dice “LO QUE LE PASE A LA TIERRA, NOS PASARÁ”, quisiera tener una igual. El algoritmo naturista de Palmetti (el dueño de este magnífico lugar) nos ubica a las dos en la misma habitación. Los días anteriores a viajar había pensado mucho en cómo sería compartir con una desconocida. Pero me repetí lo que alguien una vez me dijo: no importa tener miedo, hay que hacer las cosas igual.
El sitio de descanso es muy austero, un ambiente donde se ubican dos camas de una plaza, dos mesas de luz de madera, una mesita de mayor tamaño con agua y vasos y un pequeño baño. Mi compañera de cuarto me cuenta que viajó hasta ahí con su marido en busca de mejorar su alimentación, son vegetarianos. Me produce admiración y tal vez un poco de envidia, por ese entonces yo me culpaba: creía que era mi responsabilidad no haber hecho las cosas bien durante cuatro décadas y que eso me había llevado a enfermar.
Un mes antes de viajar me habían diagnosticado Mieloma Múltiple, un cáncer de sangre que se produce en la médula ósea y que, según la ciencia, no tiene cura. Vivo en La Pampa, pero para llegar al diagnóstico viajé a Buenos Aires donde obtuve la respuesta que en mi ciudad no aparecía. Antes de que me lo dijeran, lo supe. La noche anterior a la entrevista médica lo sentí en el cuerpo. Recuerdo estar acostada en un hotel, intentando rezarle a un Dios que no militaba ni conocía y algo interrumpió mi pedido de auxilio mental, una trompada en el pecho, la certeza de saber que si repasaba los síntomas de los últimos siete meses y la complejidad de los estudios que me había realizado, era imposible creer que todo saldría bien.
Había escuchado del Espacio Depurativo unos años antes durante unas clases de cocina naturista a las que asistí, y unas mujeres contaron cómo cambiaron su alimentación y mejoraron su salud gracias a esa experiencia. Con el diagnóstico aún tibio, pensé en esta opción.
Ahora me voy a dormir con una pizca de ilusión, con la esperanza de curar aún cuando me ronda la certeza de la muerte.
Día 2. Manzanas por doquier
Un kilo y medio de manzanas por día durante ocho días. Parece una tarea imposible. Cuando ingreso a la aldea me comprometo como las demás personas que asisten, a ingerir esas manzanas rojas y orgánicas. Nos explican que el ácido málico que contienen es un gran depurador, limpia el intestino, cuida el hígado. Las 29 personas que componemos el contingente nos reímos por momentos de nosotros mismos, las manzanas están en el salón donde de ahora en más se brindarán las charlas de concientización sobre hábitos y alimentos y donde se servirán todas las comidas. Vamos a compartir el primer desayuno. Pronto descubriremos que todos los alimentos que nos sirvan serán platos novedosos, crudiveganos, deshidratados, hechos con muchísimo amor por un grupo de “crucineras” que contarán antes de cada ingesta de qué se trata aquello dispuesto en la mesa, cómo lo elaboran. Hasta realizaremos una bendición de esos alimentos que tan generosamente nos ofrece la pachamama.
De ahora en más, cada mañana pondremos el kilo y medio de manzanas en una bolsa verde de tela que cargaremos al hombro durante el día o sostendremos en la mano con el puño cerrado como si fuera un tesoro. Masticaremos hasta el hartazgo. Aprenderemos pronto que si son pequeñas llegan a 10. Bufaremos por lo bajo, incapaces de revelarnos a esa experiencia porque, ¿quien no quiere sanar y vivir mejor? Masticarlas será un proceso lento, boquiabierto y casi nauseabundo a partir del tercer día, imposible el sexto… el ácido de la manzana se empezarán a sentir en la boca y las glándulas salivales no podrán con tanto. Haremos todo con una manzana en la mano, masticando, tragando, deseando una licuadora para beberla, repitiendo como un mantra “que todo lo que ingrese a mi cuerpo sea para aliviar el malestar que me aqueja”. Haremos todo con un mantra positivo, hasta los enemas.
