Lucas, su madre

Santiago Rey viajó a Ramos Mexía, donde vive la familia de Lucas Muñoz, y reconstruyó su historia. La nota fue publicada en septiembre de 2016 en la revista Anfibia.

14/07/2017

- Al final, se pasó el día amasando. 

- Mejor, así me entretengo y no pienso. 

A las 5,30 todavía es de noche en Ramos Mexía, pero en la casa de los Muñoz ya están levantados. Preparan el viaje de parte de la familia a Viedma para la organización de otra marcha en reclamo de justicia. Además, me esperan. A esa hora llega el colectivo que partió desde Bariloche la noche previa. “Listo, nosotros ya le tenemos lugar aka en nuestra casa nomás, no hay problema. Soy Alicia. Le dejo avisado al chico d la terminal, q lo lleve hasta mi casa”. Por mensajes de texto, había quedado todo acordado. 

No hizo falta que el chico de la terminal me lleve. Apenas bajo del micro dos policías se acercan para preguntarme quién era. Es habitual. Cuando el colectivo entra en Ramos Mexía, a esa hora, los dos policías de turno van hasta la vieja casa que sirve como terminal, venta de pasajes, bar, café y mate, según reza la vidriera. Y controlan quién sube y, sobre todo, quien baja. 

- Voy a lo de los Muñoz. 

- Lo acompañamos. 

Lucas, el tema excluyente de la charla durante la caminata de cuatro cuadras. “Claro que lo conocía”, “se crío con mi hermano”, “era buen chico”, y esas cosas. 

Un par de banderines de River; muchos muñequitos; cartas; fotos; desde el 10 de agosto carteles y pancartas con la imagen de Lucas y frases pidiendo justicia; y mates, casi centenares de mates en todas las repisas y muebles de la casa de los Muñoz. 

Alicia prepara dos de esos equipos de mate, para Pocho y Noelia, que saludan y suben al auto. Quedamos solos. Ciro rompe la incomodidad del momento reclamando caricias, parado en dos patas. Nos sentamos, y empezamos a hablar. 

Alicia habla para adentro las últimas palabras de cada frase. Se las respira. “Se nos vino todo abajo”, dice, y abajo es abajo y es para adentro. Tres horas habla Alicia. Llora por momentos. La primera vez que lagrimea, le pido que ponga la pava, sólo por distraerla. “Todo abajo se nos vino”, repite. 

A lo largo del día, Alicia habla más de cinco horas. Y amasa pan y pizzas, varias, como nueve pizzas. Hasta que al final del día, me despido con un pedazo de pan casero de regalo en el bolso. 

- Al final, se pasó el día amasando. 

- Mejor. 

El Oficial Ayudante Lucas Muñoz había llegado a Bariloche en octubre de 2015, y se desempeñaba en la comisaría 42, del barrio 2 de Abril, en el Alto empobrecido de la ciudad. Tenía 29 años, estudiaba licenciatura en Seguridad Ciudadana en una universidad pública, y hacía adicionales “para comprarse un autito”. Era “muy familiero”, y también le gustaba tomar cerveza con sus amigos, jugar al fútbol, salir. 

Conoció a su novia Daniela Rodio, en el balneario Las Grutas, durante la temporada de verano. Ella no vivía en Bariloche, pero se visitaban seguido. Se había transformado en la persona de confianza sobre el temor que sentía por lo que veía: drogas y violencia, con la Policía involucrada. 

Con ella pasó la última noche, y con ella estuvo hasta minutos antes de que lo subieran al Corsa gris con el que lo secuestraron. Según declaró Daniela a la justicia, la noche anterior Lucas le pidió, llorando, que se vaya de Bariloche. Estaba asustado. 

Permaneció 27 días desaparecido, y el 10 de agosto su cuerpo fue encontrado en un descampado, con un tiro en la nuca y otro en una pantorrila. Tenía el uniforme puesto, sus pertenencias, y estaba afeitado. Llevaba muerto pocas horas. 

