Antonio Di Benedetto, renacido

“Zama”, Antonio Di Benedetto (New York Review Books Classics, 2016). Traducción al inglés: Esther Allen.

01/07/2017
Diego Reis

Los caminos de la literatura son misteriosos. Sus tiempos, imponderables. A fines del año pasado apareció en Estados Unidos la primera traducción al inglés (sesenta años después de su publicación original) de la novela “Zama”, del escritor argentino Antonio Di Benedetto Las lecturas e interpretaciones (¿hay diferencia entre estos dos actos?) no se hicieron esperar. La revista Publisher's Weekly (conocido semanario norteamericano dirigido al público literario especializado) la colocó entre las 20 obras de ficción más destacadas de 2016. El 19 de enero de este año, el escritor sudafricano J. M. Coetzee (ganador del premio Nobel de Literatura en el 2003) publicó, en la prestigiosa revista The New York Review of Books, una nota titulada “Di Benedetto: un gran escritor que deberíamos conocer”. El norteamericano Benjamin Kunkel se pregunta, atónito, en el New Yorker: “¿Es posible que la Gran Novela Americana haya sido escrita por un argentino?”.

Hace no mucho (siempre en términos temporales literarios) el director Juan Villegas llevó al cine la novela “Los suicidas” (2006). Fernando Spiner hizo lo propio, más recientemente (2010) con “Aballay, el hombre sin miedo”, filme de un insólito género híbrido western-gauchesco, basado en el cuento “Aballay”, de Di Benedetto. Finalmente, se espera este año el estreno en la pantalla grande de la versión cinematográfica de “Zama”, dirigida por Lucrecia Martel.

Todo parece señalar una especie de renacimiento de Antonio Di Benedetto, acaso el más secreto de nuestros escritores. Los fines de este artículo son descubrirlo (o re-descubrirlo) y entender por qué “debemos” (es casi una obligación moral) conocer su obra.

El hombre

Antonio Di Benedetto fue durante mucho tiempo (y lo sigue siendo, aún) un escritor secreto. Nació en Mendoza, el 2 de Noviembre (el Día de los Muertos) de 1922. Comenzó a estudiar Derecho pero abandonó para dedicarse prontamente al periodismo. En 1953 (a los 31 años) publica su primer libro cuentos: “Mundo animal”. Tres años después aparece “Zama”, la novela que hace un rato nomás conoció su primera traducción al inglés y que motivó las admiradas notas y comentarios de Coetzee y Kunkel.

El santafesino Juan José Saer escribió, en un prólogo a esta obra: “Como la mayor parte de los acontecimientos literarios, la aparición de Zama en 1956 pasó prácticamente desapercibida.” Y luego cita a Abelardo Arias, quien dijo que si Antonio Di Benedetto hubiese escrito cuentos y novelas en París y no en Mendoza, sería mundialmente famoso. Escritores latinoamericanos proyectaron su obra desde Europa hacia nuestras tierras, y así consiguieron fama continental pero no universal: “Zama, concluye fervorosamente Saer, ocupará algún día ese lugar codiciado.”

A diferencia de otros autores, los datos biográficos de Antonio Di Benedetto son más bien exiguos: algunas anécdotas, ciertos encuentros fundamentales. Como periodista llegó a ser subdirector del diario "Los Andes", y corresponsal del diario "La Prensa". Pero un hecho fundamental ocurriría en la vida de Di Benedetto (y en la de todos los argentinos), el infausto año de 1976.

El mismo 24 de marzo, a escasas horas de ocurrido el golpe cívico-militar, Antonio Di Benedetto es apresado, en su despacho del diario Los Andes. Las razones de esa detención, claras y oscurísimas: ser un periodista comprometido, responsable de su palabra, ser Antonio Di Benedetto. Es encarcelado. Pasó dieciocho meses (una eternidad) en la Unidad 9 del Servicio Penitenciario de La Plata, donde fue numerosamente torturado: sufrió simulacros de fusilamiento, sesiones de picana eléctrica y múltiples golpizas.