Néstor Palmetti tiene su propia página web. Allí aclara que la propuesta que impulsa en Espacio Depurativo se basa “en experiencias, investigaciones y observaciones personales”, dice que “no es médico” y, de paso, “declina expresamente toda responsabilidad ante cualquier efecto perjudicial para la salud que derive del uso o aplicación de la información contenida”. Pero dentro del Espacio, en las charlas matutinas que ofrece, como la de hoy, noto que sí da consejos médicos, asegura que el cuerpo se sana a sí mismo si las personas llevan adelante una alimentación fisiológica y sostiene que no necesitamos obras sociales, que los médicos saben que todo esto que él dice es verdad, pero que no lo revelan porque se les termina el negocio, que muchos profesionales han pasado por su Espacio y se declararon ignorantes respecto a la relación salud, enfermedad, alimentación y cura. Me impresiona desde el primer instante. Habla con odio, enojado con quienes llegamos desesperados porque la hora del fin parece haberse adelantado, y desde ese pedestal en el que se para nos trata de ignorantes. Los días que siguen nos dirá cabezas de termo, o enfermos, faltos de voluntad, caprichosos y boludos por haber perdido o jamás conocido el propósito de la vida.
Día 4. Sacate la mierda.
A partir de hoy es el tiempo del lavaje intestinal. La técnica consiste en ingresar por el recto agua a 37° que va a circular de manera constante por el intestino durante aproximadamente 60 minutos. Nos dan una charla de sensibilización y concientización para que entendamos su importancia. Pasan un video en pantalla gigante donde vemos los parásitos, barro biliar y moco colónico que emana del colon gracias al lavaje.
También consumiremos propóleo, magnesio, aceite de oliva, hierbas depurativas, pomelo, tónico herbario, agua oxigenada, mezclas purgantes, jugos verdes, frutas y verduras crudas para limpiar los intestinos. Parece que un estreñimiento de tres días nos hace convivir con desechos de al menos 15 comidas distintas.

Palmetti nos dice lo imbéciles que somos por matarnos lentamente con la alimentación que ingerimos a diario: carne, harinas y lácteos, lo estúpidas que son las emociones que “no sirven para nada” y lo impuras que somos las mujeres que menstruamos, al parecer porque tenemos el cuerpo sucio.
-Para mí nos habla así para que entendamos, debe ser una estrategia, estamos muy ciegos nosotros- coinciden algunas mujeres con las que ahora estamos tomando el sol de la siesta y compartiendo reflexiones sobre estos días vividos.
Las demás señoras de la ronda acuerdan con esta primera impresión. Otras decimos que no es la manera, que debería cuidar sus palabras. Es un mini debate que no llega a ningún resultado.
Conversamos mientras masticamos manzanas y deseamos fuertemente eliminar todos los desechos que hacen de nuestro cuerpo/templo un basurero. Escuchamos testimonios de gente que expulsó objetos que se había tragado en la infancia, hubo quienes en sus heces encontraron bichos, parásitos horribles que fotografiaban y luego mostraban orgullosos ante el grupo como quien se había exorcizado. En la sala donde se realiza la terapia de evacuación se encuentra un cuadro que dice “suelto y libero el pasado. Permito que ingrese lo nuevo a mi vida”. La relación entre la materia fecal atascada en el colon y lo mal que te puede ir en la vida es directa.
Día 5. Usted mismo resuelve sus propios problemas.
Estoy muy lejos de casa, abrazada a una promesa, con las uñas clavadas en la esperanza del buen vivir, de tener otra oportunidad para hacer las cosas bien, de limpiar cuerpo y alma… de alguna manera quienes estamos acá no solo le pusimos la firma a los acuerdos de convivencia sino también, y sobre todo, a la teoría que señala nuestra culpa y responsabilidad por lo que nos atraviesa.
-Ustedes se comieron las hamburguesas de McDonalds, la grasita del asado, ¿o se las dio un marciano?- nos pregunta hoy Palmetti con una gran carga de cinismo en su aflautada voz.
Y dice:
-Se quejan de las manzanas, pero si les traigo una docena de empanadas de carne seguro que tienen lugar en la panza y se tiran encima.
También suelta:
-¡Ay el covid, el covid!, ¡Ay el contagio!, y todos a vacunarse como imbéciles, y ahora desesperados porque están enfermos.
Cuando habla agita sus manos y hace gestos ridículos con la cara, simulando estar poseído, intentando espejar el grado de estupidez que, según él, tenemos las personas presentes.