A poco de andar la investigación por la búsqueda de Lucas, debió abrirse un segundo expediente relacionado con el entorpecimiento de las pesquisas. Más de una decena de policías se encuentran imputados, cuatro de ellos procesados por desviar pistas, la alteración del libro de actas de la Comisaría 42, el allanamiento ilegal del hogar de Lucas, por abuso de autoridad, y por comprar un celular con su número a más de 550 kilómetros de Bariloche. 

Durante el comienzo de la investigación se perdió un tiempo vital. Es que los propios policías ahora comprometidos estaba al frente de la búsqueda, y por ese motivo debieron intervenir fuerzas federales. La Gendarmería y la Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA) quedaron a cargo de las diligencias ordenadas por la Justicia. 

Incluso, la familia de Lucas fue inicialmente representada por abogados aportados por la policía. Luego nombraron a Alejandro Pschunder y Karina Chueri, quienes le dieron impulso a la búsqueda y la investigación. 

En el expediente que tramitan el fiscal Guillermo Lista y el Juez de Instrucción Penal Bernardo Campana, hay semiprueba que el comisario Jorge Elizondo minimizó la desaparición, no activó las alertas de búsqueda, y firmó el acta de la Comisaría 42 que conducía, a pesar que había sido adulterada -quince hojas fueron arrancadas y otras siete agregadas-; que los oficiales Luis Irusta y Maximiliano Morales allanaron ilegalmente el lugar donde vivía Lucas, revisaron sus papeles, fotografiaron con el celular la pantalla de su computadora -esa imagen fue recibida por el comisario David Paz a cargo del área de Tránsito de la Policía en Bariloche, quien a la vez se la envió al ex Segundo Jefe de la Regional III, comisario Manuel Poblete-, y se habrían llevado anotaciones personales; y que el sargento Néstor Meyreles, por orden del oficial Federico Valenzuela -según señaló el primero de ellos-, compró un chip de celular con el número de Muñoz, en la localidad de Catriel, a unos 560 kilómetros de Bariloche. 

Esos efectivos, entre otros, fueron desafectados de la fuerza. La sombra de la Bonaerense. 

Gendarmería y la PSA encabezaron allanamientos en un predio de la Policía Montada de Río Negro y en un complejo de cabañas del barrio Malvinas, sitios señalados por mensajes anónimos como posibles lugares de alojamiento de Lucas durante su secuestro. Las pruebas allí tomadas y los elementos secuestrados son materia de análisis pericial en Buenos Aires, pero los resultados aún no son concluyentes. 

Pasaron más de dos meses desde la aparición del cuerpo. Demasiado tiempo para la familia. 

El tiempo pasa lento en Ramos Mexía. Después de las primeras tres horas de charla, Alicia me muestra el cuarto donde me preparó una cama. ¿Es el cuarto de Lucas?, ¿en el que vivía, o el que usaba cuando visitaba Ramos Mexía?. No pregunto. 

En la mesa de luz, un cuadro con una foto de Lucas y su novia, mirando a cámara. Una selfie. A sus pies, la biblia, abierta en el salmo 91. 

- ¿Cree en Dios, Alicia? 

- Sí, sí, somos católicos, todos somos católicos. 

- Son de ir a la Iglesia 

- Yo cuando puedo, siempre que hay misa trato de ir. Mi marido no va, pero es católico. Sí, creemos en Dios. Siempre sabemos ir a Cayetano, todos los años. Ya llevamos 11 años yendo. Y este año... 

El Salmo 91 a los pies de la selfie de Lucas y su novia. Oración del creyente que repite su certeza: Dios protege al que confía en él. Él te librará del lazo del cazador y del azote de la desgracia; te cubrirá con sus plumas y hallarás bajo sus alas un refugio. 

- Este año no fueron. 

- No, ya no fuimos. Porque andábamos con las marchas, y esas cosas. 

- ¿Hubieran ido? 

- Sí, seguro que sí. 

Salmo 91. Dios protege al que confía en él. 

- ¿No se quiebra la fe cuando pasa algo así? 

- A mí en un momento, sí. Sí. Yo siempre digo, soy católica, creo en Dios, pero pensaba, por qué, 

por qué me está pasando ésto... 

