Tierra prometida: Juan Ojeda

01/07/2017
Carolina Biscayart

En palabras de Howard Phillips Lovecraft: Los hombres de más amplia mentalidad saben que no hay una distinción clara entre lo real y lo irreal; que todas las cosas parecen lo que parecen solo en virtud de los delicados instrumentos psíquicos y mentales de cada individuo, merced a los cuales llegamos a conocerlos; pero el prosaico materialismo de la mayoría condena como locura los destellos de clarividencia que traspasan el velo común del claro empirismo. Ni la muerte, ni la fatalidad, ni la ansiedad, pueden producir la insoportable desesperación que resulta de perder la propia identidad.

(foto José Luis Zamora)

Hoy: Juan Ojeda

Sobre el autor: Los textos de Juan Ojeda son un modo de escape a la prisión que ostenta el racionalismo exacerbado, la existencia como ente inescrutable de quizás culpas, herencias, y destino. Cuál es error, cuál la certeza, por qué este lugar, por qué no otro, desde dónde el poder para establecer un estigma, qué es lo real. Juan interroga, ironiza, planta hipótesis, desafía lo establecido, muestra enfático lo no visible, muestra otras formas de la conciencia, establece su propia identidad como parte de una humanidad amenazada. Una humanidad tan débil como fuerte. Juan deja rastro, el rastro de su distintiva sabiduría.

Los invito a conocer y reconocer a este autor; a despojarse y mirar a través de su sensibilidad, de su profunda lectura de lo acaso real.

Foto Juan Ojeda: José Luis Zamora

Imágenes: Natalia Buch

 

Guerrero sin nosotros

(imagen Natalia Buch)

Soy un hombre bueno, porque me ama una mujer distraída que yo amo cada

vez que me recuerdo de ella conmigo, voy a dejar de prender la televisión, siempre que lo hago se muere otro mexicano; ella dice que deben ser muy torpes los mexicanos que se mueren de andar muriendo, caen por el borde del televisor y se revientan de gobierno

contra el borde de la repisa, la beso entre risas por este chiste de dos cuerpos y un beso y un planeta.

Ella me mete la mano en el silencio de una risa y un beso. Ella me encuentra

el mundo sobre el mundo y ya es otro en su boca.

¿Sabrán los mexicanos lo que es morirse de amor una tarde de febrero?, algunas veces también sigo siendo bueno -tamagochi llorón-, de quedarme allí, pensando en la transpiración de algunos muertos, masticando el secreto como quien prueba la sombra de un manzanar, ¿cómo nacen los mexicanos?, la miro, no, te miro, si, a vos; la pupila que me late detrás de tu ombligo es de mí propia edad, ¿No preferís para tu hijo un padre mexicano?

(imagen Natalia Buch)

El parricidio es una falta de ortografía que aprendí de mi padre, tal como él lo aprendió del suyo, mueren dos mexicanas sobre la alfombra. Te digo que te quedes ahí mi amor, no dejes de mirar a la calle, mientras busco la pala y la escoba, porque estas cosas te impresionan, yo echo los cuerpos a la basura -soy un hombre bueno-, deberíamos respirar el humo de todos los camiones de la ciudad hasta que la muerte nos venga a visitar pobre,

pobre de la muerte tan lejos, solita en México, que venga la muerte a tocarte

la barriga y tomar unos mates.

Quedate así, vida, yo hago el nudo a la bolsa, y tiro la basura, si, no te

preocupes, rocié con lavandina toda la bolsa, no me quiero ni imaginar tu

carita cuando los perros nos dejen en la vereda un desastre de yerba, fideos

y mexicanos.

Voy a dejar de aprender.

 

Los gritos del niño

Para Dios la memoria

es un permiso;

un ligero recuerdo de lo que está

por suceder.

Fragmento de Cruz y Ficción, Anónimo


 

La chispa enciende el último gramo de tabaco en mis labios. Sucedo.

Napoleón tapa su ombligo como si quisiera atrapar todo el cielo de la isla. Atila avanza entre las piernas de Frida; por donde pasa ya no vuelven a crecer los grillos y la piel parece un vendaje. Esta cama, la luz del amanecer sobre las cortinas, mi apetito de enfermero tosiendo somos los poros de un viejo animal aburrido en el tiempo.