Lo escuchamos mientras degustamos el riquísimo desayuno. Palmetti juega a ser Dios, la comisura de los labios se le llena de baba, no traga saliva al hablar, de a ratos no respira, quiere decir todo lo que piensa frente a nosotros que estamos ahí porque transitamos enfermedades, abusos, adicciones, depresión, fobias, miedos… ¿Qué cosa tan terrible tuvimos que hacer para que las siete plagas del apocalipsis cayeran sobre nosotros? Además de buscar la cura, tenemos que responsabilizarnos de la enfermedad.
-No hay peor palabra que “paciente”, el paciente le entrega la salud a los médicos y se queda pasivo a ver qué pasa -dice.
Tomo un termo de infusión de ortiga, diente de león, yerba meona y cola de caballo para limpiar riñones e hígado. Sus palabras me atormentan. Y me seguirán atormentando muchos meses después de haberlas escuchado. Yo no quiero entregarle pacientemente mi vida a ningunas manos. Quiero vivir, curarme y abrazar a mis hijos muchas décadas más. Por eso estoy acá y no voy a ser paciente de nadie, de nada. Me quedaré hasta sanar, soltar, perdonar y renacer. O quizás no.
Día 6. Pobrecito-yo-itis, la enfermedad.
Llevo meses con este cáncer en mi cuerpo. Siempre dije que en un caso como este, la quimioterapia y los tratamientos convencionales no serían una opción para mí, había visto cómo quedan las personas después de las sesiones de rayos y quimio y de ninguna manera estaba dispuesta a entregarme a esa experiencia.
Este día tenemos otra charla y se habla de la victimización humana. Entre otras cosas parece que un grupo de personas entramos en esa categoría de víctimas: los pobres, hambrientos, los sin techo, los niños, los enfermos, las personas con discapacidad, gays, víctimas de abuso, judíos y mujeres. Según el ideólogo vocero de Dios, a estas personas se las mira diferente desde la sociedad y creen que necesitan algún tratamiento especial, beneficio o ayuda por su situación de víctimas, esto sería como una enfermedad que él mismo ha denominado “pobrecito-yo-itis”, su condición es mortal.
Después es el momento del despertar de la conciencia. Y se vuelve insoportable, sobre todo para algunas mujeres entre las 29 personas presentes, que nos paramos y nos vamos del salón previa discusión sin sentido con el orador. Traspasados varios límites en su discurso donde martilla nuestras mentes agobiadas, castiga nuestras emociones que ya están al límite, reconocemos que no queremos más esta postura casi sumisa que no es la de nuestro día a día en la vida real.
-La voz violenta de Palmetti es idéntica a la de mi viejo. Un profeta apocalíptico -me dice una de mis compañeras de esos días.
Aquí ya se cuestionaron nuestros cuerpos, infancias, vestimentas, alimentación, estética, los tatuajes, la participación política, la música que escuchamos entre tantas otras aristas de nuestras vidas. Ahora es el turno de conversar la menstruación, el sexo y los abortos. Palmetti dice que las mujeres alimentamos mal nuestro cuerpo físico y vibracional, no vivimos en armonía y no respetamos el sexo como un encuentro sagrado. Por supuesto que después hacemos una terapia para limpiar el campo energético sexual.
En ese momento decido no regresar a las charlas del Gurú y sólo seguir adelante con el resto de las propuestas donde él no participa. Aprendemos a hacer alimentos fermentados, lácteos de origen vegetal, las mejores sopas “vivas” sin cocción. Durante todos estos días no dejamos de preguntarnos entre quienes nos hemos constituido en una especie de “compinches”, qué hace esa gente tan hermosa dando talleres al lado de este tipo violento en sus modos y pensamiento. No hay explicación por ahora y ensayamos una teoría, son esas manos y esas personas llenas de amor y vocación de servicio las que evitan que la estadía sea un espanto total.
Día 7. Vienen los marcianos.
Esta noche nos invitan a quedarnos en el comedor luego de la cena que se sirve a las 20 para mirar un documental y conversar luego con uno de los dos médicos del staff del Espacio Depurativo. Es sobre un hombre joven, pálido y delgado que viste una túnica blanca, liviana, su cabello ennegrecido y ondulado le da un aspecto religioso. Él asegura venir de otro planeta con una misión y cuenta sus razones intentando convencernos de su origen, brindando también detalles de sentimientos y pensamientos o emociones que lo atravesaron para que otras personas que pasan por lo mismo se comuniquen con él y sus “hermanos”. El médico fue el primero en reconocerse alienígena y contar de qué planeta vino, esta revelación se le presentó a los 13 años y desde entonces su misión es ser un puente comunicacional entre ese planeta y este, para reconocer a los suyos y salvar la humanidad. Al momento de levantarme para irme de la reunión ya son dos más quienes se reconocen miembros de ese extraño planeta. Tengo una sentencia de muerte en la mano y de lo que quisiera hablar con el médico es de cómo seguir adelante, de qué garantías tengo de que esto va a dar resultado.