- ¿Y encontró respuesta? 

Piensa Alicia. Piensa y lagrimea. Pero no demora su respuesta. “No. No, hasta ahora no encuentro respuesta... Él te librará del lazo del cazador y del azote de la desgracia; te cubrirá con sus plumas y hallarás bajo sus alas un refugio... nosotros no somos malos, mi hijo no era una persona mala, todo el mundo nos quiere, y nos tocó ésto y es muy feo... Él te librará... y pienso, si siempre estoy pidiendo a Dios que estemos todos bien, yo pido mucho por mis hijos, mis hijos que están afuera... del lazo del cazador... y por qué le pasó ésto, no sé si será el destino, pero de esta manera, así... del lazo del cazador y del azote de la desgracia... yo siempre decía, decía, porque ahora ya no digo, decía que la policía siempre está en peligro, porque con los delincuentes, los chorros... Él te cubrirá... yo siempre le decía al hijo, cuidate, a la noche, todos esos malandras... cubrirá con sus plumas... pero no, a mi hijo lo mató la Policía, eso es, eso es lo que... y hallarás bajo sus alas... ellos mataron a mi hijo, que su misma gente lo mate, no puede ser... y hallarás bajo sus alas un refugio”. 

No puede ser, dice. Y no se persigna. 

A veces le pregunto por Lucas en presente, y otras, en pasado. Alicia habla de Lucas en presente, como si estuviera allí, y resuelve así el tono del artículo. Presente.

“¡Lucas Muñoz! ¡Presente!”, gritan en la plaza del Centro Cívico de Bariloche, las centenares de personas que marchan para exigir el esclarecimiento del secuestro y asesinato. Pasaron pocas horas después de la aparición del cuerpo, y, como nunca hasta ahora, la marcha es multitudinaria. Multitudinaria y llorosa y embroncada y angustiada y buscando certeza en el señalamiento de los responsables. La propia Policía y el Gobernador de Río Negro, Alberto Weretilneck, encabezan el listado de apuntados. La Justicia, un paso atrás. “¡Asesinos, asesinos!”, gritan centenares de familiares, amigos de Lucas y vecinos en la puerta de la Regional III de Policía. La misma Regional III que ardió por la furia ciudadana seis años atrás -el 17 de junio de 2010-, luego que efectivos de la fuerza mataran a tres jóvenes: Diego Bonefoi, Sergio Cárdenas y Nicolás Carrasco. 

Sólo el primero de esos asesinatos fue esclarecido por la Justicia. Los otros dos aún son motivo de investigación, y aguardan ser elevados a juicio. El abogado defensor de los policías imputados y procesados por esos asesinatos de Cárdenas y Carrasco fue hace pocos meses nombrado Jefe de la Policía de Río Negro por parte del Gobernador Weretilneck. Se trata de Mario Altuna, sin ascendencia en la fuerza y cuya gestión refuerza la idea de autogobierno que la Policía se reserva. 

“¿Dónde está el Gobernador?”, gritan en la Plaza pocas horas después que fuera encontrado el cuerpo de Lucas. Ese 10 de agosto, a la mañana, Weretilneck inauguró en Bariloche un encuentro nacional de Tesorerías Generales. Hacía 27 días que Lucas había desaparecido. Cuando le soplaron al oído que apareció un cuerpo, un cuerpo uniformado, en un descampado, con un tiro en la nuca, decidió irse. Por un instante recibió a los padres de Lucas Muñoz y les dijo que “no puede hacer nada”, según contaron los partícipes de ese breve encuentro. Y se fue. Tampoco estuvo unos días después cuando un cortejo doliente recorrió por la Ruta 23 los 443 kilómetros que separan Bariloche de Ramos Mexía, parando en cada pueblo y paraje de la Región Sur, la zona más pobre de Río Negro, para recibir el aliento y condolencias de los vecinos. “Ni siquiera apareció el día del velorio”, dice Alicia. Ni Weretilneck, ni el Jefe de la Policía, ni el Ministro de Seguridad estuvieron. 