"Creo nunca estaré seguro que fui encarcelado por algo que publiqué”- declaró años más tarde-. “Mi sufrimiento hubiese sido menor si alguna vez me hubieran dicho qué exactamente; pero no lo supe. Esta incertidumbre es la más horrorosas de las torturas". El parecido con el destino de Josep K., el protagonista de “El Proceso” de Kafka, es abrumador, horroroso. Su liberación fue resultado de la intermediación hecha por el escritor alemán Heinrich Böll, (Premio Nobel de literatura 1972) y por los argentinos Ernesto Sábato y Jorge Luis Borges. El 4 de septiembre de 1977 recuperó su libertad. Poco después, abandonaba el país.

Se exilió primero en Francia, donde se ganó la vida dando clases y después recaló en España. Vivió seis grises años en Madrid y regresó a Argentina en el '84, ya acaecida la democracia. Pese a que obtuvo numerosos reconocimientos por la singularidad de su obra, su imagen distaba diametralmente de los autores de lo que se denominó el “boom” latinoamericano. Obtuvo un empleo en la Casa de Mendoza, en Buenos Aires, que le permitió ganarse modestamente la vida.

Murió de un derrame cerebral, el 10 de octubre de 1986, a los 63 años de edad.

El hacedor

La obra literaria completa de Antonio Di Benedetto (más allá de las antologías, las reediciones y colecciones póstumas) consta de 7 libros de cuentos (“Grot”, 1953; “Declinación y Ángel”, 1958; “El cariño de los tontos”, 1961; “Two stories”, 1965; “Absurdos”, 1978; y “Cuentos del exilio”, 1983) y 5 novelas (“El pentágono”, 1955; “Zama”, 1956); “El silenciero”, 1964; “Los suicidas”, 1969; y “Sombras nada más”, 1985).

En el año 2006, la editorial Adriana Hidalgo Editora ha publicado sus “Cuentos completos”; y además, este mismo año, “Escritos periodísticos”, obra que reúne los trabajos de este género de Di Benedetto, entre los años 1943 y 1986. Asimismo, El Aleph Editores, de Barcelona ha publicado en el 2011 la llamada “Trilogía de la espera” (que contiene las novelas “Zama”, “El silenciero” y “Los suicidas”).

Di Benedetto comenzó a escribir en su adolescencia, inspirado por autores como Fiodor Dostoievski y Luigi Pirandello. En los años cincuenta, su obra sugiere cierta aproximación a Borges y a la literatura fantástica. Además, se lo suele proponer precipitadamente como precursor de la nouveau roman francesa, y como seguidor del existencialismo sartreano. Lo cierto es que Antonio Di Benedetto trasciende todas esas filiaciones, esos intentos de definir, de apresar su narrativa.

Podríamos decir que Di Benedetto es un escritor “experimental” o “anticlásico”. Sobre todo por textos como “El Pentágono” o “Declinación y Ángel”: en esos libros podemos percibir el texto como laboratorio, como terreno de investigación. Hay escritores (sin ir más lejos, Julio Cortázar) cuya labor experimental es presentada y percibida desde la estructura del relato, a veces refrendada ya desde el título (“Rayuela”, “62. Modelo para armar”, “Continuidad de los bosques”). En Di Benedetto, en cambio, este proceso es más tenue, casi invisible: la experimentación va ocurriendo en el tejido del texto, en la trama verbal.

Desde su primer libro (los cuentos de “Grot”, en 1953) hasta el último (“Sombras nada más”, de 1985) fue desarrollando un estilo propio, original, irreductible. Ese estilo no está en lo argumental ni en lo genérico: compuso textos de índole fantástica, relatos históricos, fábulas, alegorías, cuentos policiales y de ciencia ficción. En Di Benedetto (como en todos los grandes autores) sentimos físicamente eso que Bufón sentenció: “El estilo es el hombre”.