 

María Antonieta se pinta los labios con la sangre de su marido. Nunca sabrá que este mediodía, mientras la ciudad almuerza, otra vez invadirán Vietnam cuando Trotsky despierte a los gritos del sueño de su muerte y ese grito sea tan intenso que un niño grite en el año 1885 y su padre -que no sabe que le está dando una paliza a Stalin- culpe a la hebilla del cinturón contra la cara y el niño sepa que no grita por el dolor, que es una de esas cosas de adentro y en el vigésimo cuarto estallido sobre la carne un nuevo grito despabile por última vez a Frida Khalo.

 

Pobre Hombre ese dios a nuestro linaje y ultranza.

Allí -adentro mío- preparando el desayuno.

 

Frida abre los ojos en Coyoacán y no sabe si es para morir o nacer, no lo sabe porque ya sabe todo y Atila se desespera por treparle el maxilar mientras un escarabajo lo estudia desde la frente.

El escarabajo desciende hasta sus labios, se le mete en la boca. Ella lo traga y se toma la panza de la misma forma que lo hace Napoleón bajo el cielo púrpura de Santa Elena; el general acaba de romper bolsa y gime, sí, transpira, puja, llora, sí, se toma la panza, sí, no, dice No en el preciso instante en que la cabeza del niño dilata el agujero, falta un poco, sí, puja, no, llora, no, gime, sí.

El niño sale de su cuerpo -sin pecado conseguido- y de repente todos los grillos que no volvieron a crecer se repiten en la nariz de Atila hasta que devorarlo con el perfume.

Napoleón es mi madre;

La Voz un aljibe

mi sed el silencio

Hoy todo puede volver a ocurrir por primera vez, Trotsky grita en el diván del doctor Freud que lo mira inexorable; usted es un niño, le dice cargando la pipa, usted es un niño y Stalin su padre ¿porque se ríe?, porque no soy padre de nadie, soy la Unión Soviética, le responde visiblemente ofendido mientras el doctor enciende la pipa y concluye entonces que la Unión Soviética también es un niño, como Stalin, como él, como los rusos, como Rusia, como los Soviets, todos niños bajo el mismo cinturón, piensa que es triste, no lo dice pero piensa que es muy triste pensar en todas las vidas que apaleaba el padre de Stalin sin saberlo, en todas las vidas que viven, posibles e inconscientes, dentro de un niño.

Hombre desayunando.

-Padre vuestro que estoy en el cielo- suelta un susurro sobre las tostadas, y no dice palabra hasta pasado el mediodía.

 

Canción inconexa para una niña cartógrafa

 

Tener

uno de esos nombres

que no hacen caso a la cautela de las sábanas,

colgarnos del verbo por los brazos,

aceptarnos viajeros irremediables

y amarnos

con la ebriedad de los cartógrafos;

decir, pero qué muerde mis labios, será Shangai

en la curva de un colmillo, será una cicatriz

en mi espalda

o la Route de Nantes, qué se nos mete

un archipiélago contra la pared, me estás convidando la miga

de un risco entre tus dedos,

te beso el pantano o es la península que nos tiene sin

venir.

 

Cuando vamos por la ciudad los peatones se alejan

como palomas asustadas

como palomas asustadas de dos cartógrafos borrachos.

Si rompiéramos a mitad de la calle

vendrían volando contra el asfalto

a comernos hasta la última tripa, toda

esa violencia es un naipe con manteca

en el vértice, juegan

a odiarnos porque

intentamos armar

las maletas de un viaje que no pudieron soñar.

Se cuelgan del verbo por el cuello y la oscilación

de sus cuerpos marca el tiempo del mundo, son

Judas en el Gólgota,

de bosques inmensos

de cuerpos

colgados

bolsillos vacíos.

No somos impuntuales, vamos a otra parte.

 

Vamos,

ya no tiene sentido

azotar al mundo con la rabia

de nuestra pena

hay suicidios mucho mejores.

Vamos niña,

la cordura se nos huele a humedad y ni madres

tenemos para echarla al patio, o meterla

bajo la cama,

se filtra por las paredes,

arranca los almanaques

nuestra cordura

nos ilumina de espaldas al cielo

inapelables.

 

Vamos,

hemos criado a los abuelos para

luchar contra Goliath; si sólo

hubiéramos enseñado a nuestros hijos

no esconder centímetros en los bolsillos

vacíos.

No quiero esperar tres meses en la cocina.

Una golondrina no hace verano,

dos golondrinas en el cielo

son el verano.

Es cierto mi niña

no volverán

las oscuras golondrinas

ni las tupidas madreselvas porque

al llegar nosotros no estaremos igual

de oscuros ni de tupidos.