En Ramos Mexía, 10 casas de un plan provincial esperan ser entregadas. Están listas, pintadas de amarillo, y con los beneficiarios ya designados. Pero el Gobernador elige no ir. “Tiene miedo. De qué me pregunto yo. Lo único que haría es ir al acto con una foto de mi hijo y pedir Justicia”, explica Alicia. 

Recién el 13 de septiembre Weretilneck recibió a los familiares. Y les pidió perdón por sus ausencias. 

Una semana después de la aparición del cuerpo, el mandatario desplazó a siete uniformados -algunos de ellos Jefes, responsables de la Unidad Regional y de la Comisaría donde Lucas cumplía funciones-, intervino la Regional III, y para atisbar una explicación al secuestro y asesinato habló de 

“internas policiales”, de “mafias”, de “pactos de silencio”. El legislador barilochense del opositor Frente para la Victoria (FpV), Alejandro Ramos Mejía, le recordó que “tuvo que ocurrir ésto para que se diera cuenta que parte de la Policía de Bariloche está metida en hechos delictivos; y que se acumulan por centenares las denuncias por vejaciones y malos tratos en las comisarías”. Más directo, el hermano de Lucas, Javier Muñoz, dijo que “Weretilneck es el Jefe político de la Policía. No se puede hacer el distraído. No puede mirar de afuera”. 

Varios de los Policías desplazados tienen denuncias, causas, y hasta la semiprueba judicial de su participación en anteriores hechos violentos como los asesinatos de junio de 2010, y la desaparición en el Valle Medio del trabajador salteño Daniel Solano. 

A pesar de esos antecedentes, seguían en funciones. Un ejemplo: el subcomisario Rodolfo Aballay, ahora apartado de la fuerza, fue quien buscó en la empresa de seguridad privada Prosegur los postigones de plomo utilizados en la represión policial de hace seis años, que terminó con los homicidios de Cárdenas y Carrasco. Ese aporte de balas intentó diluir la responsabilidad policial en el hecho, ya que dificultaba acreditar el uso de las postas de plomo que portaba cada uniformado. La maniobra está acreditada en el expediente judicial correspondiente. 

Aballay continuaba prestando servicios en la Policía y vivía, hasta pocas semanas, en el complejo de cabañas del barrio Malvinas, hasta donde los perros adiestrados siguieron el rastro de Lucas. 

A Ciro, le gusta el auto. Una vez fue hasta El Bolsón. Son como 600 kilómetros, y el perro de raza indefinida, cuzco chiquito y simpático que se sienta, literalmente, erguido, con las patas delanteras en el aire para esperar su comida, Ciro, fue sin molestar, mirando por la ventanilla, hasta llegar al camping a la orilla de un río, en la cordillera, donde “no paró de correr”. 

Benjamín, Pocho, el papá de Lucas, Pocho, prepara los últimos detalles del viaje a Viedma. Esta vez Ciro no va. De las dos hijas que viven en Ramos Mexía, sólo Noelia, con su panzasa de seis meses a cuestas, se embarca ese jueves a la capital rionegrina para preparar la marcha en reclamo de Justicia. Para preparar la marcha y para hacerse una ecografía, porque en Ramos Mexía no hay aparatología necesaria. “Ni en Sierra Colorada -el pueblo más cercano- tampoco”, dice Alicia sin carga crítica. 

Ya son seis los nietos. Tres de Lucas, dos de Paola, uno de Javier. Ninguno vive en Ramos Mexía. 

Al mediodía, mientras los bifes a la criolla en una pequeña sartén ya se cocinan, llega la noticia de que es una nena, que la próxima nieta será una nena. “Si era nene se iba a llamar Lucas Nicolás. Para nena no pensamos”. 

Alicia tiene una “venta por día”, hace “como diez años”. Recibe de Viedma, la capital rionegrina, mercadería, electrodomésticos, cosméticos, los vende y todos los días, “de lunes a sábados”, recorre las casas de los compradores para cobrar. Ahora, desde la desaparición de Lucas, no sale. “De a poco iré retomando”, se promete. 

Alicia también costurea. Costurea para afuera. Le piden guardapolvos, arreglos. Costurea a mano. Le gusta costurear, dice. 