Esa madrugada, alrededor de las 3, nos despertaron los gritos de una mujer. Hubo un corte de luz que la encontró en apuros en el baño, algo lógico ante una alimentación que busca la evacuación total de nuestros intestinos. Sus alaridos se escucharon en toda la comunidad dedicando todo tipo de insultos al responsable del Espacio: “Oligarca hijo de puta me cobran una fortuna y me cortás la luz, ¡me estoy cagando! ¡Quiero luz para limpiarme el culo!”.
Al otro día Palmetti responsabilizará a la mujer por no saber atravesar lo que denomina la “bendita crisis depurativa”.
Día 8. El proceso depurativo
El frío se siente diferente en las sierras de Córdoba. Nos abriga en el salón de usos comunes una estufa a leña, hacemos fila para acercar nuestros cuerpos al calor, hay una sola salamandra. Cada dos que acercan su cuerpo, uno suma una leña a la estufa, la misión es mantenerla activa. El invierno se siente distinto con la comida a base de plantas y elaborada a una temperatura que no supera los 60° para conservar nutrientes, enzimas y energía entre otros beneficios. El frío no es malo nos dicen, e incluso veo que algunas personas andan descalzas, la vida acá es completamente distinta. Al comedor ingresamos sin calzado, usamos los escarpines de polar, los baños deben ser breves para no desperdiciar el agua que además se calienta mediante paneles solares. Dentífrico, shampoo, desodorante, papel higiénico y maquillajes están prohibidos porque toda el agua se reutiliza y no se debe contaminar. La pasta dental no es necesaria, si comes bien no tenés porque tener mal aliento, nos dicen. Lo mismo pasa con la transpiración.
-Si comes bien no transpirás con olor a chancho, tenés olor a podrido cuando estás podrido por dentro de tanto comer animales muertos -nos dice el creador de este universo paralelo cuando algunos dicen extrañar o necesitar desodorante.
No dejo de cuestionar mi vida, todo lo que hice durante estos años está entre signos de pregunta. Todavía no sé si soy yo o esta realidad distópica lo que está mal.
Las rutinas diarias en el Espacio exigen disciplina y enfoque, que logramos cómodamente en este contexto de retiro, sin celular, sin trabajo ni familia. Ahora que nos acercamos al último día ronda la preocupación. No imagino cómo podré en casa darme un baño de bosque, respirar hondo en cuatro tiempos cuando sucumban las deudas, se abulte la agenda familiar y estallen las responsabilidades. Cómo cocinaré esa comida que no se cocina, cómo seguiré meditando, cómo alimentaré a la familia a base de plantas, cómo los convenceré de todo esto, cómo me lavaré el colon en casa. Cómo iré a un cumpleaños y saldré invicto de la “oferta de harinas”.
¿Cómo seremos seres de luz allá afuera, ahora que nos iluminaron?
Día 9. Volver a casa
Antes del retorno paso por la despensa depurativa dispuesta en el ingreso a esta eco aldea, que por supuesto ofrece todo lo necesario para extender la experiencia. Compro semillas, deshidratados, fermentados, yerba orgánica, té orgánico, café de algarroba, y una vianda para el regreso a casa. Pensar qué comer durante el viaje es un desafío enorme ante una alimentación tan restrictiva y una oferta tan poco variada en las estaciones de servicio y la terminal de ómnibus. La voz de Palmetti resuena muy clara en mi cabeza.
-Ustedes se van con el intestino nuevo, si se quieren ensuciar otra vez es su decisión.