¿Dónde está, dónde se revela Di Benedetto? ¿Dónde reside su aura, su magia? En su respiración, en su lenguaje singularísimo, en la inquietante e hipnótica construcción de la frase, de la escena, que muchas veces parece bordear el absurdo, para después deslumbrarnos con la sugerencia o la epifanía de un sentido insospechado.

Él mismo confesó alguna vez, en una entrevista que quería, buscaba “contar de otra manera”. En esa búsqueda, en ocasiones tuvo que hacer de la necesidad virtud. Encarcelado, sin poder escribir, porque le rompían todos sus papeles, inventó una estratagema. Adelma Petroni, escultora amiga de Di Benedetto, en una entrevista, le cuenta a la escritora María Esther Vázquez: “Me mandaba cartas donde me decía: ‘Anoche tuve un sueño muy lindo, voy a contártelo’. Y transcribía el texto del cuento con letra microscópica (había que leerla con lupa).” Escondía un texto dentro de otro texto: estrategia que lo describe inconmensurablemente. Esos cuentos prófugos fueron después los integrantes del libro “Absurdos” (1978), que fue compuesto casi enteramente en prisión (tal como ocurrió con esas otras obras de autores ilustres, el “Don Quijote” de Cervantes y los “Cuadernos de la cárcel” de Gramsci).

No se pueden reducir los textos de Antonio Di Benedetto a una lógica meramente argumental, clásica, de causa y consecuencia. Hasta se podría aventurar que no hay un eje narrativo, propiamente dicho, en ellos. Hay, sí, una serie dispersa de relatos, cuya coherencia reside en gran parte por la extraordinaria destreza verbal de su autor. Juan José Saer, en el prólogo citado al principio de este artículo, arriesga esta elogiosa proposición: “Hay un estilo Di Benedetto, reconocible, incluso visualmente, del mismo modo que hay un estilo Macedonio, o Borges, o Juan L. Ortíz. Este mérito puede muy bien ser secundario; pero que yo sepa no lo encontramos, en la Argentina, en ningún otro narrador contemporáneo de Di Benedetto.”

La escritora Jimena Néspolo ha explorado y analizado las influencias, los pasos, los núcleos temáticos y los mecanismos (en síntesis, el estilo) de su obra, en “Ejercicios de pudor. Sujeto y escritura en la narrativa de Antonio Di Benedetto” (Adriana Hidalgo Editora, 2004).

El silenciero

Antonio Di Benedetto no vivió en París ni en ninguna otra ciudad luz. Nació y vivió casi toda su vida en Mendoza (“Soy argentino, pero no he nacido en Buenos Aires”, previene él mismo en una “Autobiografía” escrita en 1968). Escribió a contrapelo de las corrientes estilísticas de su tiempo. Marcas propias de su escritura son la ausencia de color local, la falta o la vaguedad de referencias territoriales y temporales.

Ante sus cuentos y novelas, sentimos que estamos en presencia de un texto roto, perforado, profanado. En sus páginas nos aguarda y acecha lo elíptico, lo sugerido, lo sincopado. Mejor dicho, de una vez: lo silenciado. Otra clave de sus oraciones, la pausa: la exposición constante y elocuente del silencio.

En la “Autobiografía” recién mencionada, confiesa: “Bailar no sé, nadar no sé, beber sí sé. Coche no tengo. Prefiero la noche. Prefiero el silencio.”

Como Kafka, como Pessoa, como Melville, predestinado o acaso por propia voluntad, Di Benedetto construyó su obra lejos del sonido y la furia de las grandes ciudades, apartado de los premios fulgurantes y de los violentos flashes de la fama.

Dicen los hombres sabios que la luz de las grandes estrellas (aún después de la muerte de estas) sigue brillando y viajando en el tiempo. Así sigue viajando, treinta años después de su desaparición física, la curiosa y extraordinaria obra de Antonio Di Benedetto.