Alicia, además, cuida a Valentina, una nena de dos años, hija de una amiga que trabaja. Sentada en los sillones del living, unas semanas atrás, Valentina vio a Alicia en la tele. La vio llorando, durante una de las tantas marchas por Lucas. “Alicia llora porque Ciro se portó mal”, la consuelan. 

Alicia llora y es abrazable. ¿Toda madre que perdió a su hijo es abrazable? No la abrazo por eso de la distancia con el entrevistado. Y por las preguntas inevitables. 

- ¿Y si se comprueba que Lucas andaba en algo raro? 

Cuesta la pregunta, pero ahí está. Alicia niega: imposible, dice. Sin embargo es una posibilidad, aunque dos meses después de la aparición del cuerpo, no hay un dato certero que abone esa teoría. A pesar de ello, el Gobernador Weretilneck aprovechó cada off the record en Bariloche para insistir ante los periodistas en que Lucas “no era un santo”. Él y su ministro de Seguridad fueron los 

principales instigadores de la instalación de la hipótesis “Lucas delincuente”, que llegó a la tapa del diario local El Cordillerano y a varias páginas de Clarín. 

El diario nacional abonó, en sucesivas notas, la teoría de que la víctima se habría quedado con unos 50 kilos de cocaína durante un operativo. Una semana después, sin que medie ninguna explicación salvo el cambio de información de las “fuentes”, Lucas pasó de narco en potencia a “fumar algún fasito” cada tanto, y ser deudor de un dealer de pequeña escala. 

El mismo medio habló de movimientos extraordinarios en las cuentas bancarias del joven policía. Su hermano lo desmintió con datos certeros. 

Las versiones cambiaron, pasaron y dejaron capas geológicas de sospechas. “Weretilneck quiere distraer la atención y su propia responsabilidad: el hecho que en Bariloche funciona una banda capaz de tener 27 días secuestrado a un policía”, resume Javier. 

- ¿Y si se comprueba que Lucas...? 

Cuesta la pregunta, entre mate y pan casero, en Ramos Mexía. Por lo obvio de la segura respuesta de una madre y por aquello de la distancia con el entrevistado. “Imposible”, dice Alicia, rehuye el momento, y busca fotos en una caja. “No me dejaron ver el cuerpo. Para cuidarme, no me lo dejaron ver”, explica, “me dijeron, mejor quedate con la imagen linda que tenés en las fotos”. Y allí busca. Fotos de Lucas con su hermano; con sus tres hermanas; con todos ellos; con ella, una Alicia más piba, ya madre; con Pocho, el padre ahora jubilado que fue 31 años ferroviario, encargado de la cuadrilla que arregla las vías del tren que cruza la estepa rionegrina y une la cordillera con el mar. 

Busca fotos mientras la fotografío. Intuitivamente, entiende el juego que jugamos silenciosos. Bautismo; graduación; Lucas con una, dos, tres parejas; los tres hijos; un mucho más joven Tomás, el amigo que compartía la pensión en Bariloche; Bariloche; Viedma; Ramos Mexía; fotos; “si lo hubiese visto, sea como sea lo quería ver, ahora me quedé con el recuerdo de estas fotos, pero si lo hubiese visto, yo lo quería ver”. 

Fotos. Llora otra vez Alicia, pero no hay fotos para ese llanto. Como antes no hubo abrazo. Por aquello de la intimidad y la distancia con el entrevistado. 

El 12 de agosto es el cumpleaños 90 de la abuela paterna de Lucas. El 14 de julio, a las 22 horas, y por Facebook, la familia se entera de la desaparición del joven de 29 años. Lucas no había llegado a su lugar de trabajo -la Comisaría 42 de Bariloche- a las 14, como estaba previsto, pero recién ocho horas después, en Ramos Mexía, la familia comienza a tener certeza de que algo pasa. “Nadie nos dijo nada, ni sus mismos compañeros”. 