Previo a volver para La Pampa paso un día en Córdoba Capital donde vive mi hija y algunos familiares. Dicen que me ven rejuvenecida: “20 años menos”. Efectivamente me siento distinta, había bajado de peso, algo que en nuestra sociedad es muy valorado y aplaudido cual sinónimo de salud. Por supuesto mi piel y mi cara están rejuvenecidas, si pasé de trabajar más de doce horas diarias a descansar diez días sin preocuparme por nada, comiendo frutas y verduras, durmiendo sin interrupciones, disfrutando siestas al sol. El paso por Córdoba es el primer desafío a la hora de compartir la mesa, comer algo completamente diferente a las demás personas puede ser una fricción, pero todas allí entienden que es una cuestión de salud, un tratamiento alternativo al convencional, entonces, manos a la obra y armamos la mesa más saludable que podemos.
Día 10 y los que vinieron después
Una vez en casa mi voluntad es tal que aplico al pie de la letra todo lo aprendido, adquiero inmediatamente un deshidratador de madera fabricado de manera artesanal, tengo uno de plástico, pero el plástico es casi una mala palabra. También compro una licuadora idéntica a la que usaban en el Espacio, super potente para extraer clorofila de las hojas y tomar el sagrado jugo verde en ayunas cada mañana, y por supuesto la tabla que venden en el Espacio para realizar los lavados colónicos en casa y una suerte de banquito al que llaman “Evacuando” que es de fibra de vidrio y sirve para colocar debajo del inodoro, lo que te permite sentarte en forma de cuclillas para defecar y de esa manera “liberar al recto y estimular el vaciamiento intestinal”.
Volver a trabajar es una osadía que consiste en transportar un termo con un litro de infusión, el brebaje realizado a base de yuyos, el jugo verde, semillas y frutos secos previamente activados y deshidratados, yerba orgánica… cada salida de casa implica una logística que empieza a desgastar mi batería social. Cada cena o almuerzo con otras personas supone tantos acomodos que dejo de socializar más allá de lo obligatorio. Vivimos en una sociedad que encuentra en la comida también condimentos sociales, culturales, emocionales. No es solo comer, es compartir, y salir de la propuesta alimenticia convencional es muchas veces salir de ese círculo.
Este ensayo de nuevos hábitos y construcción de disciplina resulta agotador, pero sobre todas las cosas, una nueva frustración a la hora de pretender replicar la burbuja de luz en medio del caos cotidiano. Llueven los mensajes en el grupo de Whatsapp bautizado “Todo está dentro de ti” que hasta hoy persiste. Lo habíamos armado durante el retiro y al regresar se convirtió en una suerte de confesionario: “No puedo sostenerlo”, “Estoy muy mal, comí harinas”, “amigos PEQUÉ, comí carne”, “No puedo tirar la comida que tengo en el freezer, voy a ir mechando con lo que aprendimos”, “¿Quién empieza la limpieza colónica estos días, la hacemos juntos así nos acompañamos?”, “Hice desastres, ni en pedo soy vegetariana ni crudivegana”.
Los primeros siete meses cambio mi alimentación al 100% y lavo mi colon como nunca lavé ni mi mejor ropa. No vuelvo a la medicina tradicional, insisto con la limpieza depurativa y el reseteo total del cuerpo, confío en la inteligencia de un cuerpo que enfermó por mi mala vida a base de harinas, carnes, tecnología y estrés. Me vuelvo devota de una religión cruel y castigadora, hacia mí misma sobre todo. Siento realmente que es mi responsabilidad curarme y que está en mis manos que así suceda. Entre junio y septiembre mantengo entrevistas vía zoom con el médico del Espacio Depurativo, me indica nuevos ayunos y curaciones a distancia.
Así es mi vida hasta que llega el momento de hacerme un nuevo laboratorio. Lo vivo como un momento de mucha adrenalina, estoy esperando leer que todos los valores mejoraron después de meses con una conducta intachable. En el Espacio nos habían dicho que los análisis no eran necesarios cuando uno sabe escuchar su cuerpo. El propio Palmetti se jactaba de llevar décadas sin ningún estudio. Yo necesito ver, leer, saber que estoy mejorando, también se lo debo a mi familia, tan preocupada por mi.