Somos el mundo,

vamos que ya no vendrán

tiempos mejores

nosotros iremos por ellos.

 

 

Celebración

 

Me tienen 10 años

con números

Mi padre almuerza cigüeñas

Mi padre nunca duerme

Mi padre no está

ausencia

libertad

Mi madre si tuvo padre

y un hombre para disfrazar

del mío

Mi padre no está

Mi madre dice que estuvo

conjugación del verbo

constancia de domicilio

Mi padre muere

todos los días

a las 17.45 de la tarde

mientras

me tienen

10 años

con unos y ceros como

el corazón de un robot

Mi padre resucita

todas las noches

adentro

con unos y ceros como

el corazón de un robot

Mi padre resucita

todas las noches

adentro

de una pantalla

rompe el vidrio

asalta su cuerpo

borracho

en el sillón

mi madre cocina

el arroz doce minutos

para poder calentarlo

al otro día

Me tienen 10 años

estoy en una fiesta

alguien tiene sus

10 años

y sopla 10

lágrimas

de fuego

los niños

ríen

por lo alto

En el jardín

mi cuerpo

se pega

al alambrado

la calle parece

un tapete

al alcance

de

sus pies

descalzos

 

Debo

irme yo mismo

de este poema de

todas las cosas

presentes

al niño lo tienen

10 años

debo tomar

un colectivo dejar

las casas presentes

y llegar a la fiesta

de cumpleaños

-Hola, buenas tardes

-¿Qué desea?

-Vengo a buscar a Lautaro

Debo rescatarlo

ya mismo

los niños juegan

con la botellita

y el niño aplasta

su cuerpo

contra

el alambrado

yo bajo

del colectivo

porque a las 17.46

10 años tendrán

a un niño

robando el aguardiente

de su padre

recién muerto

-Hola, buenas tardes

-¿Qué desea?

-Vengo a buscar a Lautaro

-¿Vino?, no lo vi... Ah, si. Está en el jardín, ¿Usted es el padre?

-Si

-Pase por favor, espere que lo llamo

 

Caminamos

de la

mano

sin saber

dónde ir

la calle parece

un tapete

al alcance

de

nuestros pies

descalzos.

A las 18.26

el niño dará

otra vuelta

a la botella

vacía vomitando

en el patio

y su madre

llorará en la

cocina

sin saber

debo

rescatarlo debo

tantas cosas antes

y después

caminamos

por horas y entre

paréntesis hasta

darnos cuenta que

nada de eso podía

estar pasando

no estamos

sucediendo

estoy muy drogado para tomar

cualquier transporte

y siempre fui un niño correctamente

educado

nunca me hubiera ido

por ahí de la mano

con un extraño.

 

 

¿Where is Boddha?

 

¿qué es la sobredosis?

¿Un puente, un poema, un sueño?

Mamá,

¿por qué los niños no duermen?

¿qué escriben bajo el puente los niños que no duermen?

Mamá,

¿qué es la sobredosis?

¿Una medicina color marrón?

¿Una enfermedad color cielo?

Mamá,

¿qué es la sobredosis?

¿quién es la presa del cazador?

¿sobre el puente, sobre el poema, sobre el sueño?

Mamá,

¿qué es la sobredosis?

¿quién es la presa del cazador?

¿sobre el puente, sobre el poema, sobre el sueño?

Mamá,

¿en las alas, en la cabeza, en el corazón?

Mamá,

¿qué es la sobredosis?

un poema que inundará el río,

lloverá la sed.

 

 

Que sigas durmiendo

 

 

Atravieso Plaza de Almas. Nadie es

capaz de corregirme.

Un mendigo guarda monedas en la carne

de su muñón;

me saluda con un escupitajo.

-¡Argentino chingado!

Atravieso Plaza de Almas. Nadie es

capaz de corregirse.

Voy hasta tu casa

montado a un alebrije de metal.

Me vierto por el ojo de una

cerradura -amén-

cruzo el pasillo

como una aleta de tiburón

frente a la playa desierta.

La perra me confunde

con el mundo

y baja las orejas. Nada es

capaz de corregirlo.

Entro

fuera del pasillo

fuera de la casa

fuera de la ciudad.

Atravieso Plaza de Almas. El pasado no es

capaz de corregir la memoria.

 

Entro a tu habitación

duermes

no te alcanzo

no quiero

alcanzarte

solo quiero

recostarme aquí, sobre el sueño de un alebrije

hasta que la sombra se me quiebre

envolviendo tu respiración.