Veintisiete días más tarde, a las 15 horas, en Bariloche, un llamado advierte a Javier sobre la aparición de un cuerpo. A su lado, Alicia mira a su hijo intentando adivinar el tenor de la noticia. “Me di cuenta en seguida que algo pasaba”. Javier disimula y sale hacia el descampado a la vera de la Ruta de Circunvalación, a unos 2 kilómetros del centro de Bariloche, para intentar reconocer el cuerpo. No podrá verlo hasta la mañana siguiente. Fueron unas 16 horas con la certeza de que se trataba de Lucas, con dichos y confirmaciones de policías y abogados, pero sin poder ver el rostro de su hermano. 

La zona donde plantaron el cuerpo, es pisada y modificada primero, y perimetrada después. La Policía rionegrina es apartada del lugar por exigencia de los abogados de la familia, y llegan peritos y técnicos de fuerzas federales. Esa maniobra lleva varias horas. Una fuerte tormenta de viento, lluvia e intenso frío, se desploma sobre Bariloche. El cuerpo a la intemperie pasa la noche en el descampado a la espera de los peritos. “Estaba ahí, pobrecito, bajo la lluvia”, se remuerde Alicia. Mientras el cuerpo de Lucas, pobrecito, está bajo la lluvia a la espera de los peritos, cientos de barilochenses marchan por las calles, gritan “asesinos” frente a la Regional III de Policía. 

Todas las horas de esa noche, Alicia no duerme. Sigue lloviendo a la mañana, cuando finalmente Javier puede ver el cuerpo. 

El cumpleaños 90 de la abuela iba a ser el acontecimiento familiar del año en Ramos Mexía. La fiesta se suspendió, pero a la abuela todavía no le cuentan porqué. 

Alicia busca mensajes en el grupo familiar de Whatsapp. “Amo a mis hijos!!!” es el estado de su cuenta, “Un hermano nunca olvida!!!”, el de Javier. “Cuando jugaba River Lucas se mensajeaba con su papá”, dice la madre. La comida casera, el otro motivo de los mensajes: “Esos guisos, me decía, esos guisos”, y Alicia le mandaba fotos de sus preparaciones. 

A la quinta pava de mate, a media mañana, Alicia enfoca su dolor. “Somos pobres”, dice, y se explica a sí misma que lo que sufrió es consecuencia de esa condición. “No encuentro respuesta, no somos malos. Es muy feo. Es la misma gente, la misma policía, que también es pobre”. 

Los Muñoz son “muy familieros, muy unidos”. La pérdida los unió más. 

Una de las tres radios que funcionan en Ramos Mexía repite, entre cumbia y cumbia, que al mediodía se pueden comprar las pizzas que prepararon Romina, la más chica de los Muñoz, algunas amigas, y Alicia, y que ese dinero servirá para sostener el reclamo por el esclarecimiento del asesinato. Romina suma su especialidad para la venta: un lemonpie que resuelve en pocos minutos. 

Además, organizan rifas. Una canasta completa, el primer premio. Lo dice la radio, entre cumbia y cumbia. 

“Siempre hemos salido solos adelante. Nos cuesta estar pidiendo. Nos ofrecen, pero nos da cosa. 

La gente del pueblo ayuda mucho. Así tendría que ser siempre. Unidos”, se emociona Alicia, y agrega unos troncos a la salamandra. Más de la mitad de Ramos Mexía, pueblo de la fría estepa patagónica, no tiene gas natural, y “la leña es muy cara. Antes íbamos al campo y la sacábamos, ahora hay que comprarla”, describe Alicia, no se queja. 

El almanaque de una panadería le recuerda dos fechas: el cumpleaños de Lucas, el próximo 25 de enero; y el Día de la Madre. “Se va a poner bravo”, sufre por anticipado. 

- Cuando lo estaban buscando, usted decía “yo sé que Lucas está vivo”, y se comprobó que era así, estaba vivo. 

- Yo decía, que se pongan una mano en el corazón, porque también deben tener madre, y que lo dejen, y seguro me estaban viendo por la tele esos sinvergüenzas. Yo sentía que mi hijo estaba vivo. Yo estaba firme, firme, yo decía no me tengo que caer porque mi hijito va a aparecer, va a aparecer, pero nunca pensé que aparecería de esta manera. Yo tenía la esperanza que mi hijo iba a aparecer vivo... estaba vivo cuando yo decía eso, pobrecito. 