El resultado no es lo que imaginé. Todo está mucho peor. Los glóbulos blancos por el piso, la pérdida de proteínas en orina arroja valores fatales y leo otros datos que sin ser médica ni bioquímica me confirman que estoy mal. Lloro, me siento estúpida. Me cuesta controlar la respiración y aplicar el método 4x4 aprendido en las sierras, tomo aire contando cuatro, retengo y exhalo con la misma técnica. Imposible, nada me calma. Tiemblan mis manos, una suerte de motor encendido en el pecho y en la cabeza un disparador de imágenes, rostros y conversaciones como un loop insoportable. Recuerdo una de las últimas conversaciones con mi analista de ese entonces que cuestionó seriamente mi decisión de “tratamiento alternativo” y me dijo algo así como:
-¿En serio Gabriela pensás que así te vas a curar un cáncer? Vos sos una persona inteligente.
Acudo al médico del staff con quien mantuve durante este tiempo las consultas online. Intento que vea mis laboratorios y le digo que estoy perdiendo mucha proteína en orina, que cuando hago pis parece que tiré detergente en el inodoro. Casi lloro mientras se lo digo porque algo se revela ante mí cuando digo en voz alta todo lo que me está pasando. Con calma me dice que no me preocupe, que todos orinan con espuma porque estamos depurando. Ni siquiera mira los laboratorios, porque claro, él tampoco cree en ellos.
Mi situación clínica empeora y todo parece señalar que elegí el camino equivocado. Llamo por teléfono a la médica que me había dado el diagnóstico en mayo e indicado un tratamiento de quimioterapia. Inmediatamente al oír su voz se me hace un nudo en la garganta. Me escucha y cuando le comento de los laboratorios me advierte que estoy perdiendo el tiempo, hace hincapié en la pérdida de proteínas como algo a atender en carácter de urgente, insiste con el tratamiento convencional y asegura que la alimentación ayuda, pero no cura. Me quedo en silencio, sintiendo vergüenza de mí misma, de las decisiones que tomé, de haber creído tantas cosas, quizá fue parte de la desesperación atroz causada por el miedo a morir.
Inicio el tratamiento indicado por la oncóloga, en menos de dos meses peso casi 100 kilos, mi cuerpo explota, tengo 30 kilos extras por retención de líquidos. Perdí la función renal mientras me depuraba. Durante esos meses el cáncer avanzó y sufrí una complicación que derivó en una enfermedad renal crónica, amiloidosis.
Un 14 de febrero me colocan un catéter en la yugular y comienzo con hemodiálisis. Limpiar, limpiar, limpiar. El colon, el alma, el espíritu, la mente y ahora la sangre.
Paso seis meses en Capital Federal entre internaciones, tratamientos, quimioterapia, drogas, un trasplante de médula ósea, transfusiones de sangre y plaquetas. Pierdo el pelo por completo, pierdo peso y masa muscular. Pierdo brillo en la mirada, pierdo luz, suavidad, todo se va, desaparece la mujer que habitaba en mí hasta ese entonces. Me aíslan en una habitación preparada para gente con mi condición, con un purificador que hace ruido constantemente para mantener el aire en perfectas condiciones. Mi vida está en riesgo. Me preparo con una terapeuta para aceptar mi muerte, para irme en paz, estoy convencida de que el fin está llegando. Paso tiempo en terapia intensiva. Meses lejos de mi casa, sin abrazar a mis hijos, sin sus miradas, sin mis plantas ni mis mascotas, sin mis libros, cuadernos y discos. Sin trabajar, sin poder siquiera ir sola al baño. Lácteos, carnes y harinas volvieron a ser parte de mi alimentación, parece mínimo en comparación a lo que pasó, pero comer todo eso me hace sentir sucia, que estoy enfermando de nuevo, no logro todavía quitar esa voz aguda de mi mente. Atravieso un trasplante de médula y la ironía es que por indicación médica durante un año no podré ingerir alimentos crudos, adiós al crudiveganismo sagrado. Tampoco podré ingerir alimentos fermentados y conservados por la sal dada mi condición de paciente renal.
Pasaron tres años. No me morí. Es complejo desandar lo aprendido, reconocer que una no tiene la culpa de enfermar ni mucho menos tiene en sus manos la posibilidad de sanar por arte de magia. No sé si lo desaprendí por completo, vivo en estado de alerta, mi mente tiene todo guardado, a veces me tira información que me hace dudar: ¿está bien lo que hago? Cuando eso pasa muevo la cabeza como sacudiendo la intromisión. Quiero vivir en paz.
-¿Y si te morís qué? ¿Quién sos vos para no morirte? Eso lo decide Dios -resuenan todavía en mí las palabras desafiantes de Palmetti.