Me atravieso en Plaza de Almas. No soy

capaz de corregir el acierto.

Duermes

no te apures pibe

déjame aquí

no me tardaré más de un siglo, o

a lo sumo cinco segundos.

Tiempo

eso que

atraviesa mi espíritu para conocer

los animales del alebrije

déjame.

Nadie es capaz de corregir el mundo.

Atravieso tu belleza como Dracula

sostiene un pote de bronceador.

¿Qué sabor tendrán tus labios?

Factor 20

¿Qué temblor guardarán tus manos?

Factor 20.

Nadie es capaz de atravesar el mundo,

debajo de bombas y servicios

sigue allí, incomprensible

puro.

Yo atravieso Plaza de Almas

-¡Argentino chingado!

No hay error, no hay corrección

Sólo es despertar viajando sin

tu voz.

Pensar

en todas las vidas

que transcurren sin

escapar de su piel.

Pensar

en todos los cuerpos que el mundo

ha mutilado con diagnósticos

acariciar.

Atravieso Plaza de Almas

Sólo es viajar despertando con

mi voz.

Pensar.

La mente es un viejo muñón

señalando la galaxia.

Apágalo.

Cuando abras los ojos, espero ya estar conmigo

contemplar un enigma

sin la necesidad de descifrarlo.

(foto José Luis Zamora)

Juan Ojeda (en primera persona): Nací en la ciudad de Cipolletti a una edad que aún desconozco. Viví allí 11 años, bajo la sombra de un padre paranoico, depresivo y tripolar, sobre la luz intermitente de una madre hermosa, traumáticamente humana. Nos fuimos del alto valle hacia El Calafate. En ese momento llevaba conmigo mi primer libro, una mezcla bizarra de la trilogía de El Padrino, Scooby Doo y la Lista de Schindler, a partir de ese año, 1999, nunca dejé de escribir y armar libros que mi madre me ayudaba a encuadernar con una vieja espiraladora, resto de algún naufragio económico de mi padre, tal vez un Maxi-Kiosko.

Luego de tres años en el sur, partimos a la capital pampeana de Santa Rosa, donde culminé los estudios formales en un perezoso secundario con orientación en humanidades, en ese tiempo llevaba 6 libros escritos, los cuales no había leído nadie más que yo. Cansado de la violencia institucional inherente a nuestra realidad, decido no seguir ningún estudio universitario para dedicarme a la experiencia pluriversitaria de existir, que no es lo mismo que insistir, cosa que antes solía confundir.

A los 20 años llego a la ciudad de Bariloche, donde año tras año me fui despojando de las sombras y las luces parentales hasta acabar solo -no sólo-, hermosamente conmigo. He realizado trabajos de las más disimiles orientaciones, tallerista de poesía en un centro para niños con discapacidad cognitiva, numerólogo metafísico, docente en un post-primario de oficios y jurado en un concurso literario en Nicaragua. Actualmente soy un activo defensor de los Derechos Humanos de las Personas con Discapacidad, y estoy a las puertas de publicar mi primer libro vivo, Álgebra, puesto que todos los otros los prendí fuego en una noche donde tuve que matar al Ego para no morir en su nombre, como si fuera el mío.

Algunos detalles de Álgebra (libro que se presentará en los próximos meses editado por Hudson Ediciones): Álgebra es el producto de un trabajo de diez años alrededor de la idea del Deber Ser, el Deber y el Haber que se va configurando como la justificación de nuestros fantasmas, o la razón de nuestras banderas. ¿Cuánto pesa un favor?, ¿cuál es la duración de un beso?, ¿el precio de un silencio? A través de cuatro relatos los personajes -casi a modo de laberinto- van buscándose entre ecuaciones y resultados. Justamente Álgebra es la expresión matemática hecha símbolos. Seguramente se presentará alrededor del mes de agosto.

Sobre su relación con la literatura Juan dice: Hace algunos años dije que escribir es como gritar "¡Libertad!", blandiendo la lengua de Dios en la mano izquierda. Este intento de metáfora, que hoy me resulta bastante reprochable, creo que contiene de algún modo lo que pienso de la literatura: es el signo, y la interrogación, construir una pregunta a través del lenguaje, siendo el lenguaje una herramienta esencial del poder. La palabra es un arma de doble filo, yo la quiero sobre mi piel y en mis manos, la palabra me burla y me abriga, hasta confiarme que tal vez el silencio sea una de las formas más sublimes de la literatura.

Escribo para los que no tienen nada, para ellos todo.