Alicia enfoca, “somos pobres”, dice, y se recuerda, “yo era alegre, charlaba con uno y otro. El cambio es tremendo, nos dio vuelta todo. Uno es grande y piensa que se va antes”, y se piensa para adelante, “ahora hay que tratar de volver a hacer lo mismo de antes, pero cuesta mucho. Yo vivía con la radio, música, pero no quiero ahora. No tengo ganas de nada”. 

Le amputaron la familia, en la Policía ya no cree, y de Dios duda. 

- A lo mejor el tiempo... 

- Ojalá. 

9- 

Hace 54 años, Alicia nació en Pilcaniyeu, un pueblo a 50 kilómetros de Bariloche. Pero conoció Bariloche muchos años después, durante una visita con 23 familiares y amigos. Fueron desde Ramos Mexía en el mismo tren en el que trabajaba Pocho. Para la ocasión, preparó milanesas de guanaco, “una carne muy sana”, milanesas de guanaco para 23, que fueron comiendo a lo largo de los 443 kilómetros de vías por la estepa hasta llegar a la precordillera. 

Volvió a Bariloche unos días después del 14 de julio de este año, día de la desaparición de Lucas. Inició el camino de regreso a Ramos Mexía con su hijo “en un cajón”. Esta vez a bordo de uno de los tantos vehículos que participaron de la caravana que acompañó el cuerpo del policía. Pilcaniyeu, Comallo, Clemente Onelli, Ingeniero Jacobacci, Maquinchao, Aguada de Guerra, Los Menucos, Sierra Colorada, y finalmente Ramos Mexía. En cada uno de los pueblos, vecinos, policías de bajo rango, algún Intendente, ningún funcionario provincial, salieron a despedir al oficial al que no conocían, a acompañar a la familia. “Teníamos que parar en todos los pueblitos, desde Bariloche 

hasta Ramos, fue un acompañamiento impresionante”, cuenta Alicia. 

Esos pueblitos, más los que le siguen hacia el este, conforman la Región Sur, o Línea Sur, el área que corre paralela al límite con la provincia de Chubut, y que conforma el sector más postergado económica y socialmente de Río Negro. Ramos Mexía, uno de los ejemplos. 

El pueblo, este ocho de septiembre, vive el día más agitado del mes. Cada treinta días, vienen del Correo a pagar las jubilaciones y las asignaciones por hijo. Endomingados paisanos; municipio lleno; colas de treinta o cuarenta personas; una feria itinerante que se instala en la plaza principal, frente a la comuna, y vende ropa, dvds, zapatillas; almacenes que hacen su más importante recaudación vendiendo pan casero, fiambre y Manaos para atenuar la espera. 

Las entre 1.500 y 2 mil personas que viven en Ramos se enorgullecen del “bajo”, un pequeño valle que, al otro lado de la Ruta 23, ofrece algo de verde y una pequeña vertiente. Lo demás, es un polvo fino, una tierra entre gris rojiza que todo lo tapa. “¿Fuiste al bajo?, ¿lo viste?, hay un mirador ahí”. 

Ramos Mexía tiene un importante porcentaje de calles asfaltadas en relación a su tamaño. Gran parte de las siete por cinco manzanas que conforman la ciudad, tienen calles de asfalto, aunque muchas sin cordón cuneta. Es un pueblo que vive de los puestos del Estado, el tren, la economía informal, y las chivas y ovejas que se crían en la zona rural. 

Pocos árboles, casi ninguno, salvo en las dos plazas del pueblo. El resto, tierra y casas bajas, de ladrillo gris a la vista. Todos los almacenes, kioscos, Registro Civil, panaderías, tienen en sus vidrieras un cartel con la foto de Lucas. “Tu pueblo pide Justicia”, dicen algunos, “No olvidamos”, otros. 

A la noche, Ramos Mexía es olor a humo de las cocinas y salamandras, y el ruido del loraje insistente. 

“¿Viste el bajo?”. Cada uno de los vecinos del pueblo que, sin reticencia, se anima a la charla, termina la conversación recomendando “ver el bajo”. 

Al bajo, finalmente, llego en auto, conducido por Romina, la menor de los Muñoz, y Alicia. Ahí en el bajo está también el cementerio. Pedí permiso a Alicia para ir. “¿No le molesta?, ¿me puede acompañar?”. 

El cementerio de Ramos Mexía quedó chico. Una estructura con doce nichos fue construida fuera del perímetro, para poder alojar a los muertos del pueblo. “Se empezaron a morir uno por mes”, la explicación. 

La tumba de Lucas es de otro color. De un marrón claro que se diferencia del gris cemento del resto. Una cruz blanca en la base, y una casillita aún sin revocar que albergará fotos, flores y velas, completan la estructura. Lo demás, lo lógico de un cementerio de pueblo chico, desbordado. Tumbas en medio de los senderos, cruces de madera, flores marchitas, flores de plástico resistentes, un panteón modesto para alguna de las familias sobresalientes de Ramos, una reja sin candado en la puerta principal, y una reja abierta sobre un lateral. 

Alicia pone sus manos sobre la cubierta marrón de la tumba de Lucas. Dice algo para adentro. Esta vez se persigna, pero no llora. 

El tío de Lucas se llama Ceferino. Como Namuncurá, el beato al que la familia Muñoz venera, y por el cual peregrina hasta la localidad de Chimpay, a fines de agosto de cada año. 

Ceferino, Muñoz, es ferroviario. Lo encuentro junto a otros trabajadores al costado de unos vagones abandonados, en las vías cercanas a la estación. Es la cuadrilla que tiene a su cargo el arreglo y mantenimiento de los rieles y durmientes del Tren Patagónico. Una zorra vieja, de unos 100 años, un sólo pistón, y sin techo, los lleva cada vez que salen a las vías. Este jueves no salieron porque el viento de frente no les permite avanzar. Un sólo pistón. 

Los de la cuadrilla no llegan a los ocho mil pesos por mes de sueldo. “Son bajísimos”, dice uno de ellos, con mameluco naranja. “Acá sos ferroviario o policía, no hay otra”, dice otro, con igual mameluco. 

Esos trabajadores, junto a Ceferino, Muñoz, participaron del corte de la Ruta 23 con el que el 

“Conocemos a los Muñoz, acá todos nos conocemos, son buena gente, toda una vida de trabajo, de familia, para que te hagan ésto”, explica un mameluco naranja, al pie del vagón. 

Ferroviario o policía. El tren pasa dos veces por semana por Ramos Mexía, una hacia el oeste, Bariloche como destino final, y la otra hacia el mar, Viedma, la capital, última estación. Los sueldos ferroviarios son bajísimos. Los policiales también, pero “en nueve meses de instrucción salís a trabajar, te dan un arma y estás en la calle”. Parte de la familia Muñoz es ferroviaria; otra, policía. 

En la casa amplia de los Muñoz, construida de a poco, sumando cuartos como hijos, vive desde hace pocos días, un sobrino de Alicia y Pocho. También es policía. 7,30 desayuna y sale a su primer día en la comisaría de Ramos Mexía. Viene de Bariloche, de donde se fue por miedo, luego de lo que le sucedió a su primo Lucas. Quería la baja y le consiguieron el traslado. Alicia lo mira salir. “Ojalá ninguno más de mi familia se meta a Policía”, dice.

El viento que levanta nubes de tierra despeina a Ciro y nos obliga a agachar la cabeza en el breve trayecto que caminamos juntos de vuelta del cementerio. Alicia entrecierra los ojos. Parece enfrentarse a una nube de imágenes, en las que se mezclan la cara de Lucas, vivo y alegre y también muerto, bajo la lluvia, toda una noche. La imagen del rostro de Pocho, que no llora, sentado a su lado mientras ella espera en vano el mensaje que le pida una foto del guiso. Alicia que costurea, vende por día, cuida a una nena de dos años, amasa. Amasa en Ramos Mexía para no pensar.